Tradición, Familia y Propiedad: los tres valores que forjan al hombre y preservan la civilización

Los fundamentos morales de una sociedad libre y orgánica

“Reunión Normal” – 4 de junio de 1965


A D V E R T E N C I A

El presente texto es una traducción y adaptación de la transcripción de una exposición oral del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a socios y cooperadores de la TFP, por lo que tiene un estilo coloquial y no ha sido revisado por el autor.

Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia con respecto al Magisterio de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:

«Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Sin embargo, si por descuido hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».

Las palabras «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.


 

¿Por qué «Tradición, Familia, Propiedad»? En esta conferencia, el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira explica por qué la trilogía “Tradición, Familia, Propiedad” no es una simple consigna, sino la síntesis de tres valores profundamente unidos a la individualidad y dignidad de la persona humana y fundamentos de una civilización cristiana orgánica y libre. Al mostrar la conexión orgánica entre ellos, ilumina la razón por la cual él y tantos de sus discípulos consagraron su vida a defenderlos como fundamentos de la civilización.

Tres valores, una misma raíz

Pronuncio la conferencia de clausura del curso de la Sociedad Brasileña de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad, considerando que resulta muy apropiado que el título sea «Tradición, Familia y Propiedad», ya que son los tres valores para cuya defensa nuestra sociedad [existe].

Así pues, me parece que sería interesante realizar una distinción y un análisis —tan sucinto como sea posible, dentro de los límites naturalmente estrechos de esta conferencia— del contenido de cada uno de estos valores, de tal manera que se comprenda bien qué entendemos por preservar cuando hablamos de la defensa de estos valores, y cuál es la conexión que existe entre ellos.

¿Por qué se trata de una sociedad de defensa de la tradición, la familia y la propiedad? ¿Por qué no es, por ejemplo, de la tradición, la propiedad y la cultura? ¿O por qué no es, por ejemplo, de la economía, la propiedad y la ciencia? ¿Por qué estos tres valores figuran juntos en esta enumeración de ideales que hay que defender y preservar? Por último, ¿cuál es la oportunidad, cuál es la razón de ser, de que nos dediquemos, de manera especial, a la defensa de estos valores?

Como pueden ver, quiero hacer algo principalmente analítico, mucho más que oratorio y, por lo tanto, mi conferencia tendrá mucho más el carácter de una clase que el de un discurso. Vivimos en una época grave, de problemas arduos, de deberes importantes, y un deber solo se cumple bien cuando se entiende bien por qué es un deber, y cuando realmente se quiere alcanzar el objetivo que se tiene en mente. Por esta razón, no les importará que dé, por tanto, a mi clase —o, mejor dicho, a mi conferencia— un carácter lo más didáctico y sintético posible.

La propiedad: prolongación natural de la persona

Me parece que, para comprender bien lo que queremos defender en estos tres valores, lo que en su contenido consideramos más importante, resulta más práctico que comencemos hablando de la propiedad, es decir, del tercero de los valores enunciados en nuestra nomenclatura. Así pues, voy a empezar hablando de la propiedad privada.

Evidentemente, la propiedad privada es una institución de carácter social y económico. Y, como institución económico-social que es, conlleva importantes aspectos económicos. Aspectos tan importantes que el problema de la propiedad privada ni siquiera puede estudiarse si no se tienen en cuenta sus aspectos económicos. Sin embargo, dado que estos aspectos concretos siempre se ponen de relieve cuando se trata de la propiedad privada, me parece más interesante, en esta conferencia, no centrarme tanto en el aspecto económico como en el aspecto moral vinculado a la propiedad privada. Y, como veremos a lo largo de estas consideraciones, el aspecto moral predomina sobre el propio aspecto económico, que es inherente, intrínseco e indisociable de la propiedad privada. ¿Cuál es el valor moral que se defiende cuando se defiende la propiedad privada? ¿Cuál es el principio último en el que se basa la propiedad privada, según la razón y según la justicia?

A este respecto, las encíclicas de los papas nos ofrecen diversos desarrollos y yo no haré otra cosa que presentar aquí y resumir, con comentarios, los argumentos que figuran en las encíclicas.

Todo ser busca conservar su propia individualidad

Debemos situar, como punto fundamental para comprender la propiedad privada, algo que existe en el orden de la naturaleza, especialmente en relación con los seres vivos. Es este algo lo que incide precisamente en la noción fundamental de la propiedad privada. Y ese algo es lo siguiente: todo ser vivo, sea cual sea su naturaleza —por lo tanto, desde el hombre, que ocupa el primer lugar entre los seres vivos, hasta los seres más elementales—, es como un circuito cerrado. Es decir, es una unidad dotada de ciertas necesidades y de ciertos medios para satisfacerlas. Y esos medios para satisfacer sus necesidades tienen una relación y una conexión ineludible con la propia necesidad. De modo que una cosa existe para mantener a otra, una cosa existe para satisfacer a otra. Y es este entrelazamiento de necesidades y de medios para satisfacerlas en torno a un núcleo, es esto lo que llamamos una individualidad. Y en este sentido, el más humilde de los seres, el más pobre de los seres en el ámbito zoológico, o simplemente en el ámbito biológico, constituye una individualidad.

Tomemos, por ejemplo, un pez que vive en el agua. Tiene ciertas necesidades, pero dispone de los medios para satisfacerlas. Y, según el orden de la naturaleza, esos medios para satisfacer las necesidades se refieren directamente a ese individuo, y el pez tiene todo lo necesario y realiza todas las actividades necesarias para mantener su propia individualidad. De acuerdo con el principio filosófico profundo, omne ens apetit suum esse: todo ser ama su propio ser. Cada ser quiere ser, cada ser se ama a sí mismo y quiere ser él mismo. Por eso, en esa cohesión entre la necesidad y los medios para satisfacerla, se produce un circuito cerrado en el que el ser trabaja para sí mismo y para el mantenimiento de su propia individualidad.

Esto es cierto en el caso del pez, y lo es, por ejemplo, en el de la bestia. ¿Por qué razón la bestia se abalanza sobre otro animal para devorarlo? Es porque quiere subsistir; tiene hambre y quiere subsistir. No tiene noción de nada, por lo tanto, no tiene noción del derecho; come y devora lo que tiene ante sí para subsistir. Es por esta misma razón por la que un pájaro vuela en lo más alto de los cielos, de repente desciende, come algo y vuelve a volar. Vuela para tomar el aire, vuela para ejercitarse, desciende para comer y mantenerse; se encuentra continuamente inmerso en una actividad que consiste en el mantenimiento de su propia existencia.

Esto es un principio que se aplica a todos los seres, evidentemente también al hombre, que es un ser dotado de inteligencia y voluntad, dotado, por tanto, de un conocimiento del mundo interno y externo y de una facultad para adoptar actitudes claras ante ello, algo de lo que carecen los demás seres —pues son seres que no están dotados de inteligencia y que, por lo tanto, se rigen únicamente por los instintos—. Esto, en el hombre, es, por un lado, el buen funcionamiento del instinto humano; pero, por otro lado, además del buen funcionamiento del instinto humano, es el acto de la inteligencia que percibe y el acto de la voluntad que desea.

Yo, como criatura humana, como persona humana y ya no como individuo, soy capaz de ver lo que me conviene y lo que no me conviene. Conozco, como nadie más conoce, mis necesidades interiores, mis conciencias interiores, mis anhelos, mis aptitudes. Sé, por tanto, más que nadie, lo que me conviene a mí mismo; y como estoy dotado de inteligencia y voluntad, está en mi naturaleza ser capaz de elegir mi camino, ser capaz de desear mi camino y, por lo tanto, ser capaz de seguir mi camino. Y así, lo más profundo que hay en nosotros, lo más íntimo que hay en nosotros, el rasgo de nuestra dignidad que nos eleva por encima de los animales es precisamente este hecho: que, al constituir un circuito cerrado de necesidades y aptitudes, tenemos la capacidad de conocer nuestras necesidades y de utilizar nuestras aptitudes para el mantenimiento de nuestro propio ser. Y esto es algo propio, directo e inmediato, que proviene de mí para mí y que constituye la independencia de mi ser y la libertad originaria, natural e inalienable de mi persona. Precisamente la razón por la que no soy un esclavo, la razón por la que sería injusto que alguien me redujera por la fuerza a la esclavitud, es que mi naturaleza es una naturaleza libre; tengo inteligencia y voluntad, tengo capacidad para establecer mis propias directrices, y es atentar contra mi naturaleza intelectual y volitivamente libre, es atentar contra ella querer reducirme a la esclavitud.

Ser dueño de sí para ser dueño de lo propio

Pero el resultado de ello es el siguiente: que también lo que produzco es directa y principalmente para mí, y que lo tengo porque soy dueño de mi persona —porque esto es la propiedad de mi persona—. Como soy dueño de mi persona, quien es dueño de la causa es dueño del efecto; si soy dueño de mí mismo, soy dueño de mi producción económica. Y la propiedad que tengo sobre mi producción económica no es otra cosa que el reflejo de la propiedad que tengo sobre mí mismo, del derecho que tengo sobre mí mismo. Derecho que tengo a disponer de mí mismo, que es un derecho que se deriva de mi inteligencia y de mi voluntad, se deriva de mi carácter como persona, pero que está en consonancia con una ley de la naturaleza establecida por Dios y que existe en todos los seres, incluso en los seres no inteligentes. De modo que este principio de mi propiedad sobre el producto de mi trabajo es un principio que hunde sus cimientos en lo más básico, lo más esencial y lo más general de la naturaleza.

Yo, como propietario del fruto de mi trabajo, también soy propietario de otra cosa. Es lo siguiente: imaginen ustedes a un hombre que navega por el mar. Está, por ejemplo, en una canoa. Ve pasar un pez. Ese pez no es de nadie. Ese pez fue creado por Dios para servir a los hombres. Ahí está ese hombre en esa canoa. Tiene ante sí un pez que Dios ha puesto ahí para que se lo coma. Tiene hambre, se apodera del pez. Desde el momento en que se apoderó de ese pez, nació, por el orden moral y jurídico de las cosas, su derecho a disponer de ese pez y a [decidir] de la disponibilidad del pez. El pez estaba allí, en el mar, disponible. Un hombre se ha apropiado de él; se ha aplicado un derecho natural sobre ese objeto. Y el hombre se convierte en dueño del pez.

Si esto se aplica al hombre que recorre el mar pescando, se aplica de la misma manera al hombre que recorre la selva —la selva virgen, una de esas selvas brasileñas que ocupan el 75 % de nuestro territorio—, un hombre que recorre la selva y encuentra un fruto. Ese fruto no tiene dueño, existe para que un hombre se lo coma y, como no tiene dueño, un hombre pasa por allí y se lo come. Es un acto de apropiación que está en consonancia con la propia naturaleza del hombre y el destino natural de ese fruto. Así pues, el hombre no solo es, por su propia naturaleza, dueño del fruto de su trabajo, sino que también es dueño de las cosas que son necesarias para su propio sustento. Esas cosas existen en la Creación para que él pueda subsistir. Se apropia de ellas y ya está.

Ahora bien, como el hombre es inteligente, se da cuenta de que su subsistencia responde a necesidades que se renuevan a cada momento y que, por lo tanto, no le basta con satisfacer la necesidad de ese momento, sino que la continuidad de sus necesidades supone una continuidad en el abastecimiento. Así pues, el hombre puede apropiarse no solo de la fruta, sino también del árbol; o puede apropiarse de un terreno que no tiene dueño y plantar allí una semilla, o dos semillas, o diez semillas, y convertirse naturalmente en propietario de ese terreno. Es, por tanto, propietario del producto, es propietario de la fuente de producción, puede ser propietario de los medios de producción.

¿De qué manera va a ser propietario de los medios de producción? Es muy sencillo. Tomemos, por ejemplo, a un hombre que está plantando algo; se da cuenta, por ejemplo, de que, al trabajar un sílex, lo transforma en un hacha útil. Es un hombre de la época prehistórica. Toma esa piedra que no es de nadie y le aplica un trabajo. Como es dueño de su trabajo, al aplicar su trabajo a esa piedra, esta pasó a pertenecerle. Se convirtió en dueño del instrumento de producción. Y así, por el propio curso del orden natural de las cosas, nace la propiedad privada. Nace como un instinto en sus diversos aspectos. El hombre es propietario de la fuente de la que pueden brotar las cosas, es propietario del instrumento de trabajo. ¿Cuál es el origen de esto? Nunca estará de más insistir: el origen de esto radica en la propiedad que tiene de sí mismo, en la disponibilidad que tiene sobre su propia persona.

La propiedad como derecho exclusivo y responsable

Esto, evidentemente, crea un derecho. Porque, ¿qué es la propiedad? Es el derecho que alguien tiene de disponer de algo con exclusión de cualquier otra persona. Si yo soy, por ejemplo, propietario de este vaso, tengo derecho a disponer de él, con exclusión de cualquier otra persona. Nadie puede disponer de ese vaso, salvo yo. Este derecho a disponer del vaso llega hasta tal punto que, si quiero, por ejemplo, puedo tirarlo a la basura, puedo romperlo y nadie puede sentirse robado por ello, porque el dueño del vaso soy yo. Por eso el Derecho Romano definía la propiedad como jus utendi, fruendi et abutendi; es decir, es el derecho a usar, a disfrutar y a destruir. El derecho a destruir es la característica más típica del derecho de propiedad. Soy tan dueño que, si quiero, incluso puedo destruir la cosa.

Ahora bien, este derecho de propiedad definido de esta manera tiene, como todos los demás derechos, una atenuación. Dicha atenuación se deriva del hecho de que el hombre no vive solo, sino que vive en sociedad. Y al vivir en sociedad, el derecho que tiene, evidentemente, se atenúa o se adapta al hecho de que vive en sociedad. En otros términos, esto significa lo siguiente: si tengo un bien determinado y este me resulta útil, debo utilizarlo, pero no solo de manera que no perjudique a los demás, sino incluso para contribuir al funcionamiento de la sociedad. Mi derecho tiene, por lo tanto, una función social. Esta función social tiene un doble aspecto. El primer aspecto es el siguiente: si hay alguien que necesita algo para subsistir, pero no puede ganarse el sustento mediante un trabajo honrado, sino que solo puede conseguirlo pidiéndome lo que me sobra, tengo la obligación de dárselo. Es una obligación que se deriva del hecho de que el derecho que el otro tiene a la vida vale más que el derecho que yo tengo a mi propiedad. Por eso, aunque mi derecho sea un derecho absoluto, como lo es todo derecho, está condicionado por su carácter social; tiene una función social. Así pues, hay ciertas situaciones en las que ese derecho cede ante otro derecho, más grave que el mío, que es el derecho a la vida.

Esto también se puede expresar de otra manera. Yo tengo algo; la sociedad lo necesita para vivir. Como la sociedad lo necesita para vivir y yo, por mi parte, necesito a la sociedad, es justo que esta me indemnice, expropie y retire eso de mis bienes. Por ejemplo, para abrir una calle, un impuesto recaudado para una grave necesidad pública, etc., es justo que se recaude, que se abra la calle, que mi derecho de propiedad cese de una forma u otra para atender a la finalidad social.

Hoy en día se habla mucho de la función social de la propiedad. Sobre todo, en ciertos círculos progresistas, se habla de un modo tan unilateral que casi se diría que el único derecho que tiene una función social es la propiedad. Creo que ustedes nunca han oído hablar de la función social del trabajo, de la función social del trabajador. Por ejemplo, un médico: el derecho que tiene sobre sus ingresos puede cesar, en determinadas circunstancias, debido a la función social de su condición de trabajador. Un médico pasa por una calle; hay un hombre que necesita asistencia médica. El hombre no tiene dinero para pagarle al médico. El médico no le dirá: «No, señor, soy dueño exclusivo de mi trabajo, de mi capacidad, etc., etc. Muera como quiera». El médico tiene la obligación de ayudarle, porque el derecho a la vida de uno vale más que el derecho que el otro tiene sobre su propio trabajo.

Podríamos multiplicar los ejemplos indefinidamente. Por citar solo un ejemplo muy pequeño del olvido de la función social de la propiedad: los taxis. Los días de lluvia, los taxis desaparecen. Es precisamente cuando deberían estar presentes para atender a la población que los necesita, y a veces en situaciones graves. Es un olvido de la función social del trabajo. En ciertos días de fiesta pública o de descanso, los medios de transporte se vuelven mucho más necesarios, pero el taxista desaparece esos días. Están infringiendo, están olvidando la función social del trabajo, porque todo derecho del propietario, del trabajador o cualquier otro derecho tiene una función social.

Como pueden ver, a través de este breve resumen, el derecho de propiedad se fundamenta, por lo tanto, en razones morales de lo más sólidas, y no nace del Estado. No es el Estado quien otorga la propiedad a alguien. Alguien se convierte en propietario por el propio orden natural de las cosas, y lo que el Estado no puede dar, tampoco puede quitarlo. Por eso, el Estado no puede, sin las razones superiores de las que acabo de hablar, llevar a cabo expropiaciones, y no puede expropiar sin una indemnización adecuada. Es porque el derecho de propiedad fue establecido por el propio Dios en el orden natural de las cosas. Por eso, el derecho de propiedad no puede ser abolido.

Supongamos que mañana, por ejemplo, una asamblea constituyente brasileña declarara abolido el derecho de propiedad. En Chile parece que algo así se está tramando en el poder legislativo. El Estado diría: «Nosotros, diputados y senadores, representantes de la soberanía popular —porque la soberanía popular es una verdadera soberanía—, declaramos extinto el derecho de propiedad». ¿Sería esto válido? No sería válido, sino nulo, porque ninguna ley del Estado puede ir en contra de la ley de Dios, ninguna ley del Estado puede ir en contra del orden natural de las cosas del que emana para el propio Estado el derecho a gobernar. ¿De dónde emana para el Estado el derecho a gobernar, si no es del mismo orden natural de las cosas? Es decir: tan sagrado es el derecho de propiedad que este derecho confiere al hombre, a su vez, el derecho a recurrir a los medios que sean adecuados para preservar su derecho de propiedad frente a la agresión, la mutilación o la destrucción por parte de un Estado comunista. Esa es la fuerza del derecho de propiedad.

Ahora bien, al considerar así el derecho de propiedad, se le ha analizado en términos económicos. Aún no se ha analizado en sus términos psicológicos. Se ha analizado en sus términos morales y en sus términos económicos; aún no se ha analizado en sus términos psicológicos.

La propiedad como plenitud psicológica del hombre

“La propiedad privada es, como acabamos de ver, un corolario de la condición inteligente y libre del hombre. El resultado es que la inteligencia y la voluntad del hombre exigen, naturalmente, que este se convierta en propietario. Y la condición que conviene al alma humana es ser propietaria de algo” –  Caserío de Zeanuri Ceanuri Arratia – Vizcaya (aprox. 1920)

Desde el punto de vista psicológico, la cuestión se plantea de la siguiente manera. La propiedad privada es, como acabamos de ver, un corolario de la condición inteligente y libre del hombre. El resultado es que la inteligencia y la voluntad del hombre exigen, naturalmente, que este se convierta en propietario. Y la condición que conviene al alma humana es ser propietaria de algo. Y es por eso por lo que todos los hombres se esfuerzan tanto por ser propietarios de algo. Por eso, cuando un hombre se siente dueño de algo, se siente de alguna manera realizado. Y por eso —en la hipertrofia ya exagerada de ese instinto de apropiación—, numerosos hombres, a veces por medios deshonestos, acumulan para sí capitales desmesurados.

¿Cuál es la razón de ello? Es que el hombre, para dirigir su destino, quiere ser dueño de él. Y tiene tanto más la sensación de ser director de su destino cuanto más es dueño y cuanto más dispone de medios para actuar según lo que quiere. Existe una tendencia a la plenitud, al desarrollo de la mente humana y, por tanto, a su engrandecimiento, por la cual el hombre aspira a la propiedad por una necesidad de carácter psicológico. Y esa es precisamente una de las razones muy importantes por las que hay que estar a favor de la difusión de la propiedad. La difusión de la propiedad entre las distintas clases sociales no es solo un bien económico, sino también un bien moral. Cuanto mayor sea el número de propietarios, más fácil será encontrar personas con una psicología y una mentalidad plenamente desarrolladas y consolidadas. Es decir, la plenitud de la naturaleza humana, o de la condición humana, se realiza adecuadamente a través de la propiedad.

Con esto no quiero decir que quienes no son propietarios no puedan, a menudo, afirmarse como personas. Pueden afirmarse porque tienen mucha personalidad, porque tienen mucha inteligencia, mucha formación u otros medios gracias a los cuales logran imponerse. Ustedes saben que, incluso en la antigua Grecia, hubo grandes filósofos que eran esclavos. Pero eso no significa que la condición de esclavo, en sí misma, no sea contraria al desarrollo de la personalidad; ni significa que la propiedad de uno mismo y la propiedad sobre las cosas no sean factores que favorezcan el desarrollo de la personalidad. Es cierto que, en una sociedad, puede haber muchos individuos sin propiedad que, a pesar de ello, tengan mucha personalidad. Pero esto se explica porque hay muchos propietarios en esa sociedad y también por otras razones de orden cultural. Esa personalidad, por así decirlo, circula por todo el cuerpo social y eleva a todos los que pertenecen a ese cuerpo social. Pero nadie puede imaginar la degradación, el deterioro, la aniquilación de la personalidad humana —de las facultades mentales, del espíritu de iniciativa, del espíritu de discernimiento, del espíritu de realización y del espíritu de lucha— en una sociedad en la que nadie tuviera propiedad privada, o en la que solo quedara un resto, un vestigio de propiedad privada tan pequeño que dicha propiedad fuera, por así decirlo, inexistente.

Se puede observar un ejemplo de ello en las tribus primitivas, donde no existe una propiedad privada plenamente definida y donde, precisamente por eso, la personalidad humana se encuentra en el mayor grado de decadencia y primitivismo. Es decir, la propiedad privada es un factor para este aspecto psicológico y moral en el que quiero insistir mucho aquí, y que es la plena realización del hombre; es, a través de la disposición de sí mismo, y mediante la plena disposición de sí mismo, la plena realización de sí mismo. Para que el hombre sea plenamente hombre, la existencia de la propiedad privada —no digo en cada uno de los miembros de la sociedad, porque eso sería una utopía—, sino en el mayor número posible de personas, es una condición para el desarrollo intelectual, moral y cultural de una sociedad.

Es, por tanto, un valor moral el que defendemos, antes de todo, cuando defendemos la propiedad privada. Defendemos la plena realización del hombre, la plena dignidad del hombre, la integridad del hombre garantizada por una institución sin la cual solo sobreviviría en unos pocos hombres y durante poco tiempo. Y nuestra acusación contra los regímenes comunistas, o para-comunistas, consiste precisamente en esto: que esos regímenes atrofian la personalidad humana. Van desgastando poco a poco la personalidad del hombre y transformándolo en una especie de masa gobernable, en la que cada unidad es inerte, carece de iniciativa propia; no es la fuente de una vida, no es la fuente de un movimiento, sino que cada unidad recibe pasivamente una instrucción, una dirección y un gobierno fuerte, procedentes de fuera de ella, y que es el Estado.

Y así, en lugar de tener la sociedad orgánica tal y como la doctrina cristiana tanto inculca y como la sabiduría natural afirma, en la que la vida surge de abajo hacia arriba; en la que la iniciativa, el espíritu y la mentalidad llegan a caracterizarse en las élites más altas como una emanación del espíritu nacional que surge desde abajo y florece en las capas más profundas de la nacionalidad.

Por el contrario, nos encontramos ante una masa de borregos, una masa amorfa de hombres sin mentalidad y fabricados en serie; que creen lo que el Estado dice a través de la propaganda, aprenden lo que el Estado quiere a través de la enseñanza —cuando el Estado quiere que aprendan—, ejercen la profesión que el Estado les impone; no son propietarios de nada, salvo de sus pequeños objetos de uso personal, siempre que el Estado no disponga lo contrario; y que, por ello, tienen una personalidad que no llega a realizarse. Aquí la personalidad humana se ve afectada en su matriz, se ve afectada en su propia fuente, y es una forma de decrepitud de la personalidad humana la que así se afirma.

La familia: vínculo propio contra el anonimato

Joaquin Sorolla – Familia de Rafael Errazuriz

Si pasan ustedes de la propiedad privada a la familia, institución riquísima, más noble que la propiedad —porque la propiedad recae sobre bienes materiales, mientras que los elementos constitutivos de la familia son seres humanos y, por tanto, elementos más nobles que el simple vínculo de un hombre con una cosa inanimada—, si ustedes consideran la institución de la familia, entre los muchos aspectos que ofrece, encontrarán en ella, en lo más profundo, un rasgo análogo a la propiedad que hace que la familia sea, en sí misma, un corolario de la propiedad, o mejor dicho, que la propiedad sea un corolario de la familia.

¿Y cuál es ese rasgo? Comprenderán bien ese rasgo y la importancia que tiene si imaginan una sociedad sin familia, y con el rigor y la brutalidad de las tesis comunistas, que son tan imposibles que ni siquiera llegaron a aplicarse por completo en las naciones comunistas. Imaginen una sociedad así: que no haya matrimonio ni vínculos entre padres e hijos. O aquello que sea matrimonio no sea más que una unión física tan fácil de disolver que de matrimonio solo tenga el nombre. Imaginen ustedes una sociedad en la que el acto sexual entre el hombre y la mujer sea algo totalmente fortuito, que no genere, por ninguna de las partes, ninguna obligación ni ningún derecho; que se realice sin ninguna confirmación legal ni moral de ningún tipo, exactamente como los animales. Los hijos que nacen allí son enviados a una institución donde son educados por el Estado, y los padres desconocen quiénes son sus hijos. A los niños se les alimenta con leche materna porque las madres van a centros donde hay máquinas de ordeño; esa leche se selecciona allí y se envía a cualquier hijo de cualquier persona, porque eso poco importa. Cuando no hay leche materna, se utiliza leche de vaca con suplementos. Así se alimentan los niños y la familia no existe en absoluto.

En la foto lo que fue un campo de concentración de niños en Camboya – En Camboya, se intentó eliminar la Familia, para aniquilar las conciencias, reducir a los hombres a un estado de inercia intelectual y moral, eliminar los sentimientos y emociones ‒el amor, la compasión, la alegría, la esperanza, la confianza‒ y reprimir toda expresión de individualidad.

Imaginen ustedes la situación psicológica de un hombre en estas circunstancias. Vive en esta sociedad en un tiempo inmensamente cercano e inmensamente lejano de todo el mundo. Vive perpetuamente en medio de los demás y perpetuamente solo, terriblemente solo. No tiene a nadie con quien comparta su intimidad, no tiene a nadie en quien confíe plenamente, no tiene a nadie que haya unido su destino al suyo, que pueda ser para él un factor de comprensión, un factor de afecto más cercano, un factor de estabilidad afectiva, de continuidad. Todo es completamente destructible en cualquier momento. Todas las uniones se desmoronan. No producen, en el orden moral, ese calor, ese vínculo por el que el hombre pueda decir: «mi esposa» y usar el posesivo «mi»; y la esposa pueda decir «mi esposo» y usar el posesivo «mi». Uno es del otro y el otro es, a su vez, de ese uno. Se han entregado el uno al otro mediante un vínculo que ha hecho que uno sea propio del otro y el otro propio de uno. Por tanto, un vínculo que excluye a todos los demás. Un vínculo continuo, un vínculo estable, que crea una unión de afectos, una unión de intereses, una unión de vida; que establece, por ello, una unión sagrada entre un ser y otro y que hace que cada uno de esos seres se destaque de esa masa de anonimato y una su existencia con la de otro.

Ahí ven ustedes que hay un fenómeno de apropiación por el cual el marido y la mujer establecen derechos y deberes el uno sobre el otro. Y hay algo análogo a la propiedad privada —análogo no significa idéntico—, algo parecido, congénere con la propiedad privada en el orden incomparablemente más noble de las relaciones personales. Y porque existe esta unión, y porque la causa es dueña del efecto, y porque quien hace es dueño de lo que se hace, de ahí nace el derecho sagrado del padre sobre sus hijos, de la madre sobre sus hijos. Este derecho proviene del hecho de que ellos son la causa, y como son dueños de sí mismos, son dueños de sus cuerpos, son autores del acto por el que se produjo la procreación, porque sus hijos son carne de su carne y sangre de su sangre. Tienen sobre sus hijos un derecho natural, que es análogo al derecho de propiedad y que se deriva, en última instancia, de la misma necesidad que tiene el alma humana de poseer algo propio, de ser ella misma, de ser idéntica consigo misma, de apoyarse en otro y de no perderse entre la multitud, necesidad que, como hemos visto hace un momento, es también el origen de la propiedad privada. Así pues, ustedes comprenderán bien que la familia no es más que una institución que nace del mismo fundamento moral y humano que el derecho de propiedad; y quien niega la familia, niega la propiedad, y quien niega la propiedad, niega la familia. Porque si es cierto que el hombre no necesita la propiedad, tampoco necesita la familia. Si es cierto que no necesita la familia, tampoco necesita la propiedad. Todo se deriva, en última instancia, de la condición natural del hombre.

Patrimonio familiar: memoria moral de generaciones

Y esto es tan cierto que la mayoría de los buenos moralistas sostienen que el cabeza de familia no es, propiamente dicho, el único dueño del patrimonio familiar, y que sus hijos y su esposa, a fortiori, tienen tal o cual derecho a participar en dicha propiedad. De ahí proviene la hermosa expresión romana patrimonium, que es el conjunto de bienes que pertenecen al pater, que son heredados por el hijo y que se transmitirán al nieto y al bisnieto. Es decir, un producto enriquecido por el trabajo de varias generaciones, marcado con una especie de impronta paterna —o, si se prefiere, de bendición paterna—, que hace que esa fortuna, fruto de un trabajo honrado a lo largo de generaciones, no se denomine simplemente «fortuna», porque en ella no se puede ver solo dinero, un acervo material, sino que conlleva una impronta moral, una impronta espiritual; es el legado del padre, es el sudor del padre, es el símbolo del amor del padre, de la tradición y de la transmisión que él ha realizado, y por eso es el patrimonio.

Y es en este sentido donde se distingue el patrimonio de la fortuna. La fortuna, según la mitología clásica, es esa diosa ciega que gira a toda velocidad de un lado a otro con una cornucopia de la que salen bienes a diestro y siniestro. La fortuna es la suerte, la fortuna es la lotería, la fortuna es el juego de los números, la fortuna es la ruleta, la fortuna es el azar feliz, pero la fortuna no es el patrimonio. La fortuna es solo dinero. El patrimonio es la fortuna de la familia, es la fortuna del padre, es algo que aporta un valor espiritual vinculado al valor material. Seguramente se están dando cuenta, a través de lo que acabo de decir, del nexo entre estos dos valores como fundamento de ese valor fundamental que es la dignidad humana, la integridad humana, la nobleza de la naturaleza humana.

La familia como laboratorio de la tradición

Ahora sigamos adelante. Acabo de hablar de la familia. Si la familia es algo afín a la propiedad, a fortiori se puede decir que la familia es algo afín a la tradición. ¿Qué es, en realidad, la tradición sino algo que se basa sobre todo en la continuidad de la familia? ¿Cuál es el laboratorio que produce la tradición sino la familia? ¿Y qué familia no produce su propia tradición? Ustedes, que son muy jóvenes, cuando entran por primera vez en una casa en la que nunca han estado, quizá tengan esa sensación que yo, en mi juventud, tenía a menudo cuando iba por primera vez a una casa: tenía la sensación de que estaba entrando en un pequeño mundo nuevo, que era todo un entorno, todo un estilo de vida, toda una atmósfera moral, toda una mentalidad, toda una psicología distinta de la que imperaba en las otras casas en las que había estado. Y es que, precisamente, la familia no es solo la continuidad de una cadena biológica, sino que en la continuidad de esa cadena biológica viene todo lo que la hereditariedad trae consigo.

La hereditariedad —como dijo muy bien Pío XII— es una fuerza misteriosa. No sabemos muy bien en qué consiste. Pero puede compararse, en ese sentido, con la electricidad, que es muy difícil de definir. Pero, ¿quién se atrevería a decir que la electricidad no existe porque no se sabe bien qué es? ¿Que no se sabe definir qué es? ¿Quién se atrevería a decir que no hay que tener en cuenta la electricidad porque no se sabe dar una definición intrínseca exacta de ella? Pues bien, lo mismo ocurre con la hereditariedad. La hereditariedad es una fuerza misteriosa, pero sería una locura no [tenerla en cuenta]; sería una tontería prescindir de ella. Hay un hecho que se observa incluso en los animales y que es la continuidad biológica: determinadas disposiciones, determinadas tendencias, un determinado equilibrio de cualidades y defectos, o un determinado desequilibrio de cualidades y defectos, que marcan a todo un linaje con las mismas características. Esto que existe en los animales, existe también en las familias. Si a esto se le suma que el padre educa a su hijo, que el padre moldea la mentalidad de su hijo mucho más de lo que este cree, y que el hijo que más desee ser diferente de su padre se parece a él mucho más de lo que imagina —si se tiene esto en cuenta, y a ello se suma el hecho de que existe una tendencia natural del hijo a transmitir a su propio hijo aquello que él mismo escuchó de su padre—, ustedes comprenden cómo los hombres se suceden unos a otros en el curso de la familia. Y como la familia es algo continuo dentro del hombre, que es mortal y, por lo tanto, discontinuo —la familia es algo continuo dentro del hombre, que es discontinuo—, comprenderán bien que allí donde exista la institución de la familia, firme y bien organizada, de ahí surge necesariamente una tradición. La familia, desde este punto de vista, es una gran tradición.

¿Qué es un río? Si, al fin y al cabo, las orillas de un río se ven continuamente erosionadas por las aguas, si las propias aguas cambian, ¿qué tiene de continuo el río? Es una continuidad de la fuente, una continuidad del trazado, una continuidad de la sustancia de las aguas, pero nadie se atreverá a decir que el río no es continuo. La familia es un río de vida que recorre los siglos, y cuanto más perdure la continuidad de las familias prósperas, de las familias numerosas, de las familias de alto nivel moral y de alta educación, tanto más firme será la sociedad, tanto más fuerte será la sociedad. De la familia pasamos naturalmente a la tradición.

La tradición: continuidad creadora en la vida del hombre

¿Cuál es el vínculo entre la tradición y la psicología del hombre? En la propia vida de un hombre, percibimos el valor del factor tradición. Este valor hace que, por ejemplo, cuando oímos hablar de un hecho de la biografía —por ejemplo, de un Churchill, o de un Bismarck, o de cualquier gran hombre—, nos alegre ver la continuidad de aquella existencia y que, como en la mayoría de los casos, desde muy pequeño, aquel niño ya daba muestras de las tendencias fundamentales de su vida, que le acompañarían hasta el final y a través de las cuales se realizaría. Nos alegra ver ese trazado que, en medio de las mayores desgracias, de las mayores dificultades, se mantiene continuo, y nos alegra ver después la realización de aquello que se planeó al principio de la vida.

Ahora bien, ¿qué es esto para el hombre? Esto es precisamente la tradición de un hombre. Un hombre tiene su tradición individual en la medida en que ha seguido toda su vida un mismo camino, ha tenido un mismo plan, ha tenido la felicidad de contar con un plan acertado y el camino correcto —intelectual y moralmente correcto— y ha alcanzado la meta que debía alcanzar.

Churchill a los 14 años
Churchill a los 25 años

Y como esto nos causa admiración, nos sentimos perplejos cuando vemos a un hombre que cambia constantemente de rumbo. ¿Qué impresión tendrían ustedes si se encontraran con un hombre de mi edad —tengo 56 años— y le preguntaran: «¿A qué se dedica?» —«Ah, señor, he ejercido varias profesiones. Primero fui barbero, luego ejercí como abogado durante un tiempo porque me licencié; me pareció aburrido y me hice marinero; después, volví y me hice médico. Hoy en día soy crupier de casino. Una risa. Puede que, entre mil mentalidades, haya una en la que, salvo la de crupier, que no se justifica, el resto se justifique y pueda conferir una personalidad original y pintoresca. Pero es una personalidad excepcional. Porque la regla va en contra de eso. La regla general exige continuidad. ¿Por qué exige continuidad? Porque lo bello es ver la causa que, de forma prolongada y laboriosa, trabaja para producir un gran efecto. Y esta continuidad de la causa en la elaboración de su efecto es un factor de belleza ontológica que se aprecia en la vida de un hombre cuando actúa de esta manera. Y el hombre tiene, por lo tanto, su continuidad, que es su propia tradición.

Churchill a los 67 años – ¡la plenitud!

Los pueblos también tienen una tradición

Ahora bien, al igual que los hombres tienen su continuidad y su tradición, los pueblosconstituidos por familias que se entrelazan y se suceden a lo largo de los siglos— tienen también su continuidad y su tradición. Y por eso, cuando contemplamos la vida de los grandes pueblos, nos encanta ver cómo un pueblo ha seguido el mismo rumbo a lo largo de toda su historia.

Por ejemplo, resulta un estudio maravilloso considerar el Imperio Británico tal y como nació, con los albores de la tendencia marinera del siglo XV, y cómo esta tendencia, perfeccionándose y desarrollándose de generación en generación, condujo a la plena expansión del Imperio Británico. Fue una gran continuidad, es decir, una gran tradición. Así como es hermosa la continuidad de un hombre, lo es también la continuidad de la vida de un pueblo. Y así como la naturaleza humana exige continuidad para producir, para pensar, para vivir, exige estabilidad para producir —no para quedarse estancada—; la tradición no es lo contrario de actuar, sino la excelencia del actuar; es actuar siguiendo la misma línea. Por lo tanto, no se trata de una condena de lo nuevo que sea armonioso con ella. Por eso mismo, siendo la naturaleza humana intelectual y libre, y amando la inteligencia las largas concatenaciones y la voluntad las largas operaciones coherentes, y teniendo la vida, por tanto, una gran continuidad, el propio fundamento de la persona humana exige una enorme continuidad, exige una tradición individual, una tradición del pueblo basada en la tradición familiar.

Personalidad, variedad y orden superior

Jóvenes del Roncal – “… estas consideraciones tienen como efecto resaltar y acentuar al máximo la personalidad humana…”

Todas estas consideraciones tienen como efecto resaltar y acentuar al máximo la personalidad humana. Y precisamente porque tienen ese efecto, suscitan una objeción: al acentuar tanto las personalidades, ¿no caemos en el caos? Podríamos responder a esta pregunta con otra pregunta: al mutilarlas tanto, ¿no caeríamos en la podredumbre? ¿No caeremos en el estancamiento y, posteriormente, en la podredumbre que sigue a todo estancamiento? Pero hay una razón más profunda: quien admite lo que nosotros estamos admitiendo no puede dejar de admitir dos supuestos filosóficos iniciales: el primer supuesto es que el hombre tiene un alma espiritual que, se quiera o no, no se confunde con la de los demás; y que, pensemos lo que pensemos, tiene que realizarse so pena de caer en el peor de los desastres. Y, por lo tanto, cualquier argumento en contra de esto no vale nada. Pero luego hay otro argumento que viene detrás: es que el ordenador de la admirable variedad de las almas, que teje el destino de esas almas a través de su voluntad eterna, inmutable y sumamente sabia, es Dios, omnisciente, omnipotente, Creador de todas las cosas; y que Él mismo crea la variedad y, mediante una voluntad que nunca destruye la variedad, sino que la conduce a la unidad de los designios —siempre cumplidos—, establece un orden superior que no siempre percibimos en esta prodigiosa variedad de la Creación.

El comunismo, negación del alma y de la persona individual

Ustedes tienen ahora, en sentido contrario, el comunismo. El comunismo afirma que el alma humana no existe, que todos somos materia. Ustedes, que acaban de elevarse mediante el pensamiento a las consideraciones más elevadas del orden del universo, son absolutamente tan estúpidos como esta botella que está aquí, porque ustedes son una botella en estado vivo y esto de aquí son personas en estado muerto. Todo viene a ser lo mismo. Ustedes van a morir; nosotros nos descomponemos en materia química que se convertirá en botellas, en una empresa, en la mesa, en otros hombres, pero en nosotros no hay más que productos químicos inestables. El otro día leí la definición que un francés daba de la salud. Esta definición, para un materialista, es desoladora. Decía: «La salud es un estado precario que acaba mal». Es cierto. Lo máximo que puede pasar con la salud es que, al cabo de cien años, termine en una catástrofe; o a los 102 años, como una señora de Taubaté [N.C.: ciudad a unos 140 km de distancia de São Paulo], cuyo obituario leí el otro día en el periódico; o a los 110, pero termina en una catástrofe.

Así pues, somos hidratos, cloruros, cianuros, quién sabe qué más, en un estado de composición provisional, y luego acabaremos siendo eso. Lo único que existe es el mar de la materia transformándose y una zona más sutil de esa materia que piensa y que es móvil, pero que también es materia. Resultado: No existe un Dios que ordene esa materia. Dios no existe. Hay un orden interno en la materia, pero un orden que comete tantas tonterías. Basta con pensar en los volcanes, en las epidemias, en las catástrofes; ese orden es un orden completamente erróneo.

De la materia al Estado técnico total

En consecuencia, la idea de planificarlo todo mediante la ciencia, evitarlo todo y acabar proporcionando al hombre una especie de paraíso en la tierra en el que ya no exista la desgracia. Pero como condición para ello es necesario que el hombre no cometa tonterías y se deje gobernar. Por lo tanto, la consecuencia inevitable es el totalitarismo y la tecnocracia. El Estado lo domina todo, forma a los individuos; los individuos son dirigidos por la técnica y no dicen ni A ni B, porque el técnico sabe mejor que ellos lo que hay que hacer. Por ejemplo, ¿quién sabe si no debería haberme hecho un reconocimiento médico hoy, antes de dar esta conferencia? ¿Quién sabe si no habría sido más prudente que no moviera la mano izquierda para no forzar el corazón? ¿Quién sabe si no habría sido mejor que me mantuviera así, para que ustedes pudieran ver mejor mi rostro? Entonces, voy al instituto técnico del orador, él me indica cómo debo hablar, y ustedes también se enteran de cómo deben asistir a una conferencia. Aquí hay unos 80 o 100 autómatas, repitiendo como loros y escuchando a un loro que va a recitar lo que la técnica le ha enseñado. Así, ustedes tienen una morgue individual, la morgue de lo individual, la morgue de lo original y la morgue de la civilización, porque donde desaparecen esos valores, desaparece la civilización.

El comunismo no solo conquista: necesita permanecer

Ustedes dirán: «Bueno, Dr. Plinio, ¿qué tiene eso que ver con la propaganda del comunismo?». Y yo les responderé lo siguiente: en técnica militar se dice que desembarcar en un país no es difícil, lo difícil es quedarse. Los holandeses que estuvieron aquí lo vieron muy bien. Desembarcaron más o menos tantas veces como quisieron, pero al final se marcharon, porque lo difícil es quedarse. Para una forma de gobierno, lo difícil no es, mediante un golpe por sorpresa, hacerse con el poder: lo difícil es mantenerse en el gobierno del que se ha tomado el control, o, al menos, eso es lo más difícil. Para el comunismo, el gran problema no es tomar el control de un país mediante un golpe por sorpresa: es saber cómo permanecer en ese país, manteniéndose a pesar de la sorpresa. No puedo entrar aquí en largas digresiones históricas, pero quiero llamar la atención sobre este hecho, que es revelador: en los países donde la civilización cristiana ha llevado a un alto grado de desarrollo la individualidad del hombre, el comunismo no ha logrado hasta la fecha ningún resultado electoral. Me dirán ustedes: Alemania Oriental, Polonia, Hungría, Checoslovaquia, ciertas naciones de los Balcanes… No todas ellas recibieron con la misma intensidad las influencias de la civilización cristiana. Algunas de ellas cayeron en la apostasía y la herejía muy pronto y, por lo tanto, recibieron una influencia cristiana mezclada con elementos de error y debilitada. Aun así, en esos países no ganaron absolutamente ninguna elección, porque saben que, al votar, todo el mundo acaba votando en su contra y que su propaganda nunca es verdaderamente eficaz.

Consiguieron un resultado más duradero en un país donde tampoco celebraron nunca unas elecciones serias: fue en Rusia. Pero, ¿por qué? Porque Rusia, que apenas salía de la barbarie, cayó en el cisma y tuvo un régimen político-social que, aunque presentaba muchos aspectos respetables y razonables, fue siempre un régimen de masas y de anonimato, bajo el poder de los zares. El resultado fue que se pasó de una semibarbárie a otra barbarie; ese pleno desarrollo del hombre no se produjo. Por eso los comunistas lograron, con una tremenda presión policial, mantenerse allí de forma duradera, porque, de lo contrario, ni siquiera allí se habrían mantenido. En Alemania y en los demás países se mantienen gracias a esa presión, pero si esta disminuyera, tendrían que marcharse. Aun así, en Polonia tienen que adoptar un modus operandi, por cierto, muy tendencioso; en Hungría sufrieron una revolución sangrienta y corren en todo momento el riesgo de que se produzcan revoluciones en otros lugares. ¿Cómo pueden entonces pensar en apoderarse de naciones enteras que tienen una tradición de iniciativa personal, una tradición de individualidad contraria a todo lo que ellos pueden hacer?

La verdadera victoria comunista: anonimizar la sociedad

Proletarios soviéticos en un comício… – “… y es con esta anonimización de la sociedad, transformada en masa, como el comunismo prepara su verdadera victoria…

Los comunistas lo saben. Y por eso, señores, no se hagan ilusiones: los comunistas saben que el [aliado] más grave del comunismo no es lo que se denomina el Partido Comunista, sino algo que va más allá: es la lenta transformación de la civilización occidental, de modo que, a cada momento, esos tres valores que caracterizan y dan cuerpo a la personalidad humana van decayendo. A cada momento muere una tradición; a cada momento se debilita la institución de la familia; a cada momento se mutila la propiedad. Con ello, el sentido de la tradición, el sentido de la familia, el sentido de la propiedad van muriendo. Y con la muerte de todo ello en las almas, es el anonimato el que avanza; y es con esta anonimización de la sociedad, transformada en masa, como el comunismo prepara su verdadera victoria.

Podríamos decir que el esquema es el siguiente: el Partido Comunista es como un mechero encendido junto a una vela mojada, con la mecha mojada. En el momento en que la mecha de la vela se seque, la llama del mechero se transmite a la mecha. El peligro no está en el mechero, el peligro está en que se seque el agua que hay en la mecha. Así, también hay una mecha junto a toda sociedad, que es el Partido Comunista. Pero ese mechero solo prende fuego en la sociedad si muere ese sentido de lo personal y de lo individual. Y ese sentido morirá porque, gradualmente, la tradición, la familia y la propiedad irán desapareciendo.

Así pues, en lugar de llevar a cabo una mera campaña anticomunista —que no es más que un grito contra el Partido Comunista—, útil sin duda, pero que no tiene ningún resultado de fondo, nos organizamos para defender, tanto en el plano doctrinal como en el cultural, estos tres valores que son, ante todo, valores de doctrina y de cultura. Trabajar por la tradición, la familia y la propiedad en una labor que no es solo de conservación, sino que es, al mismo tiempo, una labor de progreso y de restauración: estamos convencidos de que hacemos lo mejor para la sociedad y para los intereses de Brasil.

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