¿En qué consiste la esencia o la sustancia del espíritu de penitencia?
“Santo del Día” – 22 de junio de 1964
A D V E R T E N C I A
El presente texto es traducción y adaptación de un artículo en el periódico “Legionario” y no ha sido revisado por el autor.
Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia con respecto al Magisterio de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:
Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Sin embargo, si por descuido hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».
Las palabras «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.
«El Descendimiento de Cristo», también conocido como «El retablo de la Santa Trinidad» – Fra Angelico – entre 1432 y 1434. Se conserva en el Museo Nacional de San Marcos, en Florencia. Giorgio Vasari lo describió diciendo que parecía haber sido «pintado por un santo o un ángel».
La esencia del espíritu de penitencia
Esta santa me sugiere precisamente el tema de la penitencia, pero no en el sentido de privarse de cosas o de practicar sacrificios, etc. Está claro que esto también es un tema muy bueno, pero quiero considerar otra cosa, que es la esencia o sustancia del espíritu de penitencia.
Don Antonio y fray Jerónimo me dijeron que una de las cosas más difíciles hoy en día es conseguir que las personas, al acudir al sacramento de la penitencia, pidan realmente perdón por sus pecados. La gente va a confesarse, pero ya va con una actitud defensiva. Alegando mil y una cosas, sucesos, echando la culpa del pecado a otra persona, a otra circunstancia, a cualquier situación que justifique la acción; o bien acaban formulando una frase según la cual el culpable del pecado sería Dios: «Padre, he pecado, pero no tuve fuerzas, la tentación era demasiado grande, no pude resistirme a la tentación del pecado». Todo el relato del pecado se hace para, en última instancia y en la medida de lo posible, eludir la responsabilidad echándosela encima a los demás.
Esto concuerda mucho con la forma en que los campesinos, como contó D. Mayer, acuden a la confesión.
Él llega al confesionario y [el confesor] le pregunta: «¿Quiere usted confesar sus pecados o prefiere que yo le pregunte?». La respuesta es: «Señor obispo, usted ataque, que yo me defiendo». La confesión, concebida en el primitivismo de esas personas que dejan aflorar su subconsciente —pero también en el subconsciente de mucha gente que no es primitiva—, es más una defensa que un ataque.
Estoy mencionando casos extremos, pero siempre me ha impresionado esa fórmula del «Confiteor». Se habla tanto de liturgia y ahí hay algo que pertenece a la liturgia: «quia peccavi, nimis cogitatione verbo et opere, mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa», y al golpearse el pecho se reconoce que se ha tenido culpa, y una culpa eminente en el pecado que se ha cometido.
Reconocer la propia culpa ante Dios
¿Cuál es aquí el espíritu de penitencia? El verdadero espíritu de penitencia consiste en tener una mirada clara, recta y firme hacia nuestra propia conciencia y, con una imparcialidad inexorable, saber ver cuál es nuestra parte de responsabilidad en los actos que cometemos, teniendo en cuenta que la gracia de Dios nunca abandona a nadie y que, respecto a lo que hicimos, tuvimos la gracia de no haberlo hecho, y que lo que hicimos fue por nuestra culpa exclusiva. Éramos libres de no hacerlo.
Aunque existan ciertas circunstancias favorables que sirvan de atenuantes, a pesar de todo ello, una cosa queda clara: podría no haberlo hecho, y lo hice; podría no haber cometido el acto delictivo y pecaminoso, y lo cometí; podría no haber omitido tal cosa y la omití, ya fuera por acción u omisión; lo hice, y sobre mí recae plenamente la responsabilidad de lo que realmente hice. Y como sé que soy un ser humano concebido en el pecado original y que, por lo tanto, tengo hacia mí mismo todas las debilidades del hombre que no quiere corregirse y todas las sospechas del hombre vanidoso y con amor propio, que no quiere reconocer sus pecados, necesito vigilarme de cerca y mirarme con suma desconfianza.
El ser, respecto al cual debo ser más desconfiado, soy yo mismo. En lo que a mí mismo se refiere, debo ser más desconfiado que con el peor comunista, con el mayor malhechor, porque ante Dios tengo que rendir cuentas, ante todo, de mí mismo. Debo mirarme a mí mismo y hacerlo con esa imparcialidad inexorable, con esa desconfianza meticulosa en todo momento, comprendiendo que, si no tengo en cuenta la mancha del pecado original que existe en nosotros, no me salvaré.
Y cuando uno de nosotros tenga la desgracia de cometer un pecado, debe fijarse sobre todo en la culpa que ha tenido, y no en las atenuantes que haya podido haber; debe buscar la raíz, debe buscar en su propia conciencia, debe recordar el número de veces que cerró los ojos ante la tentación que se le presentaba, que no quiso ver, que no quiso evitar, que no quiso tomar las precauciones necesarias y por eso pecó. Y debemos presentarnos ante el tribunal de la penitencia con esa imparcialidad, con esa franqueza: he pecado por mi culpa, mi culpa, mi máxima culpa.
De nada sirve constatar que solo he cometido pecados veniales. Es cierto que mil pecados veniales sumados no pueden equivaler a un pecado mortal, pero sabemos que el pecado venial allana el camino para el pecado mortal y que, de alguna manera —claro está, solo de alguna manera—, los pecados cometidos por las almas que Dios ama le ofenden más que los pecados mortales cometidos por los pecadores. En una famosa revelación, Nuestro Señor se apareció y dijo que la llaga que tenía en la mano derecha era la causada por las faltas veniales de las almas que le amaban. Si de verdad quiero ser santo, si quiero abandonar la tibieza, si quiero ser un alma que no tiene ningún pecado —porque eso es ser santo—, debo sentir pesar, y un pesar sincero, un pesar efectivo por mis pecados.
Arrepentimiento sincero y contrición perseverante
No conozco fórmula más espléndida de arrepentimiento tras la caída que los siete salmos penitenciales. Son los salmos de David, después de haber pecado, caer en desgracia y ser perseguido: «Ten piedad de mí, oh, Dios, según la grandeza de tu misericordia: — y según la muchedumbre de tus piedades, borra mi iniquidad. Lávame todavía más de mi iniquidad, y límpiame de mi pecado; (porque yo reconozco mi maldad, y delante de mí tengo siempre mi pecado: contra ti solo he pecado; y he cometido la maldad delante de tus ojos) (Salmo L 3-6)».
Ahí vemos un alma seria, que contempla el pecado y la virtud con seriedad, que es capaz de arrepentirse sinceramente del pecado que ha cometido, que es capaz de llorar por él con sinceridad. Y cuando uno llora sinceramente por el pecado, cuando siente verdadero pesar por el pecado que ha cometido, no se trata de una simple confesión y ya está. Hay que llorar ese pecado toda la vida. Y la verdad es que cuanto más nos vamos santificando, tanto más debemos llorar el pecado cometido.
Es el caso de Santa María Magdalena, nuestra santa de hoy. Saben ustedes que fue, por excelencia, una pecadora. Sabemos bien hasta qué punto lloró el pecado que cometió. Después de haberlo abandonado todo por Nuestro Señor, después de haber tenido una relación íntima con Nuestra Señora, después de haber tenido la gloria sublime de recibir a Nuestro Señor en su casa, después de haber tenido la gloria, que no tiene palabras, de haber estado al pie de la cruz en el momento de la muerte y el entierro de Nuestro Señor, después de haber visto a Nuestro Señor resucitado, ella lloró ese pecado hasta el final de su vida. Cuanto mayor es la virtud, mayor es la tristeza por haber ofendido a Dios.
Lo mismo ocurrió con San Pedro. San Pedro negó a Nuestro Señor tres veces. Cuentan las tradiciones que, hasta el final de su vida, lloró su negación, y que en su rostro había surcos que las lágrimas habían abierto porque lloraba con frecuencia de nuevo. No podemos pensar que, con una confesión, liquidamos nuestros pecados y que esto, como si fuera una bagatela, queda atrás. Debemos recordar que llevamos ese pecado a cuestas, que es natural que Dios nos persiga y nos castigue por nuestros pecados, y es mejor que sea en esta vida y no en la otra. Debemos mantener ante estos pecados una actitud contrita.
¿Habría algún pecado que debiera mencionar más específicamente? Habría dos: el eterno problema del pecado contra la pureza. Esto es algo que no basta con observar y considerar. Fray Jerónimo citó una vez en una conferencia una frase de no sé qué Doctor de la Iglesia, que decía: «Muchos hombres santísimos cayeron en este pecado a causa del exceso de confianza». La forma de evitar este pecado es arrepentirnos de cualquier negligencia que hayamos tenido respecto a la falta de vigilancia constante.
Otro pecado que menciono al azar es el pecado de la tibieza. Cuando escuchamos palabras de salvación, escuchamos palabras de vida y nuestro corazón se endurece ante ellas. Pero la dureza no es la del comunista bigotudo. Esa no es la peor dureza, sino que la peor dureza es la del tibio… Si oyereis su voz, no endurezcáis vuestro corazón. Cuántas veces, en nuestra vida, oímos cosas útiles, cuántas veces oímos cosas que nos conducen a la santidad. Pero nos encogemos de hombros, no les prestamos la atención necesaria, no pensamos, no reflexionamos, no meditamos, no aprovechamos la palabra que se ha dicho, y seguimos adelante.
Pedir la gracia de vencer la tibieza
Sé que lo que estoy diciendo esta noche difiere un poco del tono que suelo adoptar. Aquí dentro intento más animar que decir cosas como estas. Pero, de vez en cuando, hay que decirlo. Y hay que decirlo teniendo en cuenta la infinita misericordia de Nuestro Señor, especialmente para aquellos que son, en particular, hijos de Nuestra Señora. Está claro que Nuestro Señor tiene mucha misericordia hacia nosotros, pero ¿sabéis cuál es el efecto principal de esa misericordia? Que Él tenga la paciencia de concedernos el arrepentimiento que a nosotros nos falta.
Debemos arrepentirnos con confianza, con calma, pero con seriedad de espíritu. Y lo que debemos pedir a Santa María Magdalena esta noche es esa seriedad de espíritu ante nuestros pecados, presentes y pasados, para pedir perdón; ante los pecados futuros, para temerlos y evitarlos, sin inquietud, sin temor, dispuestos a acercarnos cada vez más a Nuestro Señor con toda confianza, después de haber pecado, pero comprendiendo bien qué es el pecado. Pedirle que nos conceda, a ruegos de Nuestra Señora, plenamente esa comprensión, y un espíritu de contrición, de mortificación y una disposición a comprender, sin exageraciones, pero con toda firmeza y lucidez, nuestra propia responsabilidad.
Así actúa el publicano que se golpea el pecho, que sabe que está en lo más recóndito de la Iglesia porque es un publicano, que, al no tener valor para levantar los ojos hacia Dios, se eleva hacia Nuestra Señora, que es nuestra abogada, y por medio de Ella lo espera todo de Dios Nuestro Señor. Con confianza, con mucha fuerza, pidamos a Nuestra Señora esa cosa sublime que es el espíritu de penitencia. Pidamos ese espíritu de penitencia para nosotros, y para hacernos una idea de si lo tenemos, os propongo una pequeña prueba. La Escritura dice: «Reprende al sabio, y te amará; reprende al hombre verdaderamente arrepentido, y se alegrará; reprende al hombre impenitente, y se enfadará profundamente».
Hagamos esta prueba con nosotros mismos: en una noche un poco más dura como la de hoy, ¿qué efecto deja en nuestra alma? ¿Nos sentimos alegres, nos sentimos satisfechos? Pues bien, quedémonos satisfechos. ¿Sentimos una extraña sensación? No sé cómo describirla, pero sé lo que es: es la tibieza.
Pidamos, pues, a Nuestra Señora, a Santa María Magdalena, que nos ayude a librarnos de la tibieza. Cuando amemos la reprimenda, entonces podremos estar seguros de que hemos adquirido un verdadero espíritu de penitencia.
