Santa Elena: la oración que impulsa la acción y abre camino al orden cristiano

El equilibrio católico entre oración y acción

“Santo del Día” – 18 de agosto de 1964


A D V E R T E N C I A

El presente texto es una traducción y adaptación de la transcripción de una exposición oral del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a socios y cooperadores de la TFP, por lo que tiene un estilo coloquial y no ha sido revisado por el autor.

Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia con respecto al Magisterio de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:

«Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Sin embargo, si por descuido hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».

Las palabras «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.


 

Encuentro e identificación de la Santa Cruz (1385-87)
Agnolo Gaddi – Basílica de la Santa Cruz – Florencia

 

Hoy es la fiesta de Santa Elena, emperatriz y viuda. Madre de Constantino el Grande. A ella se debe el hallazgo de la Vera Cruz. (N.C.: Para un resumen biográfico ver, por ej., Santa Elena, emperatriz).

La influencia decisiva de una madre cristiana

Santa Elena es una santa que nos importa, no solo por el hecho de haber sido emperatriz, sino también porque es evidente que ejerció sobre Constantino una influencia similar a la que Santa Clotilde ejerció sobre Clodoveo. Es decir, vemos a Constantino, el primer emperador que hace una promesa para ver si, con la ayuda de Nuestro Señor Jesucristo, sale victorioso; que recibe la confirmación de esa promesa y, de hecho, sale victorioso; y que derriba la estructura del Estado pagano.

Evidentemente, no podemos dejar de reconocer una relación de causa y efecto entre esto y el hecho de que Constantino, que no dio muestras de santidad hasta el final de su vida —de hecho, hay muchas objeciones que plantear a su vida personal—, llevó a cabo esta magnífica obra.

Cuando recordamos a Santa Mónica rezando por San Agustín y logrando su conversión; cuando recordamos a Santa Clotilde, que también logró la conversión de Clodoveo e inspiró la conversión de Clodoveo; es imposible no pensar que Santa Elena inspiró profundamente a Constantino; y que su actitud se debió, en gran parte, a la influencia que ella ejercía sobre él.

De la conversión del Imperio al ideal del orden temporal católico

Ahora bien, nuestro propósito y nuestro objetivo consisten en restaurar el orden social católico y restaurar el orden temporal católico. Y es evidente que no podemos dejar de reconocer, con gran alegría, la labor que ella realizó precisamente para esto: tomar el imperio, que era un imperio pagano, y no solo poner fin a las persecuciones, sino lograr que el emperador comenzara a edificar un orden temporal que, aunque no llegó a ser la plenitud de la catolicidad que tuvo el Estado medieval, fue el primer intento de constituir un orden temporal católico.

Y un intento, desde muchos puntos de vista, verdaderamente glorioso. No solo porque el Edicto de Milán concedía libertad a la Iglesia, sino porque el Edicto, posteriormente, ordenaba el cierre de todos los cultos paganos. Y porque, en realidad, a partir de aquel momento surgió un ideal de unidad imperial católica que la Edad Media conservó y a partir del cual creó, más tarde, la estructura del Sacro Imperio Romano Germánico.

Vemos, por tanto, a Santa Elena como estuvo en el origen, gracias a su labor y a su ejemplo, de un mundo de logros gloriosos; de ideas grandiosas; de principios que tuvieron repercusiones posteriores, hasta la caída del Sacro Imperio Romano Germánico y hasta nuestros días.

Oración y acción: el equilibrio católico

Es decir, quien lucha por el ideal del estado del orden temporal católico no puede dejar de sentir una gran veneración por Santa Elena y de comprender, en ello, el papel de la oración en estos asuntos. Pero, vean bien, hay que comprender el papel de la oración de forma equilibrada. Porque hay una cierta forma de hablar del papel de la oración que tiene cierto tufillo a “herejía blanca” [N.C.: Expresión utilizada por el profesor Plinio para referirse a una actitud sentimental que se manifiesta sobre todo en un cierto tipo de piedad edulcorada y en una postura doctrinal relativista]: «¿Has comprendido el papel de la oración?». Y, entonces, cuando se habla así del papel de la oración, se da a entender que no sirve en absoluto hacer nada más, que basta con rezar. Y eso no es así. El papel de la oración es impulsar la acción; pero, de hecho, es la acción la que, después, se pone en marcha y alcanza su fin.

Así pues, tenemos a Santa Elena rezando y a Constantino luchando. Y luchando con las armas, con el emblema de Nuestro Señor Jesucristo en el lábaro; y luchando con las armas en la mano para imponer aquello, en definitiva, para alcanzar su victoria; y después actuando con fuerza y con el poder temporal del Estado para liberar a la Iglesia y acabar con los restos del paganismo. Es decir, aquí el equilibrio es perfecto. Santa Elena reza, pero reza una oración que, sin duda, estuvo acompañada de un gran apostolado con su hijo; y el hijo se encarga de los medios materiales —e incluso de los medios violentos— para llevar a cabo aquello que, sin duda, su madre desearía llevar a cabo. Porque es imposible imaginar que Santa Elena no deseara ardientemente lo que su hijo hizo.

Así pues, tenemos aquí una especie de equilibrio entre la oración y la acción. La oración, que es realmente la razón más fecunda que desencadena los hechos; pero, después, hechos que, efectivamente, llevan a cabo lo que queremos. Es decir, por tanto, una oración que no es una condena de la acción; no es, por tanto, una forma de “herejía blanca”, en la que la acción resulta casi sospechosa: «¿Estás actuando? ¡Vaya! Pensaba que estabas rezando». No es esto; pero tampoco es lo contrario: «Actúa, actúa y actúa, porque solo la acción da resultado». Vemos ahí el papel primordial, aunque no único, de la oración; y la necesidad de la acción, según los planes comunes de Dios. ¡Hay que actuar!

La Vera Cruz y la grandeza de una misión providencial

La visión de Santa Elena – c. 1580 Paolo Veronese – Pinacoteca Vaticana (El tema del cuadro es la historia de la visión —o, más bien, del sueño— que, según la tradición, llevó a Santa Elena, madre del emperador Constantino, a descubrir la Verdadera Cruz en Jerusalén).

Me parece hermoso que esta santa haya sido, al mismo tiempo, la santa que encontró la verdadera Cruz. Sabemos que se valió de revelaciones privadas, que también se valió de tradiciones locales y que, al fin y al cabo, encontró la verdadera Cruz, que estuvo rodeada… de milagros, de bendiciones, etc., y es la Cruz de la que se esparcen fragmentos por toda la Tierra. ¿Se dan cuenta de lo que significa para una mujer, al mismo tiempo, ser madre del primer emperador cristiano y ser aquella que extrae, de las entrañas de la tierra, la verdadera Cruz, y de todos los beneficios que se han esparcido por la tierra gracias a la posesión de la verdadera Cruz, a la adoración de la verdadera Cruz, a la presencia de las reliquias de la verdadera Cruz por todas partes?

Todos esos beneficios tienen a Santa Elena como origen. Entonces, uno comprende la grandeza de esta mujer; comprende la estatura de esta alma. Comprende, también, lo que es una gran misión. Y comprende algo de lo que decía, hace unos días, sobre el carácter femenino, cuando es verdaderamente católico; que no tiene nada que ver con ese tipo de mujercilla tan común hoy día, sino que es el gran tipo de mujer que, verdaderamente, vive solo para Nuestro Señor. Una matrona de alma elevada; de amplios horizontes; que comprende las cosas desde sus aspectos más sublimes y de mayor alcance. Y que, por eso mismo, transforma un Imperio y ofrece al mundo un regalo inmensamente grandioso: la verdadera Cruz de Cristo.

Horizontes grandes frente a preocupaciones minúsculas

¡Cuánto difieren esos horizontes de los de tantas santurronas que vemos correr por la iglesia, a las que basta con anunciar una sesioncita de cine para que llenen las iglesias…!

Me gustaría preguntarles: «¿Ha pensado usted en el Imperio Romano? ¿Ha pensado en la verdadera Cruz? ¿Tiene usted la mente puesta en la actualidad de estos problemas de Brasil, que, a diferencia de la obra de Constantino, están por hacerse realidad, con la implantación de la hoz y el martillo en la Tierra? ¿Ha rezado usted por esto? ¿Sufre usted por esto? ¿Piensa usted en la posibilidad de que estos fragmentos de la verdadera Cruz desaparezcan por completo en manos de los comunistas, cuando se apoderen de la Tierra? Y, sobre todo, ¿piensa usted en algo peor, que son las almas, que valen más que la propia Cruz de Cristo?» Porque Cristo habría muerto por cada uno de nosotros, aunque se tratara de salvarnos solo a nosotros; pero por una cruz no habría muerto; por muy sagrada que sea, es un objeto material. Bien. «¿Piensa usted en esas almas que se van a perder?»

¿Cuántas de ellas piensan en esto? ¡Horizontes mínimos… Minúsculos! El gusto por las oraciones: van a ver al vicario… por su marido; por una migraña que tienen; o bien… cuya tía… ha recibido una carta, y está un poco angustiada porque ella, a su vez, tiene un tío que está enfermo, en España;… Bueno, ustedes comprenderán que estos son horizontes completamente diferentes a los nuestros. Y, a través de ello, comprenderán en qué consiste esta altura del espíritu católico, del espíritu ultramontano.

Recomendémonos, pues, a Santa Elena, en este día de hoy.

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