La jerarquía del Cielo como modelo del orden cristiano y preparación para la vida eterna
“Santo del Día” – 23 de octubre de 1964
A D V E R T E N C I A
Este texto es una transcripción y adaptación de conferencias del profesor Plinio Corrêa de Oliveira dirigidas a los socios y cooperadores de la TFP, sacadas de cintas grabadas. Conserva, por tanto, el estilo coloquial y hablado, sin haber sido revisado por el autor.
Si el profesor Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que fuera colocada una explícita mención a su filial disposición de rectificar cualquier eventual discrepancia en relación al Magisterio inmutable de la Iglesia. Es lo que hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan escrupuloso estado de espíritu:
“Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a las enseñanzas tradicionales de la Santa Iglesia. No obstante, si por lapso, algo en él hubiera en desacuerdo con dichas enseñanzas, desde ya y categóricamente lo rechaza”.
Las palabras “Revolución” y “Contra-Revolución” son aquí empleadas en el sentido que se les da en el libro “Revolución y Contra-Revolución”, cuya primera edición apareció publicada en el número 100 de la revista “Catolicismo”, en abril de 1959.

San Rafael Arcángel – Iglesia de los Santos Felipe y Santiago – Oxford
— San Rafael, patrón de los enfermos y viajeros; las gracias temporales
(Extracto de reunión del 23 de octubre de 1963)
San Rafael Arcángel ocupa un lugar destacado en la devoción a los Santos Ángeles, enemigos del demonio y protectores naturales de los hombres. Como uno de los siete ángeles que asisten ante el trono de Dios, presenta nuestras oraciones al Cielo y constituye un especial intercesor ante Dios y Nuestra Señora. Patrón de los viajeros y de los enfermos, nos invita a pedir la curación de nuestras dolencias sin olvidar que, si Dios permite que permanezcan, debemos procurar extraer de ellas todo el fruto espiritual posible.
Me dirán que eso no es correcto, porque se trata de una gracia temporal y no espiritual. ¡Dios me libre! de una religiosidad que solo pida gracias temporales. Pero ¡Dios me libre! de quien considere que hay una imperfección espiritual en pedir gracias temporales. También hay que pedir el pan nuestro de cada día: «Dánoslo hoy».
— San Rafael y los esplendores de la Corte celestial
Mañana [1] celebramos la fiesta de San Rafael Arcángel, uno de los siete ángeles que asisten ante Dios. Su misión es ayudar a los hombres a presentar sus oraciones a Dios.
Una de las cosas, una de las nociones que se han desvanecido en gran medida en lo que respecta al culto a los ángeles y que me parecería interesante recordar aquí, es la idea de que el Cielo constituye una verdadera corte. Antiguamente, cuando yo era niño y la «republicanización» de la religión no había llegado tan lejos, se hablaba mucho de la “corte celestial” —fray Jerónimo debe recordarlo; Dr. Paulo también—; los devocionarios hacían referencia frecuente a todos los ángeles y santos, hablaban de todos los ángeles y santos de la corte celestial.
Fra Angelico – Cristo glorificado en la corte celestial – Retablo de San Domenico, Fiesole – The National Gallery – UK
La idea de que se trataba de una corte celestial se basa, naturalmente, en la idea de que Dios está ante los ángeles y los santos, en la Iglesia gloriosa, como el rey ante su corte. Pero lo curioso es lo siguiente: que algunas cosas propias de las cortes que existen en la Tierra, por la similitud entre las cosas de la Tierra y del Cielo, acaban existiendo también en la corte celestial. Y constituye una corte en un sentido mucho más literal de la palabra de lo que podríamos imaginar.
Jerarquía y armonía: cuando el orden refleja la belleza divina
Por ejemplo, si tomamos un protocolo monárquico, de la época en que existía el protocolo de la monarquía, el protocolo no era, como imaginan los necios, incluso algunos entusiastas del protocolo, algo completamente vacío, algo completamente formal. El protocolo era la forma de regir la vida de las distintas personas al servicio del rey, de modo que todo transcurriera de manera práctica, sencilla y decorosa, facilitando en todos los aspectos la vida del rey.
Así, por ejemplo, cuando el rey llegaba para recibir los «plácets», atendía rodeado, en las grandes ocasiones, de los príncipes de la casa real, de personas de la alta nobleza y de quienes le entregaban las peticiones por escrito. El interesado se presentaba ante el rey, exponía lo que deseaba; si alguien cercano al interesado lo deseaba, podía dirigir unas palabras al rey, o algún príncipe, alguna persona de alto rango podía dirigirse al rey, y después la persona entregaba a un dignatario un rollo de papel con su petición, que el rey examinaba posteriormente. Así pues, en presencia del rey había una mesa sobre la que se iban acumulando las peticiones, que posteriormente eran tramitadas por un consejo especial.
El rey Luis XIV, sentado en su trono, recibe al embajador persa Mohammad Reza Beg en el Palacio de Versalles el 19 de febrero de 1715. El embajador persa entrega un documento al rey.
Ahí se aprecia la idea de que las órdenes del rey son objeto de distribución, de que el servicio del rey es objeto de una fragmentación y de que se llega al rey por los mismos escalones por los que se distribuyó el servicio. De modo que la corte es una especie de jerarquía: hay toda una jerarquía de funciones, una jerarquía de dignidad, una jerarquía de intercesión, que conduce al rey y que, a su vez, procede del rey y llega a los particulares. Y ese mecanismo es propio de una corte.
En la corte celestial existen las mismas cosas, en última instancia por las mismas razones. Dios, Nuestro Señor, quien, evidentemente, en el sentido absoluto de la palabra, no necesita de nadie; Dios, Nuestro Señor, sin embargo, al haber creado seres diversos, era natural que les otorgara a esos seres, junto a Él, esas diferencias. Era natural que esos seres aportaran un brillo, un esplendor y una dignidad a la morada celestial, acordes con las tareas que se les han encomendado, tareas que, a su vez, corresponden a su propia naturaleza.
Y es de acuerdo con este orden de cosas que los hombres, si fueran gobernados por los ángeles, estos serían sus intercesores ante Dios. De modo que se trata verdaderamente de una vida de corte, con un protocolo de corte, con una dignidad de corte, que sirve de modelo para todas las cortes terrenales e indica la necesidad de un protocolo, indica la necesidad de una jerarquía, indica la necesidad de una diversificación de funciones y, en definitiva, indica la necesidad de una corte.

En las fotografías —perdónenme la vulgaridad— de la época de Jango [N.C.: João Goulart, presidente fuertemente izquierdista de Brasil en los años 60] se ve exactamente lo contrario. Me horrorizaba ver aquellas fotografías de Jango apareciendo en público, arrastrando esa pierna suya, cojo en el peor sentido de la palabra, arrastrando esa pierna suya, rodeado por un montón de gente que, a veces, era incluso más canalla que él mismo. De modo que, en algunas circunstancias, desempeñaba un poco el papel de lacayo de su propia comitiva. En otras circunstancias, se mostraba como un auténtico príncipe, tal era su refinamiento frente a la turba de gentuza que reunía. Era el discurso del jefe de Estado moderno, el discurso del jefe de Estado sindicalista.
Cuando la Tierra refleja al Cielo; el carácter aristocrático de las verdaderas democracias
No es, por ejemplo, como esta reunión de aquí, en la que, para que la jerarquía estuviera completa, solo faltaba que estuviera presente fray Jerónimo Van Hinten [N.C.: sacerdote carmelita holandés muy próximo al Dr. Plinio y los suyos] sentado aquí a la mesa. Pero en un discurso la persona está aislada. El discurso sindicalista es un montón de gente detrás, veinte, treinta micrófonos, gente alrededor charlando, él interrumpe el discurso, da una orden a uno y a otro, cuenta un chiste, responde, luego vuelve a hablar de frente otra vez, se detiene, ese discurso de Fidel Castro de cinco horas en la televisión, sin parar; se detiene, bebe leche, bebe agua, canta, habla con su esposa —esposa entre comillas— y luego vuelve a empezar todo el discurso. Un caos en el que no hay orden, en el que no hay compostura, no hay dignidad, y esa falta de orden, compostura y dignidad constituye la igualdad y la democracia.
Por el contrario, tenemos en las cortes serenas, en el estilo aristocrático monárquico de cómo se desarrollan las cosas, tenemos precisamente esa especialización, esa diferenciación, esa jerarquía que asciende y desciende y que es la propia imagen del Cielo.
Así comprenderán mejor ustedes aquella afirmación de Pío XII de que incluso en las democracias —siempre que sean verdaderamente cristianas y, por tanto, siempre que no sean democráticas sino en el sentido cristiano de la palabra—, en las democracias, incluso en ellas, en las democracias verdaderamente cristianas, es indispensable que las instituciones tengan un alto carácter aristocrático.
Y la fiesta de San Rafael nos lleva precisamente a esa idea. Estamos ante un intercesor celestial, un intercesor de gran rango, un intercesor que, según lo que yo sé, es patrón especial de los enfermos y que lleva nuestras oraciones a Dios, pues es uno de los espíritus que más cerca están de Dios y que, por lo tanto, en esas condiciones, se encuentra más cerca para interceder ante Dios por nosotros, [espíritus] que son el canal natural de las gracias que deseamos.
Aprender a desear el Cielo
Esta reflexión nos lleva, pues, a la idea de que debemos reforzar cada vez más en nosotros el deseo de que las realidades terrenales sean semejantes a las celestiales. Porque solo en la medida en que amemos las realidades terrenales parecidas al Cielo preparamos nuestra alma para el Cielo. Y, si al morir no sentimos apetito por las realidades terrenas semejantes a las celestiales, tampoco sentiremos apetito por el Cielo. De modo que hay algo en ese espíritu —espíritu de jerarquía, espíritu de distinción, espíritu de nobleza, de elevación—; hay algo de esa jerarquía que constituye nuestra verdadera preparación para el Cielo.
Esa preparación para el Cielo nos resulta tanto más deseable cuanto [más] nos vamos hundiendo en un mundo de horror. Nos vamos hundiendo en un mundo en el que, cada vez más, todas las apariencias con las que entramos en contacto son ‘rinocerontescas’, monstruosas, caóticas, desorganizadas. Y es una necesidad del espíritu humano, para no hundirse en la desesperación, que pueda posar su mirada agotada y dolorida en algo que vaya bien y que funcione bien. No es propio del hombre vivir en un “mare magnum” de cosas que se hunden, que caen, que se deterioran. En algún lugar tiene que depositar su alegría, tiene que depositar su esperanza.
Pero todo lo que es digno está desapareciendo de tal manera en la Tierra que, o bien vamos dirigiendo cada vez más nuestro deseo y nuestra esperanza hacia el Cielo, o bien ya no tendremos las condiciones psíquicas necesarias para sobrevivir en la Tierra.
Por eso, me gustaría recordarles, a la vista de estas circunstancias, en definitiva, una pequeña comparación antropomórfica de San Rafael. Ya les había dicho aquí que se podría saber algo sobre la mentalidad de San Miguel —si es que se puede decir eso de un ángel—visitando la Abadía de San Miguel, en Francia, y les expliqué las razones.
En cuanto a San Rafael, ¿qué podríamos pensar? Imaginen lo siguiente: una santa —no recuerdo ya cual— tuvo una revelación en la que vio a su propio ángel de la guarda. Era un ser de una naturaleza tan elevada, tan noble y sublime, que ella se arrodilló ante él y pensó que era Dios mismo. Y él tuvo entonces que explicarle que era un ángel de la guarda. Y sabemos que los ángeles de la guarda pertenecen a la jerarquía menos elevada que existe en el Cielo. En comparación con eso, ¿qué podemos imaginar de un ángel como San Rafael, de las jerarquías más elevadas? Evidentemente, algo inimaginable para nosotros.
Pero para no quedarnos en la concepción de un puro espíritu, para darle a esto un matiz un poco antropomórfico que nos permita saborear mejor esa imagen, podríamos imaginar, por ejemplo, a San Rafael tratando con Nuestra Señora y dirigiéndose a Nuestra Señora en el Cielo, pensando en San Luis, rey de Francia, hablando con Blanca de Castilla.

Es bien sabido que era un hombre de gran estatura, de gran belleza, muy imponente, de tal manera que, al mismo tiempo, atraía, infundía un profundo respeto y despertaba, suscitaba un gran amor; que tenía todo el carácter de un guerrero, era temible en el combate, y que era el rey más pomposo y digno de su época. Podemos [imaginar] a este rey, en quien se traslucían todas las glorias de la santidad y, sobre todo —era un hijo muy cariñoso—, en los esplendores de la corte de Francia, dirigiéndose a Blanca de Castilla y hablándole. Cuánta distinción, cuánto respeto, cuánta elevación, cuánta sublimidad habría en esta escena.
Esta escena —un rey como San Luis era una especie de ángel en la Tierra— nos daría una idea de cómo sería San Rafael dirigiéndose a Nuestra Señora; de cómo sería San Rafael como una especie de San Luis celestial. Un príncipe celestial, con la única diferencia de que San Luis era rey y San Rafael no lo es, y Nuestra Señora es reina con un título mucho más elevado que el de Blanca de Castilla.
San Rafael y la nostalgia de la patria celestial
Así pues, mediante esta transposición, podemos hacernos una idea, a nuestra manera humana, de la alegría que nos inundará en el Cielo cuando podamos contemplar a un arcángel como San Rafael. Todo lo que veremos de Dios al contemplar a San Rafael. Pidámosle que nos conceda esa contemplación, pero pidámosle también que algo de esas ideas penetre en nosotros en esta vida y que la consideración de ese orden ideal y realmente existente, la consideración de ese orden nos reconforte con la esperanza del Cielo y del reinado de María, disipando toda la creciente tristeza de estos días en los que los acontecimientos previstos por Nuestra Señora en Fátima se acercan tan rápidamente a nosotros.
NOTAS
- En el calendario litúrgico vigente en las fechas de estas reuniones, San Rafael tenía su propia festividad el 24 de octubre. Tras la reforma del Calendario Romano General impulsada por el papa Pablo VI en 1969, la Iglesia pasó a celebrar la festividad de San Rafael Arcángel el 29 de septiembre, junto con la festividad de los santos Arcángeles Miguel y Gabriel. En el calendario litúrgico vigente en las fechas de estas reuniones, San Rafael tenía su propia festividad el 24 de octubre. Tras la reforma del Calendario Romano General impulsada por el papa Pablo VI en 1969, la Iglesia pasó a celebrar la festividad de San Rafael Arcángel el 29 de septiembre, junto con la festividad de los santos Arcángeles Miguel y Gabriel. ↩ Volver al texto

