San Pedro de Alcántara nos enseña que el sufrimiento aceptado por amor a Dios engendra serenidad, fortaleza y grandeza de alma, y alcanza su expresión más elevada en el espíritu de lucha intrépida contra el mal.
“Santo del Día” – 19 de octubre de 1964
A D V E R T E N C I A
Este texto es transcripción de cinta grabada con la conferencia del profesor Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a los socios y cooperadores de la TFP. Conserva, por tanto, el estilo coloquial y hablado, sin haber pasado por ninguna revisión del autor.
Si el profesor Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que fuera colocada una explícita mención a su filial disposición de rectificar cualquier eventual discrepancia en relación al Magisterio inmutable de la Iglesia. Es lo que hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan escrupuloso estado de espíritu:
“Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a las enseñanzas tradicionales de la Santa Iglesia. No obstante, si por lapso, algo en él hubiera en desacuerdo con dichas enseñanzas, desde ya y categóricamente lo rechaza”.
Las palabras “Revolución” y “Contra-Revolución”, son aquí empleadas en el sentido que se les da en el libro “Revolución y Contra-Revolución”, cuya primera edición apareció publicada en el número 100 de la revista “Catolicismo”, en abril de 1959.
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Apuntes biográficos
Extraídos del “Legionário”, 15 de octubre de 1939, n.º 370, pág. 4: San Pedro de Alcántara, declarado por la Santa Sede, junto con Nuestra Señora de Aparecida, patrón especial de Brasil.
«Los que son de Cristo han crucificado su propia carne, con sus vicios y concupiscencias».
Estas palabras de San Pablo encontraron una admirable aplicación en San Pedro de Alcántara.San Pedro de Alcántara (1499-1562) fue un religioso franciscano español que se distinguió desde niño por su humildad, piedad y espíritu de penitencia. Renunció a las aspiraciones de su padre para ingresar en la Orden franciscana a los dieciséis años y progresó tan rápidamente en la virtud que, a los veinte, fue nombrado superior. Sobresalió como predicador y director espiritual, y practicó una austeridad extraordinaria, convencido de que los sufrimientos aceptados en esta vida preparan el descanso eterno.
Tras renunciar al cargo de provincial, impulsó una rigurosa reforma franciscana que se extendió rápidamente, llegando a contar con trescientos conventos. Mediante la pobreza y la penitencia, contribuyó a fortalecer la Iglesia frente a las herejías de su tiempo. También orientó espiritualmente a grandes santos, entre ellos Santa Teresa de Jesús, quien reconoció el mérito de la penitencia en la gloria celestial alcanzada por el santo. Canonizado por Clemente IX, San Pedro de Alcántara continúa siendo objeto de veneración y peregrinación, y sus numerosos milagros testimonian, según el texto, la permanente misericordia de Dios y la fuerza perdurable de la santidad.
Comentarios del profesor Plinio Corrêa de Oliveira
Hoy comentamos un [santo] del que no pudimos hablar ayer porque era domingo y no celebramos nuestra reunión. Y es un santo de gran relevancia —máxima en el día en que D. Pedro [Dom Pedro Henrique de Orléans y Bragança (1909-1981), padre de Dom Bertrand de Orléans de Bragança] se encuentra aquí entre nosotros—, porque hoy es la fiesta de San Pedro de Alcántara, confesor, [patrono] de Brasil, franciscano, del siglo XVI. Patrono de la Familia Imperial de Brasil; no sé si también de la Casa de Braganza en Portugal, pero, al menos en Brasil, San Pedro de Alcántara puede considerarse también patrón de la Casa Imperial de Brasil [1].
(Aparte: alguien informa que ya no era más patrón del Brasil – ver nota)
¡Ah!. ¿Ya no es el patrón de Brasil?
Es una segunda Proclamación de la República, ahora en el Cielo. Se llevaron a los «Pedros» de la Tierra [N.C.: referencia a D. Pedro I y D. Pedro II, emperadores de Brasil] y ahora se han llevado a Pedro del Cielo. ¡Y luego ponen así, encima, una especie de lámpara de mesa llamada colegialidad! Que no apaga, pero sí amortigua.
En cualquier caso, merece la pena que hagamos un comentario sobre San Pedro de Alcántara, del que, por desgracia, sé muy poco.
Ya les he dicho que estos comentarios que hago por la noche son muy improvisados porque no tengo la formación hagiográfica necesaria para ofrecer un comentario exhaustivo sobre la vida de cada santo del que se habla aquí. Y menos aún tengo tiempo para estudiar una pequeña hagiografía que ofrecer por la noche. Sería una maravilla, serían unos fioretti; al oyente «herejía blanca» [N.C.: Expresión utilizada por el Prof. Plinio en el sentido de una actitud sentimental que se manifiesta sobre todo en cierto tipo de piedad edulcorada y una posición doctrinal relativista que busca justificarse bajo el pretexto de una pretendida ‘caridad’ hacia el prójimo], sobre todo, le gustaría mucho. Yo, así, a las seis, seis y media, paseando plácidamente bajo estos árboles, leyendo la vida de un santo; de vez en cuando, deteniéndome; ¡oh!….. Por la noche, un comentario totalmente informativo, documentado y edulcorado.
Infelizmente, las circunstancias no me permiten hacer esto. Si me permitieran, ¡no lo haría! Pero no me permiten hacerlo. Y tengo que recoger retazos que me llegan de aquí y de allá, y utilizarlos para hacer algún comentario.
Los retazos de hoy me los ha proporcionado la erudición del doctor Paulo Barros de Ulhôa Cintra, durante la cena. No tenía segundas intenciones cuando hablamos de San Pedro de Alcántara, pero, al fin y al cabo, me enteré de algunas cosas sobre él.
* La elevada práctica de las virtudes en algunos santos es ejemplo y apoyo para los fieles comunes, que deben admirarlas, aunque no siempre imitarlas

Me enteré, en lo que a él respecta, de que era un santo sumamente penitente; que es la propia personificación de la penitencia en la Iglesia Católica y en el siglo XVI; que ayudó mucho a Santa Teresa de Jesús en las fundaciones de los conventos Carmelitas y en su dirección espiritual. Y luego hay un episodio muy pintoresco que me ha llegado a la mente entre los restos de recuerdos de una vida de Santa Teresa que he leído, sobre el encuentro entre él y ella [2]. En relación con estos tres datos, creo que cabe hacer algún comentario.
En primer lugar, sobre el carácter penitente de San Pedro de Alcántara. El otro día hablé sobre el papel de las órdenes contemplativas en la Iglesia. Y señalé que, aunque en la Iglesia no todos deban ser contemplativos, para que todos los que viven en el mundo tengan también la medida de contemplación necesaria, es preciso que haya algunas órdenes que lleven el espíritu de la contemplación tan lejos como sea posible. Estas órdenes aportan una especie de sustento, esa nota contemplativa que debe caber en la vida cotidiana de todos los hombres, en la vida corriente de todos aquellos que realmente desean santificarse.
Lo mismo puede decirse de la penitencia. No es posible que todos los hombres practiquen la penitencia que practican los grandes penitentes. Ni siquiera sería deseable. Si todos quisieran practicar esa penitencia de esa forma, la Iglesia pondría freno a ello. Y es muy significativo que el propio San Francisco de Asís fundara órdenes terceras para poner freno a la generalización del deseo que tenían las personas, en el siglo XIII, de ingresar en la orden franciscana. Eran tantos los que querían ser franciscanos que el siglo corría el riesgo de quedar abandonado. Y así, para que el espíritu franciscano pudiera florecer en el siglo, fundó la orden tercera, que sirvió de modelo para la posterior fundación de otras órdenes terceras en otras familias religiosas.
* San Pedro de Alcántara: una columna de la Iglesia en tiempos de orgullo y sensualidad
Lo que se dice, por tanto, de la oración, se puede decir también de la penitencia. Debe haber una cierta medida de penitencia en esta vida, en la vida cotidiana, tanto del hombre común que desea seriamente santificarse como de los grandes santos penitentes. Los grandes santos que sufren son precisamente aquellos que mantienen —mediante el ejemplo y el resplandor de la penitencia— en los demás el espíritu de penitencia necesario. Y, en ese sentido, son entonces pilares de la Iglesia. Porque conservan —como una sal que evita la podredumbre—, en la sociedad civil, en las demás órdenes religiosas no consagradas especialmente a la penitencia, en el clero secular y en los escalones más altos de la jerarquía eclesiástica, el espíritu de penitencia. Y esto lo hizo San Pedro de Alcántara en una época en la que el espíritu de penitencia era aborrecido. En una época en la que el Renacimiento se estaba apoderando del mundo. Y en la que, precisamente en virtud de esa explosión de orgullo y sensualidad de la que hablamos en R-CR [N.C.: Revolución y Contra-Revolución], existía una tendencia universal a transformar la vida en una larga serie de placeres, a hacer de la vida un placer ininterrumpido.
* Dos formas de penitencia: aceptar la cruz y abrazar la cruz
Podríamos hacer una digresión, que iría mucho más allá de los límites de esta nuestra conversación, sobre la penitencia en la vida cotidiana. ¿Qué entendemos aquí por penitencia? Entendemos, ante todo, por penitencia aquella que Dios nos impone y de la que no podemos huir. Es decir, las enfermedades, las desgracias, los desastres, las humillaciones a las que nos someten los demás; los malentendidos; todas esas cosas son penitencias. Porque nos hacen sufrir. Y Dios las manda. Y no podemos escapar de ellas.
Además, existen las penitencias voluntarias, que nos imponemos a nosotros mismos por amor a Dios. La letanía de la humildad, del cardenal Merry del Val sugiere implícitamente muchas penitencias de este tipo. «Que los otros sean estimados más que yo, Jesús, dadme la gracia de desearlo»; es decir, yo, al tener la oportunidad de ser honrado, si no hay gloria especial para Dios en que yo sea honrado, hago una hermosa penitencia borrándome a mí mismo y permitiendo que los demás sean honrados para, de esta manera, sufrir; de esta manera, desprenderme de algo; de esta manera, dar gloria a Dios Nuestro Señor.
* El secreto de las almas felices: aceptar la cruz y abrazar el sacrificio
Estas dos formas de penitencia —y es una de esas cosas paradójicas de la Iglesia— contienen en sí mismas el cumplimiento de la promesa de Nuestro Señor: a quien dejara en la Tierra todo por amor a Él, Él le daría el céntuplo en esta Tierra y luego le daría la vida eterna.
Prestad mucha atención, y tomad nota de lo siguiente: hay una categoría de almas en la Tierra que son almas felices. Y hay otra categoría de almas en la Tierra que son almas infelices.
Es feliz, alegre y está llena de buen humor aquella alma que comprende el papel del sufrimiento en la vida y que entiende que es natural sufrir. Cuando le sobreviene un sufrimiento, no lo toma como si fuera algo del otro mundo, no se rebela, no se asusta, sino que comprende que es propio de nuestra condición humana sufrir. Y que sería algo sin precedentes, inexplicable, que no sufriéramos y que no sufriéramos con frecuencia por muchas cosas. Cuando un alma así recibe un sufrimiento, sufre de verdad. Pero sufre sin fingir, no se pone a quejarse. Sufre, considerándolo algo natural. Sufre, comprendiendo que la razón de ser del hombre en esta Tierra es dar gloria a Dios, y que no se da gloria a Dios sin sufrimientos. Y que, por ello, es normal que suframos y que podamos soportar el sufrimiento.
Si mantenemos la firmeza y la determinación, el sufrimiento recae sobre nosotros, pero lo soportamos como Nuestro Señor Jesucristo soportó su Cruz, precisamente de la misma manera. A veces, cayendo incluso, bajo el peso de la cruz, pero sin desesperarse nunca, sin intentar abandonar la cruz nunca, sin pensar nunca que nos está pasando algo terrible, sino comprendiendo que aquello tiene sentido, que tiene una razón de ser; levantándonos de nuevo y llevando la cruz hacia adelante.
Estas almas son, ante todo, almas dotadas, ya sea de forma innata o por la fuerza que se han impuesto a sí mismas, de buen carácter. Cuando alguien les hace algo, están dispuestas a perdonar; cuando alguien les ordena algo, están dispuestas a obedecer; cuando alguien se olvida de ellas, están dispuestas a no darle importancia. Son almas que distan mucho de ser insensibles, pero tienen esta particularidad: son sensibles al bien que se les hace; no son sensibles al mal que se les hace.
Ustedes dirán entonces: «¿No son almas “herejía blanca”»? ¡Nunca! ¡Jamás! Porque, si hay algo que caracteriza a la «herejía blanca», es ser sensible consigo mismo.
* Olvidarse de sí mismo para defender lo que es absoluto
Esas, son las almas que salen en defensa de la causa de la Iglesia cuando se le ataca los principios. Porque quien se olvida de sí mismo de tal manera, ese puede amar los principios. Esas son, por tanto, las almas doctrinales; son las almas que saben lo que es la búsqueda de lo absoluto. Son las almas que saben que, en la vida, lo único que vale la pena es defender aquello que es, al fin y al cabo, la imagen de Dios en la Tierra y, por eso, por encima de todo, la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, que resume en sí misma todos esos valores.
* La ilusión de una vida sin contrariedades: la raíz de la infelicidad
Por el contrario, tomemos como ejemplo un alma que no haya sido capaz de comprender que el sufrimiento es la ley de la vida. Esa alma vive sufriendo. Porque cada cosa que le ocurre le parece un problema insuperable.
Sale a la calle, por ejemplo, y tropieza: se queja del pavimento. Coge un taxi, y el taxista no entiende el camino: le parece un problema insuperable tener que explicarle al conductor cómo es. Queda con un amigo y el amigo le hace una faena; —no hay ningún amigo que nunca me haya hecho una faena. No sé si alguien aquí se considera libre de esa culpa y tenga la amabilidad de levantar el brazo, para que yo le diga qué falta ha cometido. Fíjense en que yo no he levantado el brazo…
Pues bien, digo que ahí hay un sinfín de contratiempos y molestias. Y eso se prolonga hasta la noche. Y es [en] todo. Le preguntamos a una persona así —la persona ha dado un paseo— le preguntamos: «¿Ha estado bien el paseo?». «—Ah, ha estado bien… se ha dado un paseo».
Hace poco, me pasó esto con una persona conocida. Esa persona hizo un viaje planeado que se suponía que le proporcionaría todo el placer esperado. Cuando ocurre esto —sé que incluso eso sucede a veces—, todavía no he visto a nadie sacar partido de esos planes. La persona volvió: «¿Qué tal el viaje?». «Estuvo bien». Pero «estuvo bien», como si quisiera decir: «seguramente no fue estupenda». Lo normal sería que fuera estupenda. Uno le pregunta: «¿Te gustó?»: «Más o menos. Ya sabes cómo es, ¿no?». «Esa gente con la que salimos, etc., etc., siempre es gente con una conversación un poco aburrida. A ciertas horas del día no podíamos evitar sentir un poco de hastío».
¡Y esa persona lo tenía todo! Una casa que es un palacio, con comida que es un banquete, todas las condiciones para llevar una vida ideal; como, a ciertas horas del día, no podía evitar sentir algo de hastío, eso ya es algo que empañó el viaje. Bueno. Hay otras tres o cuatro tonterías de este tipo: «Ah, el paseo…». Al fin y al cabo: un poco frustrante.
Ahora bien. ¿Por qué? Porque la persona se imagina lo siguiente: «Lo normal —lo banal; ¡tal sería que no fuera así! — es que todo me salga perfecto. Esto no es lo óptimo, no; esto es lo banal. Es lo mínimo que la vida me debe. Que algo haya salido mal es un contratiempo. ¿Cómo es posible que me pase esto?!… ¡No lo entiendo!… ¡No puedo aceptarlo!… ¡Me rebelo! ¡Estoy harto de esto!»
No es lo mismo que ser gruñón. Hay ciertas personas que son gruñonas, pero se trata de un gruñido superficial, que no llega al fondo.
Pero hay una forma de quejarse sin parecer gruñón. Y, a veces, son personas con cara muy alegre. Uno le dice: «¿Qué tal? ¡Buenos días! ¡Hasta luego!». Encantadoras. Pero luego vemos que, por dentro, es un tormento continuo. ¿Qué es lo que le pasa? Es porque, al que esta anidado en esta base, vive en un pánico constante de que ocurra algo que le cause sufrimiento y, por otro lado, a medida que eso va sucediendo se siente más o menos como alguien que tiene, a todo momento, un mosquito posándosele encima. Cuando no es un mosquito, es una piedra, y cuando no es una piedra, es un disparo… Así que la persona se ve a sí misma como una especie de blanco al que disparan, con los mil sufrimientos que le van sucediendo. ¿El resultado? Es la peor vida posible.
¿De dónde viene esto?
Las primeras almas son aquellas que tienen un espíritu de mortificación. Son las almas que comprenden que es natural sufrir y están acostumbradas al sufrimiento como si fuera su propio entorno. Y consideran que todos los sufrimientos que les llegan son algo natural. Pueden incluso gemir, pueden incluso pedirle a Dios que aleje el sufrimiento, pero considerándolo natural. Son almas abiertas a ello.
Las otras almas son aquellas que no quieren el sufrimiento. Estas son las que sufren. Las primeras reciben el ciento por uno en esta vida y aún más que eso.
Conozco a otra persona que es exactamente así. A lo largo de su vida, ha tenido muchos sufrimientos. Pero lo que más respeto merece en esta persona es una disposición de su alma en la que se ve que ya ha asumido, de una vez por todas, no solo los sufrimientos que ya le han ocurrido, sino todos los sufrimientos que puedan llegar a ocurrirle. De modo que tiene el alma preparada para ello. Pero preparada con flexibilidad, preparada con dulzura, preparada con naturalidad, preparada con elevación, preparada con serenidad.
* El espíritu de mortificación: da disposición de las almas verdaderamente fuertes
Este es, en verdad, el papel del sufrimiento. Es decir: dar esta alegría, esta serenidad, esta noble tristeza del alma que los antiguos llamaban consuelo. Es una persona triste, pero consolada. ¡Cuánto más feliz que esa pandilla de locos y de depravados de hoy en día que viven huyendo del sufrimiento y no conocen nada!
Por eso —¡fíjense bien! — los pueblos donde más se busca el placer y más se huye del sufrimiento son los pueblos donde hay un mayor número de psicosis. Los pueblos donde hay menos búsqueda del placer y más resignación ante el sufrimiento son los pueblos donde existe más fuerza, más consuelo: España, por ejemplo. Aquí tienen ustedes claramente las dos cosas diferentes.
* San Pedro de Alcántara: alcanzadnos el espíritu del verdadero heroísmo
¿Conclusión?
San Pedro de Alcántara y los demás santos penitentes nos dan ejemplos que debemos admirar. Pero, fíjense bien, —la palabra «admirar» resulta un poco banal—: admirar hasta el último extremo de la admiración; sentir veneración, pero de esa veneración que atraviesa el alma de parte a parte por aquellos que sufren; por aquellos que sufren con grandeza, sufren con plenitud, sufren con entusiasmo.
Y una última reflexión.
De todas las formas de sufrimiento, una de las más profundas y una de las más importantes es que soportemos la lucha contra el mal. Y no solo soportarla, sino tener espíritu de ataque, de intrepidez y de iniciativa en la lucha contra el mal; el espíritu militante de un San Miguel Arcángel, con la espada en la mano, dispuesto a abalanzarse sobre todos los adversarios, a ser el primero en todas las batallas, a decir «no» a todos los adversarios, a asumir todas las tareas y todas las luchas. Ese espíritu de heroísmo e intrepidez en la lucha es la punta más aguda del espíritu del sufrimiento.
Y, al pedir el espíritu del sufrimiento, es sobre todo ese espíritu el que debemos pedir. Y que, pues, le pidamos a San Pedro de Alcántara que nos lo conceda esta noche.
NOTAS
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San Pedro de Alcántara fue confirmado como patrón principal del Imperio de Brasil el 31 de mayo de 1826 por el papa León XII, a petición de D. Pedro I.Con la proclamación de la República, desapareció el Imperio al que el título estaba vinculado originalmente, pero no hay registros de que la Santa Sede haya revocado formalmente el título de San Pedro de Alcántara. El santo cayó gradualmente en el olvido como patrón nacional, pero su devoción continuó. Los franciscanos señalan que todavía se le identificaba como patrón de Brasil en un misal de 1942.¿Y qué hay de la familia imperial? San Pedro de Alcántara siguió siendo el santo de devoción de la familia imperial brasileña. En la actualidad, representantes de la familia imperial y organizaciones monárquicas siguen identificándolo como su patrón [↩Retornar].
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Una bella narración de ese primer encuentro entre los dos santos puede ser leída aquí.[↩Retornar].