San Miguel Arcángel: escudo y espada de la Iglesia contra el demonio; modelo del caballero cristiano

San Miguel Arcángel, jefe de los ejércitos celestiales, escudo y espada de la Iglesia contra el demonio, modelo del caballero perfecto y mediador de la oración litúrgica. Una reflexión sobre su misión de combate y sobre la contemplación celestial que debe despertar en las almas el deseo del Cielo.

“Santo del Día” – 28 de septiembre de 1966


A D V E R T E N C I A

Este texto es transcripción de cinta grabada con la conferencia del profesor Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a los socios y cooperadores de la TFP. Conserva, por tanto, el estilo coloquial y hablado, sin haber pasado por ninguna revisión del autor.

Si el profesor Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que fuera colocada una explícita mención a su filial disposición de rectificar cualquier eventual discrepancia en relación al Magisterio inmutable de la Iglesia. Es lo que hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan escrupuloso estado de espíritu:

“Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a las enseñanzas tradicionales de la Santa Iglesia. No obstante, si por lapso, algo en él hubiera en desacuerdo con dichas enseñanzas, desde ya y categóricamente lo rechaza”.

Las palabras “Revolución” y “Contra-Revolución”, son aquí empleadas en el sentido que se les da en el libro “Revolución y Contra-Revolución”, cuya primera edición apareció publicada en el número 100 de la revista “Catolicismo”, en abril de 1959.


DAVID, Gerard – Retablo de San Miguel – c. 1510 – Museu de História Pública – Viena

Mañana celebraremos la fiesta de San Miguel [N.C.: en el calendario actual, fiesta de San Miguel, San Gabriel, San Rafael].

Sobre él tenemos estas notas:

“… que San Miguel, Príncipe de la milicia celestial, en la batalla que tuvo lugar en el Cielo, combatió a los ángeles rebeldes. Le corresponde continuar esa lucha para liberarnos del demonio. De él dependen los ángeles de la guarda. Es el ángel protector de la Iglesia y el que presenta al Padre Eterno la oblación eucarística.”

San Miguel, escudo y espada contra el demonio

Quiero llamar la atención sobre este hecho: que San Miguel es, pues, el jefe, el que luchó contra el demonio y lo precipitó al infierno. Es el jefe de los ángeles de la guarda de las personas y también el jefe de los ángeles de la guarda de las instituciones. Y es él mismo el ángel de la guarda de la institución de las instituciones, que es la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana.

Tiene, por tanto, una función tutelar, respecto a la cual nos preguntamos qué relación existe entre su actitud —o su misión de arrojar al infierno a quienes se levantaban contra Dios Nuestro Señor—, por un lado, y la protección que dispensa a la Iglesia y a los hombres en este valle de lágrimas y en esta arena, que es la vida, por otro.

Y vemos que estas dos misiones están entrelazadas. Él defendió a Dios, y Dios quiso valerse de él como de su escudo contra el demonio. Dios quiere que él sea el escudo de los hombres contra el demonio; Dios quiere que él sea el escudo de la Santa Iglesia Católica contra el demonio. Pero un escudo que no es meramente un escudo: es también una espada. No se limita a defender, sino que derrota, precipita al infierno.

Y esa es, por tanto, la doble misión de San Miguel. Por eso, en la Edad Media, los caballeros consideraban a San Miguel el primero de los caballeros; el caballero celestial, leal como debe serlo un caballero, fuerte como debe serlo idealmente un caballero, puro como un ángel y como debe serlo un caballero, y victorioso como debe serlo un caballero, que pone toda su confianza en Dios y, tras el nacimiento de Nuestra Señora, pone también toda su confianza en Nuestra Señora.

El Caballero Celestial y la gran batalla de la Iglesia

Es, por tanto, esta admirable figura de San Miguel la que, vista así, debemos considerar como la figura de nuestro aliado natural en las luchas, porque el «Catolicismo», la TFP, nuestro Grupo no quiere ser otra cosa que un grupo de hombres que llevan a cabo, a nivel humano, la tarea de San Miguel Arcángel. Es decir, defender el honor de Dios, defender la gloria de Nuestra Señora, defender la Iglesia Católica, defender la civilización cristiana, pero defenderlas en la lucha, en una contraofensiva, de manera que se derrote al imperio del demonio y se establezca en esta tierra el Reino de María. Vemos, por tanto, que existe una enorme afinidad y que aciertan plenamente aquellos de entre nosotros que deseen elegir a San Miguel Arcángel como su patrón especial.

San Miguel, mediador de la oración litúrgica y adorador de la Majestad divina

También hay una nota de D. Guéranger [GUÉRANGER, OSB, Prosper. El Año Litúrgico. El Tiempo después de Pentecostés. Segunda Parte. Burgos: Aldecoa, 1956, t V, p.490.] sobre la devoción contemplativa de los ángeles:

«De manera que la Iglesia considera a San Miguel como el mediador de su oración litúrgica: está entre Dios y los hombres. Dios, que distribuyó con un orden admirable las jerarquías invisibles, emplea por opulencia en la alabanza de su gloria el ministerio de estos espíritus celestes, que están mirando continuamente la cara adorable del Padre y que saben, mejor que los hombres, adorar y contemplar la belleza de sus perfecciones infinitas».

Ahí es donde se dice que es él quien presenta al Padre Eterno la ofrenda eucarística. Y así fue como se apareció también en Fátima, ante los pequeños pastores, con el cáliz en la mano.

« Mi-kha-El: “¿Quién como Dios?” Expresa este nombre por sí solo, en su brevedad, la más completa alabanza, la adoración más perfecta, el agradecimiento más acabado de la superioridad divina, y la confesión más humilde de la nada de la criatura».

Porque quien exclama que nadie es como Dios, exclama que no es nada, y esa es la humildad perfecta. La forma de humildad propia del caballero no es la “herejía blanca” [N.C.: “Herejía Blanca”— Expresión utilizada por el Prof. Plinio en el sentido de una actitud sentimental que se manifiesta sobre todo en cierto tipo de piedad edulcorada y una posición doctrinal relativista que busca justificarse bajo el pretexto de una pretendida ‘caridad’ hacia el próximo] : «Ah, tú que eres más que yo». No es eso, no. Dios lo es todo y nadie es nada. Ahora, partiendo de ahí, hablemos. Eso sí.

«La Iglesia de la tierra invita también a los espíritus celestiales a bendecir al Señor, a cantarle, a alabarle, y a ensalzarle sin cesar. Esta vocación contemplativa de los ángeles es el modelo de la nuestra, como nos lo recuerda un bellísimo prefacio del sacramentario de San León: “Es verdaderamente digno… darte gracias, a ti, que nos enseñas por tu Apóstol que nuestra vida es trasladada al cielo; que con amor nos ordenas transportarnos en espíritu allá donde sirven los que nosotros veneramos, y dirigirnos a las cumbres que en la fiesta del bienaventurado Arcángel Miguel».

De los esplendores del cielo al deseo de las cosas celestiales

En realidad, aquí hay un rasgo de la devoción a los ángeles que hay que destacar especialmente. Los ángeles son habitantes de la Corte celestial. Y en la Corte celestial viven en una contemplación eterna, en la contemplación de quienes ven a Dios cara a cara, y las visiones de todos los grandes místicos nos hablan de las fiestas que hay en el Cielo; y que son verdaderas fiestas. No son imágenes ni quimeras, sino auténticas fiestas en las que Dios va manifestando sucesivamente sus grandezas y ellos aclaman con nuevos triunfos, que no terminan nunca jamás.

Y hay una felicidad celestial, hay una sensación de que el Cielo es la patria de nuestra alma y es, propiamente, el orden de las cosas para el que fuimos creados, que corresponde plenamente a todas nuestras aspiraciones; hay una sensación de felicidad celestial por la contemplación cara a cara de Dios, que es la perfección absoluta de todas las cosas, hay algo de eso que debe y puede pasar a la tierra. Y en las épocas de verdadera fe se filtra algo de esa felicidad; algo de esa piedad es sentido por las almas piadosas y se transmite después a través de las almas piadosas, sobre todo las más piadosas, como un tesoro común para toda la Iglesia.

Y eso es lo que tanto falta hoy en día, de tal manera que no se tiene la idea de una felicidad celestial y, sin la idea de una felicidad celestial, no se tiene anhelo del cielo; y la gente se revuelca en el puro afán por los bienes de la tierra. Pero si pudieran comprender por un instante qué es un consuelo del Espíritu Santo, qué es una gracia del Espíritu Santo, qué es ese tipo de felicidad que comunica la contemplación de los bienes celestiales, si pudieran comprender eso aunque fuera por un instante, entonces comenzaría el desapego de los bienes terrenales; entonces se empezaría a comprender cómo todo es transitorio, cómo todo eso no es nada, cómo hay valores que están por encima de ello y que convierten la tierra en un poco de polvo.

Pero eso es precisamente lo que falta y lo que los santos ángeles pueden procurarnos, ellos que están inundados de esa felicidad y que, de vez en cuando, se comunican de esa forma a los santos. Hay una forma de fenómeno místico que es un concierto —Santa Teresita lo experimentó, incluso lo menciona en «Historia de un alma»—: un concierto muy lejano, de una armonía maravillosa y sobrenatural. Y es un poco del canto eterno de los ángeles lo que llega de esta forma a los oídos de los bienaventurados, para despertar en ellos precisamente el anhelo por las cosas del Cielo.

En nuestra época, esa pasión brilla por su ausencia. La gente solo se interesa y se entusiasma por las cosas terrenales: se entusiasma por el dinero, por la política, por la mundanalidad, por las trivialidades de las noticias de cada día, pero no se entusiasma por las cosas elevadas, por las cosas doctrinales y, menos aún, por las cosas específicamente celestiales.

Por eso, pedir a los ángeles que nos transmitan el anhelo de las cosas celestiales de las que ellos están colmados es una excelente intención que añadir, en la fiesta de mañana, a la gran petición de todas las peticiones, que es la de que San Miguel Arcángel nos convierta en imitadores suyos, en perfectos caballeros de Nuestra Señora en esta tierra.

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