San Juan Bautista (29/08): patrono de los inconformes y modelo para la lucha entre la luz y las tinieblas

Decidió entregarse por completo a la lucha contra el mal hasta el final de su vida, durara lo que durara.

“Santo del Día” – 28 de agosto de 1969


A D V E R T E N C I A

El presente texto es una adaptación de la transcripción de la grabación de una conferencia del profesor Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a los socios y colaboradores de la TFP, por lo que conserva el estilo verbal, y no ha sido revisado por el autor.

Si el profesor Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia con respecto al Magisterio tradicional de la Iglesia. Esto es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a ese estado de ánimo tan hermoso y constante:

«Como católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con fervor filial a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Si, sin embargo, por descuido, hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».

Los términos «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el profesor Plínio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.


Preámbulo: San Agustín: el arquitecto del combate entre las dos ciudades

El día 28 es la fiesta de San Agustín, obispo, confesor y doctor de la Iglesia, autor de La Ciudad de Dios, en la que convierte la lucha entre los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas en el eje de la Historia y sienta las bases de los conceptos de cristiandad y civilización cristiana. Destacamos estos aspectos dentro de la gran obra de San Agustín, porque precisamente esa lucha entre los hijos de la luz y los hijos de las tinieblas se encuentra en el eje de las concepciones históricas de San Luis Grignion de Montfort, cuando comenta magníficamente el «Inimicitias ponam» y la lucha que habría hasta el fin del mundo entre los hijos de Nuestra Señora y los hijos de la Serpiente.

Y además se sitúa también en el eje de las concepciones de todos aquellos que han abordado, en términos católicos, el problema judaico-masónico (N.C.: sobre este asunto, ver “La Iglesia y el judaísmo”), así como en gran medida en el eje de “Revolución y Contra-Revolución” y de toda la doctrina de nuestro movimiento. De modo que la contribución que San Agustín aportó al esclarecimiento de estas ideas —las ideas de civilización cristiana y de cultura cristiana—, que están vinculadas a la concepción de un Estado —ciudad es una forma de decirlo: él habla de dos ciudades en su libro «La Ciudad de Dios», pero civitas, en latín, no es ciudad, sino Estado—, por lo tanto, Estado de Dios, el Imperio de Dios, el Reino de Dios en oposición al reino del demonio; esta concepción de la lucha entre los dos reinos es precisamente la lucha entre la Revolución y la Contra-Revolución. Por ello, en este sentido, San Agustín es especialmente nuestro patrón.

 

San Juan Bautista según Santa Gertrudis: belleza del alma, celo y combate

MEMLING, Hans – Retablo de San Juan – 1474–1479. Museo Memling, Sint-Janshospitaal, Brujas.

También tenemos la ficha de la fiesta del martirio de San Juan Bautista, fiesta que se celebrará el 29 de agosto. Santa Gertrudis, en «El Heraldo del Amor Divino», dice lo siguiente:

«Como Santa Gertrudis asistía con gran devoción a los maitines en la fiesta de San Juan Bautista, vio al bienaventurado Juan de pie, frente al glorioso trono del rey celestial. Era de una belleza maravillosa, con todo el esplendor de su juventud y revestido de gran gloria a causa de sus prerrogativas especiales, pues fue considerado digno de bautizar a Cristo, de ser su precursor, de mostrarlo al pueblo y recibió aún otros honores».

«Ella observó que no se parecía en nada a las pinturas que había visto de él, que lo representaban como un hombre de edad avanzada y de aspecto miserable. El beato Juan le dijo que incluso eso aumentaba su gloria, porque, si lo representaban como un anciano, era porque su alma, llena de fuerza y guiada por el amor, había decidido combatir el mal y luchar contra él hasta la vejez y la decrepitud, hasta el agotamiento de sus fuerzas y de sus facultades, buscando siempre la más alta perfección».

«Por haber terminado su vida buscando tal fin, había recibido tan gran recompensa. Cuando ella se preguntó si la justicia y la santidad de los padres de San Juan habían contribuido a aumentar los méritos del hijo, el santo respondió: Porque tuve padres justos, que me enseñaron el camino de la justicia, me encuentro en una gloria más elevada, del mismo modo que mi trono parecerá de mayor altura si está colocado sobre columnas dispuestas con arte. Pero si hubieran sido virtuosos según el mundo, si hubieran sido hermosos, ricos y nobles, de ello solo habría sacado provecho en la medida en que los hubiera desdeñado para dedicarme a las cosas celestiales. Y la gloria que recibo por ello es semejante a la del caballero victorioso, que reconoce haber escapado de muchos peligros».

«Durante la misa, mientras la santa comulgaba, el beato Juan se le apareció de nuevo cubierto de magníficas vestiduras, adornado con tantos corderos de oro como personas había en toda la Iglesia que, aquel día, recibieron el cuerpo del Señor para conmemorar el nacimiento del santo. También vio que Juan rezaba por todos los que celebraban su fiesta, obteniendo para ellos los mismos méritos que había obtenido por sus obras, cuando, lleno de celo, convertía al Señor los corazones de los pueblos».

Derribar montañas, llenar valles: la misión del precursor

El texto es extenso, lleno de magníficas enseñanzas. Me gustaría destacar que muestra muy bien lo maravilloso que fue el papel de San Juan Bautista. San Juan Bautista, como precursor de Nuestro Señor que fue, tenía la misión, según dice la Escritura, de «derribar las montañas y allanar los valles».

Uds. saben que el consejero Acácio [N.C.: Consejero Acácio: Individuo engreído e inexpresivo que pronuncia sentenciosamente frases vulgarísimas, al estilo del consejero Acácio, personaje de la novela Primo Basílio, de Eça de Queirós] diría esto: que donde hay una montaña suele haber un valle, y que las montañas y los valles están conectados. Y en aquella época, cuando se construían caminos para que pasaran los reyes, el camino se hacía precisamente derribando las montañas, porque no tenían túneles, no sabían construir túneles. Y para construir un buen camino, pues, en muchas ocasiones, lo mejor era derribar la montaña, y la forma de deshacerse de la tierra de la montaña era arrojarla al valle. Así se transformaban el valle y la montaña en una sola llanura.

El orgullo y la sensualidad: enemigos que deben caer

Por eso se decía de él —puesto que venía a preparar el camino del rey divino— que debía derribar las montañas y llenar los valles. La Escritura dice esto de él, pero los doctores de la Iglesia comentan que esta frase tiene un sentido espiritual. ¿Qué montañas venía a derribar? Las montañas del orgullo de los hombres. ¿Qué valles venía a rellenar, a sanear, a hacer salubres, a cubrir? Los valles, los abismos, los precipicios de la sensualidad. Eso dicen los doctores de la Iglesia. De modo que el orgullo y la sensualidad fueron las dos grandes pasiones contra las que luchó.

Y como en él residía precisamente la misión de derribar los defectos de los hombres para que las almas estuvieran preparadas para recibir al Salvador, había en él algo que le convertía, de manera especial, en un enemigo del mal. Estaba especialmente encargado de arrasar, de destruir, de censurar, de indignarse, de reprender, de acusar, de combatir. Y eso fue lo que caracterizó toda su vida.

Aún joven, como dice Santa Gertrudis, aunque era un joven de una belleza resplandeciente, decidió entregarse —como bien señala aquí la biografía de Santa Gertrudis— por completo a la lucha contra el mal y, en esa lucha, extinguirlo, llegar hasta el final de su vida, durara lo que durara, llegar hasta los últimos suspiros de la decrepitud, dedicarse a la destrucción del mal. Por eso, los antiguos hagiógrafos lo representaron como un anciano, porque quiso vivir la vida de un hombre de larga vida, luchando por Dios. Y por ello tuvo el mérito de quien hubiera muerto viejo, aunque muriera joven; y, como gran mártir que fue, naturalmente tenía ahí un título especial de gloria.

La analogía entre San Juan y nuestra vocación militante

¿Podemos decir que hay algo en común entre nosotros y San Juan? Yo creo que hay mucho en común. Si analizan el papel de San Juan Bautista y lo comparan con el de Nuestro Señor, encontrarán una analogía con nuestro papel y el Reino de María. Nosotros hemos sido puestos precisamente para discutir, para argumentar, para decir las verdades sin rodeos, para levantarnos, para interpelar, para amedrentar, para dar un empujón, para hacer retroceder al adversario, para derribarlo al suelo. Así es como preparamos los caminos de Nuestra Señora.

Preparar los caminos de Nuestra Señora en un mundo revolucionario

Nuestra Señora, que viene, no vendrá de forma sensible y real, como Nuestro Señor, sino que vendrá por su gracia, vendrá por su dominio, por su reino. Nuestra Señora, que viene, va precedida de hijos y siervos, a quienes incumbe precisamente esa tarea de, al igual que San Juan Bautista, enfrentarse, luchar y ser indomables.

La marcha: una punta de lanza contra el neopaganismo

Visión general del magnífico desfile con el que la TFP inauguró su campaña por la Navidad de los pobres en diciembre de 1970, en el Viaducto del Chá de São Paulo.

Y eso, mis caros, es lo que vamos a hacer, con Su ayuda, en la avenida Rio Branco (*). Exactamente eso es lo que vamos a hacer ante un mundo pagano. Río de Janeiro no es más que una muestra. Lo que hay allí es lo que hay en todo el mundo; en los demás lugares ocurre lo mismo: el mundo dominado por la Revolución. En ese mundo dominado por la Revolución, ustedes marcharán en forma de V y saben muy bien contra quién se dirige esa punta.

Ustedes gritarán «victoria»: saben muy bien sobre quién es esa victoria. Levantarán la cruz y saben muy bien a quién molesta la visión de la cruz. Gritarán las consignas que hoy se han aprobado en su redacción definitiva, y que son gritos contra… porque, si prestan atención a las consignas, son mucho más consignas en contra que a favor.

Y es que estamos en contra de lo que está en contra. La Revolución está en contra de Nuestra Señora. En la época en la que vivimos, estar a favor de Nuestra Señora es estar en contra de lo que está en contra de Nuestra Señora. Así que vamos a la Avenida Central a gritar en contra. Eso es lo que vamos a hacer: vamos a oponernos.

A eso se le podría llamar la marcha de la oposición, o mejor aún, la marcha de la ‘contrariación’ [N.C.: de contrariar, contradecir], si esa palabra existiera en portugués. Vamos a plantar cara. Por eso les recomiendo encarecidamente que, cuando canten, intenten cantar; cuando griten consignas, intenten gritar, pero con la idea de que están gritando en contra, de que hay algo que quieren derribar y que, por la voz de Nuestra Señora, lo derribarán.

Cantar el “Queremos Dios” ante quienes no lo quieren; romper la dulzura sentimental y asumir el combate.

¿Qué es lo que queréis derribar? El reino del demonio en la tierra, el neopaganismo, la infiltración comunista en la Iglesia, la infiltración atea en la Iglesia. Pero contra estas cosas clamamos con furia, con agresividad. Es necesario que se sienta eso. Por lo tanto, no vamos a cantar un «Queremos Dios» de procesión de la época en que el Dr. Azeredo, el Dr. Paulo y yo éramos jóvenes: ¡un «Queremos Dios» empalagoso y llorón, ¡no! ¡No vamos a la plaza pública a llorar, sino a luchar!

Se acabó el tiempo de llorar; nunca hubo tiempo para llorar. Ellos lloraron, deberían haber luchado: ese fue su error. Cuánto sufrí en aquellas procesiones, viendo cómo aquella música se derramaba como torrentes de miel sobre mí, mientras yo caminaba por allí y pensaba: «¡Si yo fuera el rector de esto, ya verían cómo pondría a esas mujeres y a esos hombres en regla, y le daría otro tono a este asunto!». Pero caminaba sin comentarlo con nadie, porque ni siquiera podía comentarlo. Callado y luego diciendo que la procesión era bonita, porque tenía algo de bonito.

Vosotros, entonces, vais allí a proclamar. Vosotros queréis a Dios, pero recordad que decís que queréis a Dios ante gente que no lo quiere. Que la razón por la que decís que lo queréis es que hay gente que no lo quiere, porque, de lo contrario, no serviría de nada salir a la calle. Salir a la calle para decir lo que todo el mundo piensa está bien, pero no es lo mejor. Lo mejor es proclamar la verdad a quienes no están de acuerdo con ella. Eso sí que es lo mejor. Así que salgamos a la calle para eso. Queremos a Dios. ¡Está ahí!

Las consignas deben gritarse así: La infiltración en la Iglesia es traición. La «traición» es con rabia por la traición. Eso es lo que es. Vamos, pues, a acabar con la dulzura brasileña, que se cuela en los italo-brasileños, en los hispano-brasileños, en los turco-brasileños, en los brasileños de todo tipo, en los nipo-brasileños; todo se vuelve azucarado; vamos a quitarle el dulzor a todo eso y a hacer algo.

Infundir temor al mal: la herencia espiritual del Bautista

Pidamos a San Juan Bautista que su gran figura, la que se levantó contra Herodes, contra Salomé, que su gran figura reprendiendo e infundiendo miedo, que su gran figura se cebe sobre nuestro camino, y que nuestra voz y nuestro porte infundan miedo en el infierno como lo hizo su voz, como lo hizo su porte.

Debemos recordar que San Juan Bautista fue santificado en el seno materno por la voz de Nuestra Señora. Se estremeció de júbilo al oír la voz de Nuestra Señora. Tengo la impresión de que, a partir de ese momento, empezó a decir ¡no!, porque Nuestra Señora había dicho «sí», y él, entonces: «Bueno, pues ¡no! para todos los que dicen “no” a ese “sí”». Y así comenzó su vida de guerrero. Seamos esclavos, guerreros y monjes (**).

 


NOTAS 

(*) Referencia a la campaña de difusión del número especial (abril-mayo de 1969) de la revista «Catolicismo», titulado «Grupos ocultos traman la subversión en la Iglesia», en el que se denunciaba al IDO-C (Centro Internacional de Documentación) y a los «grupos proféticos».

Se trató de una gran acción pública de las TFP’s (Sociedades de Defensa de la Tradición, la Familia y la Propiedad). El objetivo era alertar a la opinión pública católica sobre una conspiración semiclandestina de organizaciones progresistas que pretendían transformar la Iglesia en una «Nueva Iglesia» panteísta, desmitificada, desacralizada, igualitaria y al servicio del comunismo.

El desfile previsto para realizarse en Río de Janeiro no pudo seguir adelante por razones locales, pero la campaña sí, en todo Brasil y, posteriormente, en los locales del mundo donde había TFP’s o sociedades hermanas.

 

(**) Plinio Corrêa de Oliveira consideraba que la trilogía «esclavo, guerrero, monje» era la síntesis ideal del católico Contra-Revolucionario completo.

Esclavo: Esclavo (esclavo de amor de Nuestra Señora). Es la dimensión de la consagración total según el Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, de San Luis María Grignion de Montfort.

Guerrero: Es la dimensión combativa y heroica. El católico debe ser un «guerrero de la Virgen», un caballero del siglo XX, dispuesto a luchar ideológicamente (con medios acordes a la Ley de Dios y de los hombres) contra la Revolución.

Monjes: Es la dimensión interior, orante y desprendida del mundo. Incluso en medio de la lucha, el militante debe cultivar una vida de oración profunda, recogimiento, mortificación y contemplación, al estilo de los monjes y los ermitaños.

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