San Ignacio de Loyola: el caballero de Cristo y maestro especializado en la formación de los santos

Legionario, 30 de julio de 1944, n.º 625, pág. 4


A D V E R T E N C I A

El presente texto es traducción y adaptación de un artículo en el periódico “Legionario” y no ha sido revisado por el autor.

Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia con respecto al Magisterio de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:

Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Sin embargo, si por descuido hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».

Las palabras «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.


 

 

[San Ignacio genuflexo ante el papa Pablo III, quien confirmó su orden religiosa con la bula pontificia Regimini militantis ecclesiae (27-9-1540)]

Solar de los Loyola (hoy envuelto por el Santuario de Loyola).

Quien en otros tiempos pasara por los alrededores de Azpeitia, en la provincia vasca de Guipúzcoa, vería, en una colina que domina todo el entorno, un imponente castillo-fortaleza, edificio cuadrado, provisto de saeteras, almenas y torretas, al que unas enormes piedras de cantería conferían un aspecto de majestuosa solidez. Ese castillo, construido en el siglo XIII, era el solar de los Oñaz y Loyola, «hidalgos de linaje, escudo de armas y solar conocido», vinculados a las principales familias de España y titulados de «parientes mayores», cuyo árbol genealógico se remontaba a 1180. Familia de guerreros, en mil escaramuzas ondeó victorioso el estandarte en el que se veían las insignias de los Loyola: dos lobos o leones sosteniendo una olla. La «olla» representaba el derecho a alimentar a las tropas por cuenta propia. Los lobos simbolizan el valor y la fuerza que los nobles ponen al servicio de Dios y del Rey.

Del hidalgo y soldado al hombre de la Providencia

A finales del siglo XV, el señor del castillo de Loyola, como cabeza de familia, era don Beltrán Yáñez de Oñaz y Loyola, que se había casado con doña Marina Sáenz de Licona y Balda.

De este matrimonio de hidalgos nació en 1491 aquel que iba a convertirse en una de las mayores glorias de la Santa Iglesia de Dios: San Ignacio de Loyola.

Los señores de Loyola, «cristianos viejos» como eran, impartieron a su hijo una educación cristiana, como correspondía a un descendiente de los héroes que habían derramado su sangre en la lucha contra el infame turco (musulmanes, n.d.c.). A los siete años, don Iñigo —así se firmó el Santo hasta 1546— fue enviado a la lujosa corte de don Juan Velázquez de Cuéllar y, más tarde, a los palacios de Carlos V, para recibir las últimas lecciones de «buen vivir y alta cortesía».

Al cabo de unos años, don Iñigo se convirtió en oficial de las tropas del virrey de Navarra. Extraordinariamente inteligente, «muy buen escribano», elegante, músico y buen poeta, soldado intrépido, el joven Loyola sería un caballero perfecto. Por desgracia, sin embargo, aunque muy apegado a su fe, vivía de una manera poco acorde con ella. Pero era audaz, firme, valiente, enérgico a la hora de afrontar empresas arduas, prudente al dirigirlas y constante al llevarlas a cabo.

Es importante conocer el noble origen de San Ignacio porque, dado que la gracia no destruye, sino que perfecciona la naturaleza, el santo conservó, tras su conversión, todo lo más magnífico y admirable que había en el carácter de los hidalgos de su época.

En aquella época, Carlos V se encontraba en guerra con su eterno enemigo, Francisco I de Francia. Don Iñigo fue nombrado gobernador de la ciudad de Pamplona. Rodeada por los franceses, el joven Grande de España hizo todo lo posible por defenderla. Pero otros eran los planes de la Providencia. El noble Loyola resultó herido en la rodilla izquierda y los franceses se apoderaron de la ciudad. Gravemente herido, se retiró al castillo de sus padres, donde esperó a recuperarse.

¡Qué decepción sintió al comprobar que el estado en que había quedado su pierna perjudicaba de manera irreparable su incomparable elegancia y la gracia de sus movimientos ágiles, gracia que era bien conocida y comentada! Por ello, ordenó que le volvieran a romper la pierna para que se la enyesara adecuadamente, sin temer la brutalidad de los métodos que entonces se empleaban en el tratamiento de las fracturas.

Durante todo ese tiempo, se sintió invadido por el tedio, hasta que acabó ordenando que le trajeran libros. Los únicos que había en el castillo eran «La vida de Cristo», de Ludolfo de Sajonia, el cartujo, y el «Flos Sanctorum». El caballero se aburrió al encontrarse con estos títulos. Pero, a falta de otros, se puso a leerlos.

La conversión de un caballero al servicio de Nuestra Señora

Y he aquí que el joven y brillante oficial se ve vencido por la gracia divina y, tras dudar un rato, toma la resolución de hacer lo que hicieron los santos.

E inmediatamente comienza a poner en práctica su resolución.

En cuanto recuperó fuerzas, se levantó y, con gran esfuerzo, apoyándose en un bastón, se postró de rodillas ante una imagen de la Santísima Virgen y le pidió que aceptara el compromiso que él contraía de servir para siempre bajo su estandarte. En ese mismo instante, una tremenda sacudida seguida de un estruendo espantoso produjo una amplia grieta en la pared de la habitación en la que se encontraba don Iñigo. Era el demonio manifestando su odio impotente contra aquel que sería uno de sus peores enemigos.

Tan pronto como su enfermedad se lo permitió, Iñigo partió de la casa paterna, con la intención de no volver jamás. Tras visitar al duque de Nájera, su tío, se dirigió al monasterio benedictino de Montserrat. Al iniciar esta peregrinación, hizo voto de castidad perpetua.

Al llegar al monasterio, pidió confesarse con uno de los monjes del patriarca San Benito. Se confesó con gran dolor por sus pecados, cambió sus ricas vestiduras por una túnica de tela tosca y realizó la «vigilia de armas» ante el altar de la Virgen, tal y como hacían los futuros caballeros la víspera del día en que iban a ser armados. Era el 25 de marzo (fiesta de la Encarnación del Verbo, n.d.c.) de 1522.

Huyendo de la afluencia de peregrinos, el nuevo caballero de Nuestra Señora se dirigió a Manresa, donde se alojó en una posada destinada a los indigentes, pues a partir de entonces él también era un mendigo.

 

Foto: Wikipedia

Al verse impedido de continuar hacia Tierra Santa, tal y como era su intención, el noble mendigo permaneció bastante tiempo en Manresa (foto superior, tal y como se presenta hoy en día). Fue allí donde realizó su noviciado espiritual, con grandes penitencias, muchas consolaciones y, posteriormente, terribles tentaciones y escrúpulos.

A la tormenta le siguió la calma. San Ignacio recibió entonces extraordinarias luces divinas y admirables revelaciones. Recogió estas revelaciones en un libro «prodigioso en todos los aspectos», como dice la Santa Liturgia: el libro de los Ejercicios Espirituales.

El 29 de marzo de 1523, tras viajar a costa de limosnas, llegó a Roma. Desde allí, superando con su férrea fuerza de voluntad enormes dificultades y obstáculos, partió en peregrinación a Palestina.

*   *   *

En febrero de 1524, San Ignacio, que entonces tenía 33 años, comenzó a estudiar latín y ciencias.

En 1526, se encuentra en la Universidad de Alcalá, donde cursa dialéctica, teología y filosofía. Ya por entonces tenía varios discípulos espirituales y varias damas, entre las que se encontraban algunas penitentes, le confiaban la dirección de sus conciencias. Tres jóvenes quedaron cautivados por sus ideales apostólicos y se unieron a él: Juan de Arteaga, López de Cáceres y Calixto.

Pero tanto en Alcalá como en Salamanca (adonde se trasladó y donde ganó un nuevo compañero), San Ignacio fue detenido y juzgado por la Inquisición, que temía que aquellos hombres fueran herejes y se sorprendía mucho al verlos disertar sobre puntos difíciles de la doctrina católica sin haber recibido formación. Aunque se demostró que la doctrina que enseñaban era perfectamente ortodoxa, se les prohibió seguir enseñando ciertos puntos más complejos. Ante ello, Iñigo se puso en camino hacia París. El 2 de febrero de 1528 llegó a la principal metrópoli del saber de Europa y se convirtió en uno de los cuatro mil estudiantes que asistían a las clases de la ciudad universitaria.

Allí conoce el tomismo, cuyo inmenso valor percibe de inmediato.

A los 44 años, tras luchar mucho contra la falta de dinero y otras dificultades, San Ignacio se doctora. Gracias a ese contacto con las principales universidades, podrá, más tarde, trazar normas admirables para la formación intelectual de los miembros de su Orden.

Nace una milicia para la mayor gloria de Dios

San Ignacio había tomado la resolución de formar apóstoles imbuidos de sus principios. Pero tuvo que sufrir algunas decepciones: sus cuatro primeros discípulos lo abandonaron y los tres que reclutó en París siguieron el ejemplo de los primeros.

Aprendiendo de esas deserciones, el Santo reclutó a nuevos miembros, a quienes propuso el modo de vida que llevarían los miembros de la futura Compañía. Esos reclutas, que serían los generales de la gloriosa milicia, fueron: el Beato Pedro Fabro, San Francisco Javier, Laynez, Salmerón, Bobadilla y Simón Rodríguez (para leer los comentarios del profesor Plinio sobre cuadros de la época que representan a varios de ellos, basta con hacer clic aquí, n.d.c.).

En 1534, este pequeño grupo se reunió en la iglesia de Montmartre, en París, y, tras la Sagrada Comunión, todos hicieron voto de abandonar el mundo y dedicarse exclusivamente al servicio de Dios. La Compañía de Jesús estaba prácticamente fundada. Ignacio se trasladó a Roma, donde desempeñó su misión.

El 24 de julio de 1537, San Ignacio recibió, junto con los compañeros que aún no eran sacerdotes, la Sagrada Orden del Presbiterado.

El 27 de septiembre de 1540, Pablo III, que ya lo conocía y estimaba, firmó la bula «Regimini Militantis Ecclesiae», en la que aprobaba la Compañía de Jesús. San Ignacio fue elegido primer General de la Orden que él mismo había fundado, cargo que solo aceptó tras muchas insistencias de sus compañeros.

Desde entonces, la Compañía no ha dejado de prosperar. Los reyes no tardaron en pedir a San Ignacio algunos padres para fundar casas en sus reinos. El primero fue Don Juan III de Portugal, que deseaba nada menos que siete padres. Recibió a dos de los que habían prestado juramento en la cripta de Montmartre: Afonso Rodríguez y Francisco Javier. Este último, sin embargo, tan pronto como la fundación de Portugal ya no necesitó sus servicios, recibió la orden de partir hacia la India.

A pesar de estar extremadamente ocupado, San Ignacio no dejaba de enseñar a los niños, de fundar retiros y de preparar a nuevos jesuitas. Se preocupaba constantemente por la situación en Alemania. Tan activo fue el santo español que llegó a contener en muchos lugares la nefasta obra del protestantismo, a pesar de que su Compañía contaba con pocos años de existencia.

Foto de Wikipedia

Una de sus obras fue la fundación del Colegio Romano (foto superior) en Roma, hazaña que por sí sola bastaría para inmortalizarlo.

«Maestro especializado en la formación de los santos»

San Ignacio, antes de su glorioso fallecimiento (31 de julio de 1556), pudo ver los primeros grandes frutos de su obra. San Francisco Javier sembraba las semillas del catolicismo en Japón y en las Indias. En Maguncia, Colonia y otras ciudades alemanas, la seudorreforma protestante fue completamente sofocada en su origen.

No es de extrañar, pues, que esta Compañía de San Ignacio sea la Orden más calumniada de la Iglesia. Su fundador, poco antes de morir, reveló a sus Padres que sufriría persecución por amor a la justicia, tal y como le sucedió a Nuestro Señor Jesucristo, porque el siervo no es mejor que su Señor.

Se podrían decir innumerables cosas más sobre aquel a quien la Sagrada Liturgia llama «maestro especializado en la formación de los santos»; «su amor paternal, sumamente suave y dulcísimo» (palabras de R. Ribadeneira, uno de los jesuitas formados por el Santo Fundador), su intransigencia a la hora de expulsar a un miembro indigno, su amor por los pobres, sus dones místicos, su amor por la Sagrada Liturgia, su prudencia y tantas otras cosas que llenarían varios libros si se contaran. Sin embargo, hay una frase que es suya y que resume a la perfección toda su vida:

«Omnia ad majorem Dei gloriam»

(Todo para la mayor gloria de Dios)

Una de las primeras versiones del sello de la Compañía de Jesús (Iglesia del Gesù, Roma)

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