De la vanidad de las grandezas terrenales a la admiración que eleva el alma hacia Dios; admirar el alma que sabe admirar
“Santo del Día” – 10 de octubre de 1969
A D V E R T E N C I A
Este texto es transcripción de cinta grabada con la conferencia del profesor Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a los socios y cooperadores de la TFP. Conserva, por tanto, el estilo coloquial y hablado, sin haber pasado por ninguna revisión del autor.
Si el profesor Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que fuera colocada una explícita mención a su filial disposición de rectificar cualquier eventual discrepancia en relación al Magisterio inmutable de la Iglesia. Es lo que hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan escrupuloso estado de espíritu:
“Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a las enseñanzas tradicionales de la Santa Iglesia. No obstante, si por lapso algo en él hubiera en desacuerdo con dichas enseñanzas, desde ya y categóricamente lo rechaza”.
Las palabras “Revolución” y “Contra-Revolución”, son aquí empleadas en el sentido que se les da en el libro “Revolución y Contra-Revolución”, cuya primera edición apareció publicada en el número 100 de la revista “Catolicismo”, en abril de 1959.
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San Francisco de Borja – escultor desconocido del taller de Gregorio Fernández – 1601 – Iglesia de la Universidad o de la Compañía – Santiago de Compostela
San Francisco Javier es representado como un Jesuita, orden a la que pertenece. Sosteniendo en sus manos una calavera coronada con una corona real, que nos recuerda el momento en el que en Granada, siendo caballero de la Reina Isabel de Portugal, esposa de Carlos I, al depositar sus restos descubre que la belleza de la monarca ha desaparecido y decide ofrecer su vida a un rey que no se descomponga, Jesucristo.
Del esplendor de la corte a la vocación religiosa
Debemos pasar ahora al “Santo del Día” de hoy, que es San Francisco de Borja, confesor, duque de Gandía y general de la Compañía de Jesús, del siglo XVI.
En cuanto a San Francisco de Borja, hay algunos comentarios de monseñor Prosper Guéranger de los que podemos sacar provecho. Se encuentran en su famoso «L’année liturgique». Dice lo siguiente:
El 30 de septiembre de 1572, San Francisco de Borja, tercer General de la Compañía de Jesús, entregó su alma a Dios con la serenidad y la confianza del hombre que siempre cumplió con su deber.
Su agitada vida había sido muy variada. Nieto del papa Alejandro VI
Alejandro VI tuvo hijos antes de ser papa, al menos. Después de ser papa, la cuestión no está muy clara. Y así, San Francisco de Borja desciende de él antes de ser clérigo.
En una primera etapa, fue un elegante y hábil caballero, confidente del emperador Carlos V, quien lo nombró virrey de Cataluña. Después se hizo jesuita, vicario general de la Compañía para España.
Es decir, que dirigía todos los asuntos de la Compañía de Jesús en España.
Más tarde fue sucesor de San Ignacio y, por último, legado de la Santa Sede.
San Francisco de Borja siempre tuvo muy presente que pertenecía ante todo al Rey del cielo y que debía luchar bajo su estandarte, antes que comprometerse con los poderes de la tierra.
Francisco nació el 28 de octubre de 1510. Su infancia y su juventud transcurrieron en una piedad y una inocencia que fueron una lección para sus padres y sus amigos.
Pero su ejemplo fue aún mayor por la vida cristiana y la austeridad que supo mantener en la corte del emperador Carlos V y, posteriormente, como virrey de Cataluña.
En términos menos indirectos, y más acordes con nuestro gusto, todo esto significa que fue un niño ejemplar, pero que cuando se convirtió en joven y luego en hombre maduro y ocupó altos cargos públicos, su piedad llamaba aún más la atención.
La muerte de la emperatriz y, posteriormente, de su propia esposa, le mostraron la futilidad de todas las cosas terrenales. Decidió, entonces, abandonar el mundo e ingresar en la Compañía de Jesús en 1551, donde fue ordenado sacerdote.
Este es uno de los episodios célebres de la vida de San Francisco de Borja. Era cortesano y, como habrán visto, tenía una relación muy estrecha con Carlos V, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y rey de España. Hemos hablado aquí en varias ocasiones de Carlos V debido al importante papel que ocupa en la historia de Occidente.
Seguramente recordarán que era el famoso monarca en cuyos reinos nunca se ponía el sol. Era tan poderoso que el sol nunca se ponía en su imperio. Sus tierras se extendían desde los confines de Rusia hasta Sudamérica y desde parte de México hasta el océano Pacífico, abarcando una parte del territorio actual de los Estados Unidos que los ingleses arrebataron a los españoles.
Ustedes comprenderán, pues, que se trataba de un imperio inmenso. Que abarcaba no solo España y sus posesiones en América, sino también las posesiones que la corona de España tenía en Italia. Y, por tanto, posesiones de gran importancia en el mundo. El sur de Italia pertenecía a Carlos V; por otra parte, en Lombardía, cuya capital es Milán, Carlos V también tenía dominios.
La muerte de la emperatriz y el vacío de las grandezas terrenales
Conversión de San Francisco de Borja – autor desconocido – Museo Nacional del Virreinato – México
San Francisco de Borja, al ser íntimo del emperador, había conocido muy bien a la emperatriz. Y tuvo ocasión de ver el cuerpo de la emperatriz tendido en el ataúd. Y al ver aniquilada, por las cosas de la tierra, a esta dama cuya inmensa majestad había conocido tan bien —y esta sí que era la primera dama de la cristiandad en su época—, al verla así aniquilada por la muerte, recibió una gracia.
Lo propio de ciertas gracias es que dan una vida extraordinaria a verdades que para nosotros son corrientes, son comunes, de las que incluso sabemos lo que significan, pero que impresionan poco a nuestro espíritu. Así es la gracia de la visión de la muerte. Una persona puede saber muy bien que [es] la muerte —¿quién no sabe lo que es la muerte? Cualquiera sabe lo que es la muerte. Podemos incluso pasar toda una noche en una capilla, junto a un cadáver —velando un cadáver— y puede que esto no nos conmueva de manera especial.
Pero, de repente, por una gracia de Dios, puede que todo lo que significa la aniquilación de la muerte se eleve al espíritu de alguien y le hable al alma con una fuerza especial. Y que le aumente especialmente la sabiduría. Y eso fue lo que le ocurrió a San Francisco de Borja. Al ver allí muerta a la emperatriz, comprendió muy bien el vacío de ciertas grandezas. Porque esas grandezas pasan. La grandeza de la emperatriz, la grandeza del Imperio, su propia grandeza, que no era más que un adorno del Imperio. Y entonces se planteó la idea de renunciar a todas sus grandezas y hacerse jesuita.
Para que entendamos bien esto, hay que señalar que, además de ser virrey de Cataluña, el título de duque de Gandía le confería, sobre una determinada parte del territorio español, una jurisdicción feudal, a modo de pequeño rey. Y esta ni siquiera dependía del emperador. La poseía por derecho propio.
Todo esto lo abandonó para ingresar en la Compañía de Jesús.
La Compañía de Jesús, que en aquella época era una orden religiosa recién creada, que no tenía ni una pizca de la fuerza, ni una pizca de la tradición, ni una pizca de la base que tenían las otras grandes órdenes religiosas; ni esa ilustre pobreza de la Orden de San Francisco. Es decir, de hecho, se incorporaba a una obra nueva y que, desde cierto punto de vista, aún podía ser una aventura. Allí se recluyó hasta el final de sus días para buscar los bienes del cielo, muy convencido de la vanidad de las cosas terrenales.
Al servicio de la Iglesia en la España de la Contrarreforma
San Ignacio, al percibir sus virtudes, le confió la dirección de la Compañía de Jesús en España.
También hay que comprender lo que esto significaba por parte de San Ignacio. España, como han visto ustedes, era en aquella época una potencia inmensa. Dentro de los Estados de Carlos V, España y Austria eran los dos más importantes. Pero para la religión, España tenía más importancia que Austria. Y aunque Austria era muy católica, España lo era aún más que Austria. Era la nación más católica de la tierra.
Y era desde España de donde soplaban los vientos de la Contrarreforma, de la lucha contra el protestantismo. De modo que actuar en España equivalía a avivar las mejores brasas contra el protestantismo. Era movilizar las mejores fuerzas de la Iglesia contra la Reforma, contra el humanismo, contra el Renacimiento.
Ustedes comprenderán sin dificultad la importancia que tenía el cargo de jefe de los jesuitas de España, es decir, jefe de la orden religiosa fundada especialmente por Nuestra Señora para luchar contra el protestantismo, en el país destinado a luchar contra el protestantismo. Es decir, se le concedió la palanca fundamental de la lucha contra el protestantismo, que era la dirección de la influencia jesuítica en España en aquella época. Cuando murió San Ignacio, él se convirtió en el General de la Compañía de Jesús. Fue el tercer General de la Compañía de Jesús.
Aumentó considerablemente el número de misioneros de la Compañía de Jesús, enviándolos a Polonia, México, Perú —del que fue el principal benefactor— y a la India.
Sus numerosas ocupaciones no le impedían dedicar largas horas a la oración. Su bondad se adaptaba a todas las almas. Su humildad le llevaba a buscar las tareas más insignificantes y a rechazar los honores que querían rendirle.
Estas palabras parecen muy bonitas, pero parecen unos adornos a los que estamos acostumbrados. Sin embargo, encierran una precisión.
La verdadera categoría: armonía entre apariencia y realidad
En primer lugar, fíjense en algo curioso: era general de la Compañía de Jesús, es decir, lo que se ha dado en llamar peyorativamente el «papa negro», es decir, el papa vestido de negro que manda desde detrás del papa vestido de blanco, que es el papa, sucesor de San Pedro. Tal era el poder de la Compañía de Jesús en el pasado, que al General de los jesuitas se le llamaba «papa negro».
Ustedes saben que, al menos hasta hace poco tiempo, el General de los jesuitas tenía un libre acceso al Papa que ni siquiera tenían los cardenales. Pero con la recomendación de que los periódicos no publicaran nada al respecto. Cuando un cardenal —en los viejos tiempos constantinianos— tenía audiencia con el Papa, al día siguiente, en el «Osservatore Romano»: «Su Santidad el Papa, fulano de tal, se dignó recibir…» o bien, una frase aún más constantiniana y más alienante, «la Santidad de Nuestro Señor se dignó recibir en audiencia privada a Su Excelencia Reverendísima el cardenal tal, obispo subvicario de tal o cual lugar, etc.».
Cuando recibe al General de la Compañía de Jesús, no. La audiencia es por la tarde, entraba aquel curita vestido de negro, por una puerta del fondo, mantenía una larga conversación con el Papa y se marchaba. Es decir, ese era el estilo de audiencia propio de la Compañía de Jesús. Es, por cierto, la gran clase de la Compañía de Jesús.
Aquí pueden ver ustedes una de esas cosas bonitas de la Iglesia: es tener clase incluso en aquello que parece carecer de ella. La clase bonita es un cardenal que llega ataviado con sus grandes trajes, con un pequeño séquito, con gente que lleva maletines, y que va a visitar al Papa. Llega en coche, entra por la puerta de Santa Marta, accede por la parte trasera del Vaticano, entra en el patio de San Dámaso, la Guardia Suiza le rinde honores, la gente sale al encuentro del cardenal y lo acompañan hasta la sala del Papa. Esa es la gran categoría de un cardenal. ¿Acaso eso no es categoría?
Ahora, el otro estilo de categoría, completamente diferente: un hombre de gran importancia, vestido con un trajecito negro, que sale de un cochecito cualquiera, con un sombrerito cualquiera, pero que tiene una audiencia directa con el Papa a través del ascensor privado, y de la que ningún periódico informa. Y que tiene esa audiencia varias veces a la semana. Y nadie sabe cuántas.
Incluso cabría preguntarse quién creen ustedes que tiene más clase. Hagamos una votación entre los más jóvenes. Es decir, los que están ahí al fondo y aquí. ¿Qué tiene más categoría? Tener una cosa u otra… Voy a formular la pregunta con un poco de picardía, pero es así: ¿qué le faltaría más a la Iglesia, tener una cosa u otra? La pregunta tiene cierta picardía, intencionadamente. Los que pensáis que la categoría de cardenal es mayor, levantad la mano. Los que pensáis que es la categoría de General de la Compañía de Jesús, levantad la mano. Los que estáis indecisos, levantad la mano. Pues sí.
¿Qué opino yo?
Opino lo siguiente: que hay que distinguir entre lo que tiene más clase y lo que más le falta a la Iglesia. Está claro que, desde el punto de vista decorativo —que tiene una importancia suprema para la propia vida concreta—, desde el punto de vista decorativo los cardenales son más necesarios que el General de la Compañía de Jesús. Está claro que, sin embargo, el General de la Compañía de Jesús tiene una importancia personal mucho mayor que la de uno o de todos los cardenales. Pero que, en el fondo de los fondos de los fondos, aun así, categoría por categoría, la del cardenal es mayor.
¿Por qué? Porque hay ciertas cosas que no se separan de su apariencia. Y que de tal manera no se separan de su apariencia que, cuando se separan, esta se merma. Así ocurre, por ejemplo, con la importancia. La importancia no se separa tanto de la apariencia de importancia, hasta tal punto que, si la persona pierde por completo la apariencia de importancia, pierde la importancia. Se trata de una larga reflexión filosófica que no conviene abordar ahora.
Hay dos errores. Uno es apreciar las apariencias de tal manera que el individuo prefiere la apariencia a la realidad. Es lo que los franceses llaman, de modo despectivo, aquellos a quienes les gusta más el terciopelo del trono que el poder.
Hay otro error, que consiste en despreciar tanto la apariencia que uno se conforma únicamente con la realidad del poder. Aquello que contiene tanto la realidad como la apariencia es, en el fondo, mejor que lo que contiene solo la realidad o solo la apariencia. Lo mejor de todo es pensar solo en Dios Nuestro Señor y Nuestra Señora; y mandar cuando Dios quiere, y obedecer cuando Dios quiere. Esto es lo verdadero. Esto es la verdadera clase.
Adaptarse a todas las almas: una forma eminente de caridad
Su alma se adaptaba a todos.
No sé si ustedes se dan cuenta bien de lo que significa que el alma se adapte a todos. En la época de la Iglesia constantiniana había una cancioncilla que [varios de mi tiempo] seguramente recordarán, que era más o menos así —una canción popular que se cantaba en la iglesia con mucha compostura, cuando terminaban los oficios litúrgicos y la gente se marchaba—: «Saludemos a Jesús, saludemos a María, la oración reanima… da fuerzas… reanima y da energía». Y a las tantas la gente cantaba lo siguiente a Nuestra Señora: «Ven a sonreír con quien ríe; a llorar con quien llora; sed refugio, sed fuerza, sed guía, sed luz».
Siempre me impresionó mucho eso de Nuestra Señora: «sonreír con quien ríe y llorar con quien llora». Nuestra Señora se adapta a todos los estados de ánimo del hombre. Ella es la quietud de quienes descansan, Ella es la exaltación de quienes luchan, Ella es la sonrisa de quienes están distendidos, Ella llora con quienes lloran, y así sucesivamente.
Hay una cualidad excelente del alma por la que un santo puede definir esa flexibilidad con la que sabe estar en el estado de ánimo de cada uno. Pero ¡qué elasticidad debe de suponer esto! Qué fuerza de adaptación debe de requerir, porque nadie quiere estar en el estado de ánimo del otro. Uno quiere estar en su propio estado de ánimo y quiere que el otro se adapte al de uno.
Entramos en una sala, alegres, y queremos que todo el mundo ponga cara de alegría: ‘pues tienen toda la razón, están alegres’… Y cuando estamos tristes, nos enfadamos con los demás que están alegres. Estamos tristes: ‘¿cómo es que ese payaso se está riendo?’
¿Es o no es cierto que somos el centro del mundo?
No sé si ustedes comprenden toda la destreza que encierra esta virtud de saber adaptarse al estado de ánimo de los demás.
El 30 de septiembre de 1572 falleció.

Antes de morir, alguien lo proclamó santo. Pero esa persona tenía una autoridad —no jurídica, sino implícita— para representar a todos los santos de aquella época: era Santa Teresa de Jesús.
Él fue consejero de Santa Teresa de Jesús. Imaginen una pequeña sala de un convento y a Santa Teresa de Jesús conversando con San Francisco de Borja… ¡en que altura! No seríamos dignos de mirar por el ojo de la cerradura, no seríamos dignos; sería un favor del que no somos dignos: mirar por el ojo de la cerradura.
Y Santa Teresa de Jesús conoció de cerca sus virtudes y decía que era un verdadero santo.
Numerosos milagros pusieron de manifiesto cuanto agradó a Dios. Clemente X lo canonizó en 1670, al mismo tiempo que a San Cayetano de Tienne, Felipe Beniti, Luis Bertrand y Santa Rosa de Lima.
Aquí tienen ustedes su vida.
Santa Teresa y San Francisco de Borja: dos escenas para aprender a admirar
Vamos a aplicar nuestro método de meditación; cuando estén demasiado hartos del método, pueden decírmelo y lo cambiaré. Intentaré, aunque sea de lejos, imitar a San Francisco de Borja, que se «adaptaba» a los demás. Pero, por ahora, sigamos con el método.
Así pues, nos centraremos en el siguiente punto: yo elijo, naturalmente, un solo punto de toda esta biografía, porque si no habría que predicar un pequeño retiro basado en las diversas ideas que brotan de la vida de un santo. Elijo el siguiente: imaginar a Santa Teresa de Jesús conversando con San Francisco de Borja.
Puedo imaginar varias formas de pintar este cuadro. Un convento español, con ventanas altas —porque, como Uds. saben, en los conventos de las contemplativas, cuando hay ventanas, estas son muy altas para que ellas no miren hacia fuera—, unas rejas gruesas; un día lluvioso —para estar en sintonía con el ambiente de hoy—; paredes enlucidas y encaladas; una mesa de madera, sencilla; sentado a un lado de la mesa, en un sillón majestuoso y austero —como lo son las mejores cosas españolas—, alto, con respaldo rígido, un poco incómodo, muy digno y austero, está sentado San Francisco de Borja.
Frente a él, en una silla sin reposabrazos, Santa Teresa de Jesús. Era la veneración de la sencilla monja por el sacerdote; de la guiada por su director espiritual.
Ahora bien, puedo imaginar esta escena de dos maneras: una luz sobrenatural presente en la sala, los dos conversando en un momento de consuelo único, y o bien él está desentrañando un estado de vida mística de Santa Teresa, o bien los dos están hablando de las miserias de la Iglesia, del protestantismo, de las blasfemias, de las hostias pisoteadas, de las imágenes de Nuestra Señora rotas, de la infalibilidad del Papa que se niega, etc., etc., y se están preparando para la lucha. Si lo desean, pueden imaginar que fuera hay una gran tormenta.
Bueno, si lo desean, pueden imaginárselo de otra manera: los dos están ahí dentro, no hay ninguna luz sobrenatural, los dos mantienen una conversación difícil. No es porque estén enfadados el uno con el otro, sino porque a ambos les cuesta mucho hablar; ninguno tiene ganas de sacar el tema adelante. Él estaba, digamos, de mal humor; y a ella le cuesta muchísimo abrirle su alma.
Afuera, una lluvia que deja caer unas gotitas pícaras, pam, pam… una de esas lluvias que no mojan. Algo que tampoco acaba de arreciar.
Pero resulta que todo va perfectamente bien, con toda la fidelidad de ambos. Él supera su malestar y se entrega por completo a la dirección espiritual; ella abre su alma por completo.
Bueno, ahí fuera, mirando por un gran agujero de la cerradura —como las que tenían las puertas de aquella época—, estoy yo. Yo, es decir, cada uno de ustedes.
Ahora contemplo la primera escena: el consuelo extraordinario, la presencia palpable del Espíritu Santo, las inflexiones de voz, los tonos, los gestos santos, el aroma de santidad en todo aquello. Estoy fuera y veo la escena. Primera pregunta: ¿me doy cuenta bien del valor de lo que estoy viendo? Es decir, ¿estoy comprendiendo esa presencia inefable, pero palpable, de Dios allí? ¿Estoy comprendiendo el valor incomparable de esa santidad? ¿Tengo tal afinidad del alma con aquello, que nada del mundo lo cambiaría por verlo? Nada, ¿ni en la línea de la “megalice” [neologismo para significar vanidad, orgullo], ni en la línea de la “microlice” [neologismo opuesto, mediocridad, falsa humildad]? ¿Ni un trono, ni mi cama cambiaría por aquello? ¿Tendría suficiente arrobamiento para pasar horas y años, de rodillas, contemplándolo?
¡Esto es admirar! Es ver la cosa en su excelencia, comprender lo magnífico que tiene. Corolario: sentirme pequeño. Ahora fíjense en lo celestial de la cosa: pequeño sí, incluso ínfimo; pero no sin proporción con aquello. Es decir, por muy alto que sea aquello y por muy bajo que sea yo, el hecho de que yo lo mire y lo admire demuestra que aquello guarda una proporción conmigo. Algo de aquello puede entrar en mí. Algo de aquello puedo llegar a ser.
Es decir, no me encuentro ante aquello como una hormiga, por ejemplo, ante un dragón, que ahuyenta a la hormiga, que la aterroriza. Aquello es una fiesta de espiritualidad en la que, desde fuera y a través del ojo de la cerradura, puede entrar toda mi alma. Y no se trata solo de que mi alma pueda entrar allí, sino de que aquello pueda entrar en mí si, con devoción y reverencia, comprendo lo que no soy y lo que es aquello que admiro.
Entonces uno comprende que a un verdadero pintor le gustaría pintar la escena con tres personajes. Le gustaría pintarlos a los dos conversando, y al otro lado, arrodillado en la puerta, al pobre desdichado con las manos juntas y el alma embelesada, … absorbiendo aquello.
¿Era o no era un complemento precioso de la escena? Yo, desde fuera de la puerta, mirando solo a través del ojo de la cerradura, pero viendo más de lo que se vería si se viera todo el cielo material. Ustedes comprenden lo que es admirar. Y cómo esa postura de admiración no nos humilla. Es una invitación a que ascendamos, no para igualarnos, sino para participar. O, quién sabe, si a alguna alma, tocada por la gracia, incluso para igualarse, incluso para ser más. Pero hay una participación incluso para aquel que no se iguala.
Otro aspecto: la conversación es árida; supongamos que no [tratara] del secreto del alma de Santa Teresa de Jesús, digamos que se tratara de un tema que un tercero pudiera escuchar. Él [oyente] está siguiendo la lucha de esas dos almas. Se da cuenta de cómo están sufriendo y cumpliendo con su deber. Lo observa paso a paso, como quien asiste a un torneo en el que cada uno no tiene como adversario al otro, sino a sí mismo. Y va viendo la victoria de cada uno sobre sí mismo.
Así que, desde fuera, de rodillas, reverente, contrito, sintiendo que nosotros no somos así, y rezando a Nuestra Señora para que ellos cumplan con su deber y nosotros con el nuestro.
El examen de nuestra capacidad de admirar
Bueno, ahora, la aplicación para nosotros. Me miro así, de frente, como estoy mirando esa lámpara de araña de la sala de reuniones. Me miro de frente y me pregunto: ¿soy así con las cosas que Dios me ha puesto en esta tierra para admirar? Es decir, ¿mi alma es un alma propensa a esa admiración? ¿Tan propensa que me interesa más aquello que admiro que yo mismo? ¿O, por el contrario, mi alma vive preocupada por mí mismo? ¿Y en cuanto veo esa superioridad me siento humillado, envidioso y expulsado? ¿Cuál es el movimiento de mi alma: me siento humillado, envidioso, expulsado, excluido?
O, si no es eso, en términos más suaves: me siento un poco ajeno… miro un poco por curiosidad, al cabo de un rato tengo sed, abandono el lugar y entro a beber agua, y después me quedo charlando con un fraile anciano del convento, o con una monja anciana. ¿Por qué? Porque, de paso, la monja me dijo algo amable: «Vaya, qué simpático es usted, ¿cómo se llama?». Me olvidé de todo… «Ah, me llamo Plinio Corrêa de Oliveira, nací en São Paulo en 1908, ¿no lo sabía usted?». Nhe, nhe… Y empieza a dar noticia de si mismo… esto me [distrae] porque está hablando de mí.
Entonces, ¿cómo es esto? Ante las cosas que debemos admirar — he hablado, por ejemplo, de un cardenal. Ustedes casi no han conocido la Iglesia constantiniana, pero tienen una idea de lo que era un cardenal en su gran pompa. Un cardenal llegando, por ejemplo, a una iglesia, un Viernes Santo para la adoración de la Cruz. Con una capa totalmente púrpura de varios metros de largo, llevada por caudatarios, y además con una especie de pequeña capucha como la de un dux de Venecia. Llegando para adorar la Cruz.
No me importa qué cardenal se esconde bajo la capa, lo que me importa es la institución cardenalicia, el cargo cardenalicio, la función cardenalicia, la nobleza cardenalicia, el esplendor cardenalicio. ¿Soy capaz de admirar aquello sabiendo que no estoy hecho para ser cardenal, que eso nunca será para mí, que eso es para otro? ¿Pero que eso es un adorno de la Iglesia de Dios?
¿Y así, cuántas cosas hay en el mundo que podamos admirar? ¿Dónde está nuestra admiración?
Admirar lo bello y la fidelidad a lo sin brillo; admirar el alma que es capaz de admirar
A veces ante las cosas admirables, bellas; otras veces ante las cosas admirables que no son bellas para nuestros sentidos, [sino] solo para nuestra inteligencia: el esfuerzo cumplido, por ejemplo. La dedicación sin encanto. Cuántas veces la dedicación carece de encanto. Es muy bonito dedicarse al prójimo, ¿verdad?… «Qué bonito, la dedicación»… Pero dedicarnos al prójimo, ciertos que en el acto de la dedicación vamos a recibir un golpe en la cabeza, eso no es bonito. Sobre todo, cuando nadie entiende esa dedicación. Ni siquiera el beneficiario. Y nos dedicamos solo porque esta es la orden querida por Dios y queremos a Dios.
Así pues, aquí queda un conjunto de elementos para nuestra reflexión espiritual. Mirémonos a nosotros mismos de frente.
¿Y procurar admirar a quién? No se trata solo de admirar a Santa Teresa de Jesús y a San Francisco de Borja, no es eso. Se trata de admirar el alma que es capaz de admirar, de admirar la admiración. Ahí está el núcleo del Santo del Día.
Y con esto terminamos.


