San Carlos Borromeo (4/11): la fuerza de un ideal encarnado

La aplicación de la Contra-Reforma en la Iglesia; el arquetipo del obispo con unión de grandeza y penitencia

 

“Santo del Día” – 3 de noviembre de 1966 y 30 de octubre de 1963


A D V E R T E N C I A

Este texto es transcripción de cinta grabada con la conferencia del profesor Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a los socios y cooperadores de la TFP. Conserva, por tanto, el estilo coloquial y hablado, sin haber pasado por ninguna revisión del autor.

Si el profesor Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que fuera colocada una explícita mención a su filial disposición de rectificar cualquier eventual discrepancia en relación al Magisterio inmutable de la Iglesia. Es lo que hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan escrupuloso estado de espíritu:

“Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a las enseñanzas tradicionales de la Santa Iglesia. No obstante, si por lapso, algo en él hubiera en desacuerdo con dichas enseñanzas, desde ya y categóricamente lo rechaza”.

Las palabras “Revolución” y “Contra-Revolución”, son aquí empleadas en el sentido que se les da en el libro “Revolución y Contra-Revolución”, cuya primera edición apareció publicada en el número 100 de la revista “Catolicismo”, en abril de 1959.


 

Retrato del cardenal Carlos Borromeo

Según Giovanni Ambrogio Figino, escuela italiana, siglo XVII

 

Una misión providencial: llevar a la práctica la reforma de Trento

Mañana, 4 de noviembre, celebraremos la fiesta de San Carlos Borromeo, obispo y confesor.

San Carlos Borromeo fue llamado por Dios para llevar a cabo la verdadera reforma de la Iglesia en el siglo XVI. A su prudencia se debe, en gran parte, la feliz conclusión del Concilio de Trento. Cardenal a los veintitrés años y arzobispo de Milán, presidió sínodos y concilios, fundó colegios y comunidades, y renovó el espíritu de su clero y de las órdenes religiosas. A él se debe la creación de los seminarios diocesanos.

Sobre San Carlos Borromeo tenemos estas notas compendiadas de “L’Année Liturgique” de Dom Guéranger:

«Para comprender bien a un santo, hay que darse cuenta, ante todo, de la misión que Dios le confió en este mundo, de la obra a la que dedicó su vida y de las gracias que Dios le concedió para llevarla a cabo. Ahora bien, la misión providencial de San Carlos Borromeo y la obra que Dios le confió en este mundo fue la reforma de la Santa Iglesia Católica para llevar a la práctica su perfección, es decir, la ejecución de los decretos disciplinarios del Concilio de Trento. Y la gracia que recibió de Dios para llevar a cabo esa misión fue, junto con la plenitud del sacerdocio, la plenitud del espíritu sacerdotal.

«Ahí reside su gran don sobrenatural, que confiere un matiz especial a todos los demás dones y lo distingue de todos los santos y de todos los pontífices que Dios ha dado a su Iglesia. Otros santos pontífices quizá lo hayan igualado o superado en algún don sobrenatural. Pero quizá ninguno haya reunido con la misma perfección la plenitud de los dones naturales y sobrenaturales que conforman a un obispo santo. Toda su vida se resume en esta palabra suya, pues no quiso hacer otra cosa en este mundo sino la obra de obispo. Y toda su vida estuvo tan bien ordenada en torno a ese único deseo, que en él el hombre quedó completamente borrado y el pontífice se manifestó en la más espléndida expresión de su santidad. De tal manera que su persona, por así decirlo, desapareció y solo se manifestaba su ministerio. En una palabra, parece que Dios quiso hacer de él únicamente el arquetipo y el ideal del obispo».

Cuando una persona encarna la plenitud de su misión

Es algo que observamos en la historia. Siempre que un pueblo alcanza un determinado apogeo, comienzan a aparecer, en ese apogeo, grandes hombres. Y muchos de esos grandes hombres están tan impregnados por la influencia del cargo, por la noción del papel y de la misión que deben representar, que, en realidad, se anulan ante el cargo. La persona desaparece y solo queda el cargo.

El busto de Carlomagno, un relicario que contiene la calavera de Carlomagno, se encuentra en el tesoro de la catedral de Aquisgrán y se considera la representación más famosa del gobernante.

Tienen ustedes algunos ejemplos en este sentido. Hay, por ejemplo, un emperador que es el emperador de los emperadores, el modelo definitivo y perpetuo de todos los emperadores. De tal manera que, cuando se piensa en el imperio, se piensa sobre todo en él. Y ese emperador es Carlomagno. Las invasiones se reanudaron tras él. Su imperio se desmoronó. Europa, que él quiso unificar, se fragmentó en una serie de reinos que, a su vez, se fragmentaron en otra serie de subdivisiones políticas. Su dinastía se extinguió. En definitiva, todo llevaría a pensar que su obra iba a desaparecer.

Pero Carlomagno permaneció en la memoria de todos los hombres de todos los tiempos como el prototipo del emperador católico. Y por eso mismo, el emperador por excelencia. Con toda la dignidad imperial, con toda la plenitud, o, mejor dicho, con toda la amplitud de personalidad propia de un emperador, con toda la elevación de espíritu propia de un emperador enviado por Dios para realizar la obra de Dios en la tierra. Como la personificación del gran hombre de su pueblo y, sobre todo, como un hombre tan profundamente imbuido de la gracia de Dios que, aunque cometió en su vida algunos pecados de los que parece que se arrepintió amargamente, es venerado como santo en varias regiones de Europa, hasta el punto de que se le ha asignado un día para su festividad en el calendario litúrgico: el día de la festividad de San Carlomagno. Algo que la Iglesia ha tolerado, ya que no se ha pronunciado sobre su canonización.

Así, ustedes pueden fijarse en otras personas, a un nivel mucho más bajo. Luis XIV, como el Rey Sol, el rey por excelencia en Francia. Felipe II, como el rey defensor de la fe, el rey dominador del mal por excelencia.

Y así, ustedes podrían, en todos los ámbitos, en todas las actividades, encontrar algunos personajes que resumen todo el papel, todos los aspectos morales del papel que deben representar.

La misma regla se aplica dentro de la Santa Iglesia de Dios. San Gregorio VII fue el Papa por excelencia; San Juan Bautista Vianney fue el modelo a seguir para todos los párrocos y San Carlos Borromeo fue el prototipo de obispo.

La Contra-Reforma: responder a los errores del propio tiempo

San Carlos Borromeo funda las escuelas de la Doctrina Cristiana – Carlo Buzzi – La escena ilustra el momento en el que el cardenal Carlos Borromeo (la figura central vestida de rojo) organiza las escuelas destinadas a la enseñanza religiosa y a la alfabetización de la población y de los niños de su archidiócesis. Catedral de Milán

San Carlos Borromeo nos interesa como gran figura de la Contra-Reforma.

Naturalmente, la Contra-Reforma nos interesa especialmente, porque si la Pseudo-Reforma fue uno de los grandes hitos de la Revolución, la Contra-Reforma fue, evidentemente, uno de los grandes hitos de la Contra-Revolución.

Las figuras históricas de la Contra-Reforma contribuyeron en gran medida a definir en la Iglesia todas las verdades que el protestantismo negaba. En ese sentido, representan un gran ejemplo para nosotros. Pero también son ejemplos en el sentido de que fueron lo contrario de los teólogos vacíos, de carácter no polémico, que no tenían la mirada puesta en los problemas de su tiempo, sino que hurgaban, por curiosidad, en cuestiones aquí o allá dentro de los jardines de la teología. Los otros, no. Tenían la mirada puesta en los problemas de la época, en el mal tal y como se presentaba en aquel momento, y tomaron posición contra ese mal. Y fue así como hicieron progresar mucho la doctrina católica.

Estudiar para servir a la Iglesia: conocer la verdad y refutar el error

Aquí hay algo que parece ser una categoría de pensamiento del contra-revolucionario. Se trata precisamente de no realizar estudios en el aire, que no tengan relación con la Revolución y con el aspecto que esta presenta en este momento. Sino estudios que están al servicio de la Iglesia, que se realizan para salvar almas, para refutar ideas falsas y, más aún, en los que la esencia del pensamiento se enriquece mediante la meditación sobre el error.

Lo que es propio de nuestras posiciones, lo que es propio del sentido cultural de la revista «Catolicismo», es conocer la verdad de dos maneras: a) deduciendo las verdades aún desconocidas a partir de las verdades ya conocidas; b) pero, en segundo lugar, observando lo que dice el error y, al refutar lo que dice el error, conociéndolas de forma negativa. No aprovechando los fragmentos de verdad que hay en el error, sino que, por exclusión, se comprende la verdad que hay que sostener.

Aquí tenemos un gran ejemplo para nosotros, por lo que debemos tener en gran estima a estos doctores de la Contra-Rreforma.

Personificar lo que se enseña: la fecundidad del ejemplo

San Carlos Borromeo no solo fue personalmente un gran obispo contra-reformista, sino que fue, en cierto sentido, “el” obispo de la Contra-Reforma. Esto no se debe únicamente a que fuera un hombre de gran preparación y cultura, que irradiaba estas cualidades en su época, sino a que encarnó el arquetipo del obispo. De los buenos obispos que han vivido desde la Contra-Reforma hasta nuestros días, muchos, muchísimos de ellos, tenían el ideal de ser obispos como San Carlos Borromeo. Y aquí viene otro gran ejemplo: no sirve de nada realizar obras refutando solo esto o aquello, sino que hay que ser la personificación de las obras que se publican, y hay que saber ser el propio símbolo, el arquetipo humano que se plasma en las obras que se redactan.

La labor que llevó a cabo como obispo de la Contra-Reforma y como modelo de obispo fue una labor de una eficacia para la Iglesia, sin duda mayor que la de sus propios escritos. No quiero decir que el ejemplo valga siempre más que el escrito —sería exagerado—, pero sí digo que, en este caso concreto, valió más por el ejemplo que por el escrito.

La grandeza exterior al servicio de la gloria de Nuestro Señor Jesucristo

Para no extenderme más, contaré un hecho de la vida de este santo, que es muy representativo de todo nuestro espíritu. En aquella época, D. Hélder Cámara [N.R.: Arzobispo de Olinda-Recife, fallecido en 1999, y de marcada orientación izquierdista, a tal punto que llegó a ser apodado como el “arzobispo rojo”] aún no había nacido y la Iglesia no se beneficiaba de las “luces” que él va derramando sobre toda la cristiandad. Y los espíritus “retrógrados, oscurantistas y propensos a la estupidez” juzgaban, al igual que nosotros también juzgamos, que un cardenal debía revestirse de pompa, grandeza y solemnidad para hacer resplandecer la gloria de Nuestro Señor Jesucristo ante los hombres. Más aún él, que, además de ser príncipe de la Iglesia, era hasta cierto punto señor temporal de Milán.

Además, fue durante cierto tiempo cardenal secretario de Estado; y, por si fuera poco, procedía de una gran familia italiana. Por todas estas razones, debía tener una pompa muy grande, y la tenía. Una vez iba en una espléndida carroza, con tapicerías acolchadas, todo muy bien dispuesto en su interior, etc., y él, con toda pompa, recorría las calles de Roma, o un camino, no lo recuerdo, cuando pasó a caballo, cerca de él, un fraile sencillo, pobre, etc., etc. Se saludaron mutuamente y el fraile le dijo: «Eminencia, qué agradable es ser cardenal. Qué forma más agradable de viajar que la de un simple fraile».

Bajo la púrpura, el cilicio: la penitencia oculta

Era la época en que los frailes se atrevían a decirle eso a un cardenal, porque los cardenales de hoy en día son muy sencillos, pero no toleran ese tipo de familiaridad. El cardenal Borromeo se volvió muy amablemente hacia el fraile y lo invitó, entonces, a viajar con él. El fraile entró, se sentó y luego empezó a gritar: debajo del asiento había cilicios, de modo que quien se sentaba allí se sentía fatal. Y el cardenal viajaba sobre cilicios, entre los baches de un camino, envuelto en sedas, cristales y púrpuras de un carruaje probablemente todo dorado y aún con plumas y lacayos. Así es como debe ser, así es como está bien hecho.

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