“Santo del Día” – sin fecha, pero de 1964
A D V E R T E N C I A
El presente texto es una traducción y adaptación de la transcripción de una exposición oral del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a socios y cooperadores de la TFP, por lo que tiene un estilo coloquial y no ha sido revisado por el autor.
Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia con respecto al Magisterio de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:
«Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Sin embargo, si por descuido hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».
Las palabras «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.

Nuestra Señora del Perpetuo Socorro es uno de esos temas sobre los que hay mucho que decir y, al mismo tiempo, poco que decir. Hay poco que decir porque, en lo que respecta a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, lo que sé es que se trata de un icono de la Iglesia Oriental, sobre fondo dorado, como es característico en las pinturas de estilo oriental, con algo de esa rigidez y esa inmovilidad que caracteriza a la pintura aún influenciada por el estilo oriental, y es una devoción que, si no me equivoco, nació en el sur de Italia, donde, precisamente, la influencia de la Iglesia de Oriente es tan grande que, hasta hoy, en la isla de Sicilia, existen una o dos diócesis católicas apostólicas romanas, pero de rito oriental, de rito griego, debido a la continuidad de la influencia griega en la isla de Sicilia.
Esta devoción se ha extendido por todo el mundo y, por una serie de razones históricas y concretas, se ha convertido en la invocación especial de la Congregación de los Redentoristas. Ha sido, como es sabido, objeto de la difusión de un enorme número de gracias dentro de la Iglesia, y está colmada de favores, protecciones e indulgencias por parte de la Iglesia.
Un socorro que excede toda medida humana
De lo que deberíamos hablar es del título de Perpetuo Socorro, que es el título con el que Nuestra Señora quiso ser venerada en esta devoción, y que se diferencia de otros muchos títulos con los que se la venera.
Pero me gustaría señalar, ante todo, que este título coincide con otras formas, con otros aspectos y con otros títulos que invocan la misma idea. Por ejemplo, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y Nuestra Señora Auxiliadora: quien ayuda, socorre, y quien socorre, ayuda; Nuestra Señora Auxiliadora y Nuestra Señora del Amparo: quien ampara, socorre; quien ampara, ayuda; quien ayuda, de alguna manera, ampara y socorre. Es decir, estas invocaciones que se distinguen entre sí —porque surgieron en lugares diferentes, porque fueron recomendadas a los fieles con motivo de ocasiones y circunstancias diferentes—, estas invocaciones, sin embargo, en diversos aspectos, celebran, ora la solicitud con la que Nuestra Señora interviene en los acontecimientos de la vida cotidiana, ya sean de orden espiritual o de orden temporal, ya sean acontecimientos que afecten al destino de las personas, ya a los de las familias, los Estados, la Santa Iglesia, las familias de almas, o a los intereses de la causa ultramontana; y, en otras ocasiones, el esmero, la frecuencia, la bondad y la condescendencia con que Ella interviene para ayudar a quienes acuden a Ella.
Este concepto, sin embargo, común a tantas invocaciones, tiene en la invocación de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro un elemento propio. Es la palabra «perpetuo». A Nuestra Señora Auxiliadora no se la llama Nuestra Señora del Perpetuo Auxilio, como tampoco se la llama Nuestra Señora del Perpetuo Amparo. Por lo tanto, en esta invocación a Nuestra Señora, lo que se glorifica especialmente no es el hecho de que Nuestra Señora, con mucha frecuencia, con mucha generosidad, con mucha ternura, ayude a los católicos, sino el hecho de que esa ayuda es perpetua. La perpetuidad de esa ayuda es el aspecto en el que recae el énfasis de esta invocación.
Pero ¿por qué la perpetuidad de esa ayuda? Porque, si bien la ayuda es algo muy precioso, sobre todo cuando procede de la Reina del Cielo y de la Tierra, que todo lo puede porque ha sido llamada «La Omnipotencia Suplicante» —Aquella que, por el valor de sus súplicas, todo lo puede—, si esta ayuda de Nuestra Señora es muy preciosa, sin embargo, lo que tiene, por un lado, de más bello es el hecho de ser perpetua.
La misericordia que antecede al mérito
Imaginad a una persona que es un mendigo, un desdichado, un leproso. Pero esa persona recibe, por ejemplo, la gracia de una reina. Digamos que es un indigente de Inglaterra, pero que la reina Isabel II se compadece de él y, de vez en cuando, le brinda ayuda. Podemos entusiasmarnos ante la condescendencia de la reina al volverse hacia el más humilde y miserable de sus súbditos y, desde lo alto de su trono, de vez en cuando, hacer descender algo para ese súbdito suyo. Podemos extasiarnos ante su condescendencia, podemos regocijarnos con la felicidad de ese súbdito cuando le llega esa gracia inesperada e inmerecida, y podemos, entonces, cantar las glorias de la reina.
Pero siempre queda esto: una ayuda tan discrecional, una ayuda concedida con tanta generosidad a una persona que, de tal manera, no la merece, ¿no dejará de prestársele? ¿No llegará un momento en el que esa persona abuse de ella? ¿En el que, tras haber hecho tantas y tales cosas, ya no reciba más ayuda? Es decir, el cese de la ayuda es la sombra que se esconde dentro de la propia ayuda. ¿No habrá un momento en el que la reina, ocupada con otras cosas, se olvide de aquel desdichado? ¿No habrá un momento en el que ella diga, cansada de dar tanto: «Le he dado tanto a este hombre y nunca endereza su vida; voy a dejar de darle ahora»? ¿No llegará un momento en que la reina diga: «Al fin y al cabo, son muchos los que me piden ayuda. Ya le he dado mucho a él. Ahora se lo daré a otro»?
¿No habrá una situación en la que la reina, al tener que enviar su ayuda, sepa que él está en una canoa en los mares entre Escocia y el Polo Norte, y decida no enviar la ayuda, ya que el lugar está lejos y el pobre comete demasiados errores, habiéndose metido incluso en esas lejanías? «No será posible —dirá la reina— enviar un helicóptero de la Marina Real a buscar a ese hombre, sacarlo de donde está y llevarlo a un lugar seguro, a una casa». ¿Y si, por ejemplo, ese hombre hiciera algo en contra de la propia reina? ¿Y si tuviera la desgracia de atentar contra ella, si hiciera algo, por ejemplo, que constituyera una calumnia contra la reina? ¿No diría la reina que él se había pasado de la raya y que ahora ella ya no tiene nada que ver con él? Es decir, podemos imaginar mil circunstancias en las que ese apoyo cesaría, y en las que la reina dejaría de interesarse por ese desdichado.
La continuidad del auxilio en todas las pruebas
Pues bien, precisamente Nuestra Señora no se comporta así con nosotros. Y la perpetuidad de su auxilio indica expresamente lo contrario. Por muy mal que lo hagamos, por mucho que abusemos, por muy increíbles que sean nuestras ingratitudes, por muy grave que sea el peligro, por muy extraordinario que sea el milagro que tengamos que pedir, por muy extremo, por muy improbable que sea lo que debamos pedir, siempre que no sea algo malo en sí mismo, Nuestra Señora es la Madre del Perpetuo Socorro. Es decir, la Madre que se glorifica en atender siempre, en acudir siempre, en acoger siempre, de tal manera que no existe ninguna hipótesis posible en la que, al rezarle, no seamos escuchados y socorridos.
Está claro que, en ciertas circunstancias, Ella se reserva el derecho de no concedernos lo que pedimos. Pero «no concedernos» es solo una forma de hablar, porque Ella puede retrasar el momento de concedernos lo que pedimos, pero ese retraso es para darnos después el céntuplo de lo que pedimos. Dichosos aquellos a quienes Nuestra Señora hace esperar. Ella viene con las manos cargadas de dones multiplicados. También puede ser que Nuestra Señora no nos conceda la gracia que pedimos, pero acaba dándonos otras gracias mucho más preciosas que aquellas que pedimos.
