“Santo del Día”, 15 de septiembre de 1965, con algunas inserciones del “Santo del Día” del 15 de septiembre de 1970
A D V E R T E N C I A
El presente texto es una adaptación de la transcripción de la grabación de una conferencia del profesor Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a los socios y colaboradores de la TFP, por lo que conserva el estilo verbal, y no ha sido revisado por el autor.
Si el profesor Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia con respecto al Magisterio tradicional de la Iglesia. Esto es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a ese estado de ánimo tan hermoso y constante:
«Como católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con fervor filial a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Si, sin embargo, por descuido, hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».
Los términos «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el profesor Plínio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.
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Los siete dolores de la Virgen – (1528-1535) – Adriaen Isenbrandt – Iglesia de Notre-Dame – Bruges
La fiesta que recuerda el dolor redentor de María
Hoy se celebra la fiesta de los Siete Dolores de Nuestra Señora. Fiesta extendida a toda la Iglesia por Pío VIII, en memoria de la protección de la Santísima Virgen en la liberación de Pío VII. Como ustedes saben, Pío VII estuvo durante mucho tiempo prisionero de Napoleón. Y él atribuyó su liberación a la intercesión de Nuestra Señora.Pío VII estuvo, pues, mucho tiempo preso en las garras de Napoleón y atribuía su liberación a la intercesión de Nuestra Señora de los Dolores. A veces a Nuestra Señora Auxiliadora y otras a Nuestra Señora de los Dolores. Eran dos invocaciones a las que, sin duda, había recurrido mucho para pedir su liberación.
Pío VIII, que sucedió a Pío VII, elevó entonces la festividad a esa categoría, quizá atendiendo a alguna petición póstuma de Pío VII. El pontificado de Pío VIII fue muy breve, efímero, por lo que este acto debió de tener lugar poco después de su elección como papa.
Sobre esta fiesta comenta Dom Prosper Guéranger en su “L’Année liturgique“:
“Durante la octava de Navidad, el pensamiento del sufrimiento no se presenta al espíritu de los fieles, pero si nosotros hubiésemos preguntado: ‘¿Qué será ese niño?’, habríamos visto exactamente que, si todas las naciones deberían un día proclamarla bienaventurada, María debería sufrir antes con su Hijo, para la salvación del mundo. Ella, por la voz pela liturgia, nos invita a considerar su dolor: “O vosotros todos que pasáis por el camino, parad y ved si hay dolor igual a mi dolor. Dios me puso y estableció en la desolación. Mi dolor es obra de Dios.
“Es Él quien, predestinándola a ser Madre de su Hijo, unió indisolublemente su persona a la vida, a los misterios, a los sufrimientos de Jesús para ser, en la obra de la Redención, su fiel cooperadora. Es necesario que el sufrimiento sea un bien muy considerable para que Dios, que ama tanto a Su Hijo, le haya dado tanto sufrimiento. Y como después de Su Hijo, Él ama a la Santísima Virgen más que a cualquier criatura, quiso darle a Ella el sufrimiento como uno de los más ricos regalos.
“El sufrimiento le vino con Jesús, ‘ese niño incómodo’, como dice Bossuet, porque Jesús, cuando entra en cualquier lugar, entra con su Cruz; y la trae con sus espinas, y la distribuye a todos los que la aman.
“La solemnidad de ese día, que nos muestra sobre todo a María en el Calvario, nos recuerda ese dolor supremo de todos los dolores, conocidos o no, que llenaron la vida de Nuestra Señora. Si la Iglesia se detuvo en el número de siete, es porque ese número expresa siempre la idea de totalidad o de universalidad. En efecto, para comprender la extensión y la intensidad de los sufrimientos de Nuestra Señora, es necesario conocer lo que fue su amor por Jesús. Y su amor aumentó su sufrimiento. La naturaleza y la gracia concurren para producir en el corazón de María impresiones profundas. Nada es más fuerte y más imperioso que el amor que la naturaleza da por un hijo y que la gracia da por un Dios”.
Plinio Corrêa de Oliveira: el sufrimiento como prueba del amor de Dios
Vamos a concentrarnos en dos ideas que se encuentran aquí: la primera es que Dios, habiendo amado con amor infinito a su Verbo Encarnado, Nuestro Señor Jesucristo, y habiendo amado a Nuestra Señora con un amor inferior a ese, pero superior a todos los demás amores, le dio todo cuanto existe de mejor. Y por eso le dio aquella inmensidad de cruces que es representada por el número siete. Son siete dolores, es decir, son todos los dolores. Y Nuestra Señora de los Dolores podría ser llamada con propiedad Nuestra Señora de todos los Dolores, porque no hubo dolor que Ella no sufriese.
Por eso, si es verdad que todas las generaciones la llamarán bienaventurada, a un título menor, pero inmensamente real, todas las generaciones la podrían haber llamado “infeliz”. Si esto es así, deberíamos comprender mejor, cuando el dolor penetra en nuestra vida, que es una prueba del amor de Dios. Y que mientras el dolor no penetre en nuestra vida, no tendremos todas las pruebas del amor de Dios. Y yo agregaría, y lo justificaré adelante, que no tenemos la principal prueba del amor de Dios.
¿Qué quiere decir esto? Yo veo las fisonomías de muchas personas. Y en ellas percibo que les falta todavía sufrimiento. Les falta una nota de madurez, una nota de estabilidad, una nota de racionalidad, una elevación que solo tiene quien sufrió, y que sufrió mucho; y quien lleva una vida sin sufrimiento, lleva una vida en que esa nota no trasparece en la fisonomía y, lo que es mucho peor, no trasparece en el alma.
Debemos comprender esto y, cuando comiencen a aparecer los contratiempos, las dificultades en nuestro apostolado, malentendidos con los amigos, malentendidos con nuestros jefes, la salud que anda mal, los negocios que no van bien, problemas dentro de casa, no deberíamos tomar esto como un absurdo, como el espíritu estadounidense querría que se le diera, es decir, como algo que no debería ocurrir. ¿Cómo ocurrió una cosa así? … ¡No Señor!
Quien no sufre es quien debería preguntar: ¿Cómo me está ocurriendo esto, ya que no estoy sufriendo nada? Porque lo normal es sufrir. A quien Dios ama, a quien Nuestra Señora ama, este sufre, porque Dios no va a recusar a este hijo aquello que dio en abundancia a los dos seres que más amó, que son Nuestro Señor Jesucristo y Nuestra Señora.
Comprendan, pues, que lo normal es sufrir. Y consideren esto como algo normal en su vida: tentaciones, pruebas, crisis nerviosas, todo tipo de cosas; debemos pedir que pasen, pero, en la medida en que no pasen, debemos bendecir a Dios y a Nuestra Señora. San Luis Grignion llega a decir que quien no sufre debe hacer peregrinaciones y oraciones pidiendo sufrimiento, aunque condiciona esta petición a la aprobación de un director espiritual, porque es una petición muy grave. Pero es que quien no sufre, no va tan bien [en su vida espiritual] como podría ir, y a veces va completamente mal.
Entonces ustedes tienen la frase estupenda de Bossuet, con respecto a Nuestro Señor Niño, ‘ese niño incómodo’. ¡Cómo todos los que quieren seguir a nuestro Señor son incómodos! A veces tenemos la sensación experimental de esto. Comenzamos a dar un consejo, un ejemplo, comenzamos a pedir un sacrificio, y el semblante de nuestro interlocutor va denunciando que nos está considerando incómodos. ¡Cómo sería más fácil decir un chiste alegre, hacer una broma, terminar todo con una palmada en la espalda y dispensar de una obligación!
¡Qué agradable sería mandar, si fuera así! Pero mandar es todo lo contrario: mandar es exigir que nuestro subordinado se tome las cosas en serio, que las contemple desde su lado más profundo. Que vea las cosas desde su lado más elevado, más serio, más sublime; que se enfrente a su propia alma, que se examine a sí mismo detenidamente, que intente corregir de forma efectiva y seria sus defectos. ¡Y qué incómodo resulta esto!
Pues bien, el peso de ser incómodos es uno de los mayores pesos, y también ese debemos cargarlo. En nuestras familias nos encuentran incómodos porque les recordamos el deber. La resignación agrega a esa incomodidad el coraje de ser incómodos en todas las circunstancias; dar nuestra amistad de modo preferente a nuestros amigos incómodos, cuando su incomodidad consiste en recordarnos el deber. Estas son las virtudes que, en el día de los Siete Dolores de Nuestra Señora, debemos pedirle.
Ella, que también tuvo un hijo que le trajo tantas divinas incomodidades y que, invitándonos a meditar sobre su dolor, nos convida a meditar sobre la seriedad y la sublimidad de su existencia y de la nuestra, y de ese modo es también para nosotros maternal y estupendamente incómoda.
¿Qué pedirle a la Virgen en esta fiesta?
¿Qué sentido tiene pensar que Nuestra Señora de los Dolores es una intercesora, o que esta invocación es especialmente propicia para obtener un favor como la liberación de alguien? El Papa estaba sufriendo. Y todos aquellos que sufren tienen una razón especial para pedirle a Nuestra Señora, bajo esta invocación, un apoyo, una ayuda para salir de la prueba en la que se encuentran.
La razón radica en que la experiencia demuestra, y esto concuerda con las reglas de la psicología, que las personas que sufren son más compasivas que aquellas que nunca han sufrido. Quien ha pasado por un gran dolor comprende mejor lo que es un gran dolor. Está más dispuesto a ayudar. Y así, los que sufren son quienes más ayudan a los que sufren.
Y comprendemos entonces que Nuestra Señora, en su dolor, era particularmente propensa a atender las peticiones de quienes sufren. Que Ella sufrió precisamente por quienes sufren. Que Ella sufrió para que quienes sufren, sufrieran menos.
De modo que, ¿qué es muy razonable pedirle a Ella, en esta ocasión, en su fiesta? Que por el mérito insondable —no infinito, sino insondable, inapreciable— de sus dolores, que sin duda ofreció por nuestros pecados, obtenga la dispensa de los castigos que merecemos por nuestros pecados. Y que, gracias a esos méritos, podamos alcanzar en el Cielo, con menos esfuerzo, todo el grado de gloria al que hemos sido llamados. Es una excelente petición para la fiesta de Nuestra Señora de los Dolores.

