Madame Elisabeth: el martirio de una princesa y el verdadero rostro de la Revolución Francesa

Su crimen: ¡ser hermana del Rey!

La majestad aristocrática frente al odio igualitario

“Santo del Día” – 13 de enero de 1970


A D V E R T E N C I A

El presente texto es una adaptación de la transcripción de la grabación de una conferencia del profesor Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a los socios y colaboradores de la TFP, por lo que conserva el estilo verbal, y no ha sido revisado por el autor.

Si el profesor Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia con respecto al Magisterio tradicional de la Iglesia. Esto es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a ese estado de ánimo tan hermoso y constante:

«Como católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con fervor filial a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Si, sin embargo, por descuido, hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».

Los términos «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el profesor Plínio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.


 

Madame Élisabeth de France (1764–1794) – Adélaïde Labille-Guiard – ca. 1787 – Metropolitan Museum of Art – New York

La Revolución Francesa bajo acusación

El interés por este personaje, un interés especial, radica en lo siguiente: como ustedes saben, la Revolución Francesa es presentada por la mayoría de los historiadores como uno de los acontecimientos más trascendentales de la historia de la humanidad, en el sentido de que representó un paso más en la historia de la liberalización del hombre.

Los partidarios de la Revolución Francesa entienden que aquello fue una explosión de lo mejor del espíritu humano; el espíritu humano que no se conformaría con la sumisión, no se conformaría con los grilletes, no se conformaría con la desigualdad, y que, impulsado por una noble sed de igualdad, libertad y fraternidad, habría promovido entonces la Revolución. Y para justificar la tesis de que el espíritu de la Revolución era muy noble, idolatran a los grandes hombres de la Revolución, sosteniendo que fueron hombres de cualidades humanas excepcionales.

Nuestra tesis —la verdad histórica— es exactamente lo contrario. La R-CR [Revolución y Contra-Revolución] demuestra que la Revolución Francesa fue la consecuencia necesaria del protestantismo, es decir, la explosión en el ámbito político —o en el terreno de las estructuras políticas— del mismo espíritu de rebelión y sensualidad, de orgullo y sensualidad que anteriormente había generado el protestantismo. Y, en consecuencia, existe también una polémica no solo en torno a las ideas de la Revolución, sino también a los hombres de la Revolución. Nosotros, que somos adversarios de la Revolución Francesa, nos esforzamos por mostrar la Revolución Francesa en su verdadero aspecto, no solo refutando las doctrinas, sino demostrando que los hombres que fueron los exponentes de la Revolución eran criminales, hombres sin moral alguna, todo lo contrario de la fraternidad que pregonaban, hombres sanguinarios, crueles y tiránicos.

Y uno de los crímenes de la Revolución en el que ese espíritu se manifiesta de forma más evidente es el cometido contra una de las personas de la familia real de Francia, que era la princesa Isabel, a la que los historiadores suelen llamar Madame Élisabeth (Élisabeth Philippine Marie Hélène; 3 de mayo de 1764 10 de mayo de 1794).

Princesa Isabel: inocencia perseguida y víctima del odio revolucionario

¿Quién era esta princesa Isabel? Era hermana del rey Luis XVI. Era soltera y era una persona no solo de gran pureza de costumbres, sino también de ardiente piedad. Frecuentaba la corte, donde cumplía con los deberes que le correspondían como hermana del rey, pero su tiempo libre lo pasaba en un pequeño castillo que tenía lejos de Versalles; y dedicaba su tiempo a la piedad y a las obras de caridad. Repartía víveres y ayudaba a los campesinos, a los trabajadores rurales que vivían por allí cerca.

Madame Elisabeth repartiendo alimentos cerca del palacio de Versalles – cuadro de Richard Fleury François

Era, por tanto, una persona conocida por su notable caridad. Vivía completamente al margen de la política. Como, por otra parte, es normal. Al ser una joven, sin funciones relacionadas con la política, vivía en el más absoluto alejamiento de la política. Muy dedicada a su hermano, habría tenido todas las facilidades para casarse, pero no quiso hacerlo para poder vivir allí, cerca de la familia real, y prestando la ayuda que las circunstancias le exigieran.

Cuando estalló la Revolución Francesa, todos los hermanos del rey, excepto ella, abandonaron Francia; ella, heroicamente, quiso afrontar los riesgos —evidentes desde el principio— de la Revolución Francesa para poder ayudar a su hermano, a su cuñada, la reina María Antonieta, y a sus sobrinos, hijos de ese matrimonio, y poder socorrerlos en las amarguras de la Revolución que se avecinaba. Y, de hecho, siguió paso a paso el drama de la familia real. Acabó siendo encarcelada por los revolucionarios, junto con la familia real, y posteriormente fue juzgada.

Tras Luis XVI y María Antonieta, que, como ustedes saben, fueron condenados a muerte y guillotinados, llegó su juicio y ella también fue condenada a muerte. Ahora bien, ¿condena a muerte por qué delito? Ningún delito. No podía ser delito ser hermana del rey, porque nadie mata a una persona por ser hermana de un criminal. Por muy malo que sea el criminal —digamos, esos miserables hippies que mataron hace algún tiempo a unas personas en Los Ángeles [Referencia al asesinato de Sharon Tate en 1969, a manos de miembros de la «Familia Manson»]—, ustedes no van a leer en el periódico la siguiente noticia: «Han sido muertos tales hippies y una hermana de ellos, que no tenía nada que ver con el caso, muerta por ser hermana». Es decir, eso no tiene sentido, a nadie se le pasa por la cabeza.

Durante el proceso no se le pudo imputar ningún delito. Ni siquiera fue acusada de ningún delito. La mataron exclusivamente por odio, por ser hermana del rey. Ustedes están viendo ahí el carácter bestialmente rencoroso de los líderes y, por lo tanto, también de los secuaces, de una Revolución llevada a cabo en nombre de la fraternidad.

Ahora bien, sería interesante que, tras examinar el aspecto Revolución, pasáramos a examinar el aspecto Contra-Revolución; es decir, la dignidad con la que esta princesa afrontó —o, mejor dicho, soportó— los tormentos que se abatieron sobre ella, y su muerte. Naturalmente, este no es el momento, ni habría tiempo, en un simple «Santo del Día», para relatar su biografía. Pero vamos a ver las escenas de su muerte, los últimos episodios de su muerte.

La Princesa Isabel en el Temple, por Alexandre Kucharski, 1792; col. particular.

Estos episodios tienen un gran significado y voy a leerlos aquí. Están extraídos del libro «Madame Élisabeth: aspectos desconocidos» [versión original francesa: “Madame Elisabeth inconnue”, Paris, Beauchesne et fils, 1955], de la autora Madeleine-Louise de Sion. El fragmento que voy a comentar es el siguiente:

La serenidad ante el martirio frente a la crueldad revolucionaria

«La princesa Isabel fue condenada junto con veinticinco personas, en su mayoría de la alta nobleza, aunque entre ellas también había gente del pueblo. El presidente del tribunal, …»

Un tribunal revolucionario y republicano que la condenó.

«…Dumas, no pudo evitar hacer bromas de mal gusto sobre la muerte de estas víctimas. Y dijo: «Isabel de Francia no podrá quejarse, pues hemos formado a su alrededor una corte de aristócratas dignos de ella, …».

El sarcasmo y la burla sobre quien camina hacia la muerte. La princesa, una serie de damas de la nobleza, y entonces: «Así es, no puede quejarse, va una hornada de nobles».

«… y nada podrá impedir que se sienta aún en los salones de Versalles, cuando se vea a los pies de la santa guillotina, rodeada de toda esa nobleza fiel».

Ustedes están viendo el sarcasmo y el peso de ese sarcasmo. Un hombre, cuando trata con una dama, aunque sea el mayor enemigo de esa dama, debe tratarla con cierta cortesía. No debe abusar de su fuerza contra la debilidad. Eso es algo elemental de la caballerosidad. Y más aún un juez con aquella a quien acaba de condenar. Por lo tanto, debe avergonzarse de manifestar rencor hacia la persona a la que ha condenado. Más aún con una persona condenada a muerte. Porque la muerte tiene una majestad, la muerte tiene una respetabilidad tremenda. Es un castigo de Dios, pero como todo lo que viene de Dios, la muerte tiene una grandeza que hace que todo el mundo respete a quien va a morir. Será el hombre más vil del mundo, pero, una vez que lleva marcado en la frente el signo de la muerte, se le respeta.

A un delincuente que está en la cárcel y que va a ser ejecutado, tras haber sido condenado a muerte, se le suelen conceder todos sus deseos, siempre que no sean delictivos; incluso se le sirve una última comida con todo lo que pida. Y algunos la comen, tal es el apetito humano. El hombre es así, algunos la comen.

Mme. Elizabeth siendo conducida al suplicio (Paul Delaroche – 1856)

A nadie le parecería legítimo acercarse a un delincuente merecidamente condenado a muerte y empezar a burlarse de él: «Vas a morir… ¿Te lo imaginas? Ahora te van a ejecutar aquí». O bien: «En la silla eléctrica, mira qué descarga…». Nadie haría eso. ¿Por qué? Porque es una barbaridad, es una cobardía; es un delincuente, pero lleva marcado en el frente el signo de la muerte, y a partir de ese momento se le empieza a respetar.

Ella estaba condenada a muerte; este delincuente, un hombre, burlándose de una mujer; un juez burlándose de aquella a quien había condenado; y, por último, un ser humano burlándose de una persona que va hacia la muerte. Se burla de esa manera; al verla en esa humillación, al verla despojada de toda su antigua pompa, hace un comentario sarcástico. Ella se sentirá a los pies de la guillotina como en su esplendor en Versalles. Es decir, es casi imposible llevar la bajeza humana más allá. Es el espíritu de la Revolución Francesa. Ahora bien, continúa; dice:

«De hecho, la hermana de Luis XVI iba escoltada por tres marquesas, dos condesas, entre otras personas de la nobleza. Con gran serenidad, escuchó su sentencia de muerte, pidiendo únicamente y con cortesía que le trajeran un sacerdote; a lo que Fouquier Tinville, el fiscal, respondió con desdén: «Oh, morirá muy bien sin la bendición de un capuchino».

Es algo que tampoco se hace: negar a una persona el último consuelo de la religión. Incluso conozco casos de ateos que, cuando alguien está a punto de morir y pide un sacerdote, el ateo va a buscarlo. ¿Por qué? Porque el ateo razona de la siguiente manera: está bien, la religión no es verdadera, pero le voy a dar consuelo en la hora de la muerte. No le niego ese consuelo en la hora de la muerte. Y continúa:

«Tras ser condenados a muerte en el tribunal, los llevaron a todos a la cárcel. Y en la cárcel, sus compañeros que se encontraban allí —pues antes no se habían visto— le cedieron el lugar de honor que ella, con toda naturalidad, ocupó».

«La serenidad de la mirada de la princesa, la dignidad de su actitud…»

Hay mucho valor en mantener la serenidad cuando se acerca la muerte, y más aún cuando se es una joven como ella; en mantener la dignidad cuando uno se encuentra en la más absoluta de las humillaciones —bueno,

«La serenidad de la mirada de la princesa, la dignidad de su actitud, la fuerza de sus palabras, no tardaron en crear a su alrededor un ambiente de heroísmo que contagió a todos».

Fíjense qué belleza. Ella es débil, ella es la frágil, ella es la más derrotada … ¡ella es la heroína! Y no es la heroína de la grandilocuencia ni de la falta de distancia psíquica, sino la heroína de la fe, la heroína de la serenidad. Ella transmite tanta nobleza ante el martirio que va a sufrir —y se trata de un verdadero martirio— que el ambiente cambia de inmediato. Consiguió animar a los débiles y dar fuerzas incluso a quienes se mostraban fuertes.

«Una marquesa de setenta y tres años [Madame de Sénozan]…»

Vean ustedes lo que es el ser humano…

«… estaba aterrorizada y temblorosa ante la muerte. La princesa, con especial deferencia, le hizo ver que, al fin y al cabo, iba a morir joven y que estaba más serena que ella, y que debía alegrarse de que, al fin y al cabo, había vivido al menos setenta y tres años».

Me recuerda el comentario de un francés: se cuenta que dos franceses se encontraron, y ambos estaban ya un poco entrados en años. Y uno le dijo al otro: «Qué fastidio envejecer». El otro respondió: «Yo no lo creo. Es la única forma de vivir mucho tiempo». Ese es el espíritu francés. Porque, una vez dicho esto, no hay nada más que añadir. Una respuesta lapidaria y nada más. Hay que callarse y cambiar de tema.

«La marquesa se sintió reconfortada con pensamientos de fe, etc., y se animó. La anciana marquesa acabó por calmarse y ofrecer generosamente a Dios los pocos años que aún le quedaban por pasar en esta tierra.

«Una condesa, que había visto cómo guillotinaban a todos sus parientes, no se resignaba ahora a la muerte de su hijo Calixto, de apenas 20 años, que había sido condenado junto con ella. La princesa Isabel le hizo ver el privilegio de que murieran los dos juntos y los peligros a los que se expondría el joven en una tierra devastada por los errores».

Los errores de la Revolución Francesa. Ella quería demostrar que un alma se perdería fácilmente y que una madre que tuviera fe debía comprender que era una gracia que ambos murieran en aquella ocasión, yendo el hijo al cielo con el alma en paz —en excelente estado, como ustedes verán— en lugar de estar expuesto a los riesgos de esa vida.

«Para otra condesa [Madame de Sérilly] que esperaba un hijo, la princesa Isabel consiguió un salvoconducto que permitió que la joven señora no fuera condenada».

Para que no se ejecutara la sentencia en su contra. Es decir, ella, condenada a muerte, solo pensaba en los demás, solo se preocupaba por los demás, e incluso salvó la vida de una persona. Es decir, esas fueron sus últimas horas. Observen ustedes la elevación de ese espíritu impregnado de tradiciones y la bestialidad de la crueldad revolucionaria. Ahí tienen ustedes dos espíritus, dos mundos en conflicto, y pueden apreciar bien el contraste entre uno y otro. Sigue la narración:

«Tras un día de prisión y después de que el canónigo de Chambertrand [Louis Claude Lhermitte de Chambertrand, canónigo de la catedral de Sens y antiguo superior de los carmelitas de dicha ciudad] hubiera prestado asistencia espiritual a todos…»

Eran sacerdotes que se infiltraban en las cárceles vestidos de laicos, y nadie sabía que eran sacerdotes, y que tenían el heroísmo de dejarse detener para poder entrar en la cárcel. Y entonces concedían la absolución, etc., porque en aquellas cárceles estaba permitido pasar de una celda a otra. Y entonces, cuando veían que las personas estaban condenadas a muerte, con un pretexto u otro, se acercaban y hacían una señal, y les concedían la absolución; a veces incluso les daban la comunión; guardaban partículas, celebraban misa, hacían mil cosas extraordinarias en la cárcel. Así pues, dice lo siguiente:

«… a las cinco de la mañana vinieron a cortar el pelo a las señoras».

La princesa Isabel de Francia en la cárcel, 10 de mayo de 1794 – Charles Rochussen, 1867.

Era una de las cosas más trágicas que precedían a la muerte. Y es que era necesario… La guillotina, como ustedes saben, es una cuchilla que la persona acciona en un punto mediante una cuerda, y la cuchilla cae; entonces, la víctima está tumbada, y la guillotina cae sobre la nuca y corta la médula espinal. Y la persona muere, porque la guillotina luego le corta la cabeza entera. La muerte se produce inmediatamente después. Es una cuchilla muy afilada. Pero en interés del propio condenado, para que la guillotina funcione bien y la persona muera enseguida, conviene cortarle el pelo; incluso a los hombres se les afeita todo, por completo, en la nuca, porque a veces unos pequeños mechones de pelo pueden suponer un obstáculo para la guillotina.

Así pues, era en interés del condenado, pero también en interés de la Revolución, porque mataban a tanta gente en un mismo día que, para poder despachar rápidamente las tandas de presos, era necesario que la cuchilla no se detuviera, que no hubiera contratiempos, para poder matar a muchos. Por eso, la víspera o, a veces, la misma mañana, venían los empleados con tijeras o navajas y los afeitaban. Sobre todo, las mujeres, que en aquella época llevaban el pelo largo, se lo afeitaban completamente por detrás. Y ese metal que se deslizaba por la nuca era el precursor de aquel otro metal que vendría en breve y que haría un trabajo muy diferente.

Ustedes pueden imaginar la impresión que causaba a la gente al ver llegar… Pongámonos un poco en su lugar; en este caso, la impresión que causaba a la gente al ver llegar, por ejemplo, la navaja y acariciar la nuca y luego preguntarle al interesado: «¿Está bien?». Le pasa la mano: «Mira, aquí todavía quedan unos pelitos». Se comprende que no es poca cosa… ¡Es terrible! Bueno, después, a las mujeres les hacían una especie de «toilette fúnebre»: las vestían completamente de blanco. Ataban las manos de todas las víctimas por detrás y las empujaban a patadas hacia los carros, donde iban de pie, ante una multitud que observaba. Entre la multitud, de vez en cuando, había algún sacerdote. Y el sacerdote, desde una ventana, con una mirada disimulada o, mejor dicho, desde un lugar oculto —ellos ya lo sabían—, se quedaba mirando.

Y el sacerdote impartía una bendición, una última absolución que era, evidentemente, un precioso consuelo para quien se encaminaba hacia la muerte. Entonces, por la mañana, vinieron los empleados de la prisión para cortarles el pelo a todos, sobre todo a las señoras y a la princesa Isabel.

«…a las cinco de la mañana vinieron a cortarles el pelo a las señoras. Después, los carros se dirigieron al lugar de la ejecución».

La guillotina se encontraba en medio de una plaza pública, enorme, y todos los revolucionarios asistían a la escena; cuando caía la cabeza, había un agujero en la plataforma, caía al suelo y acababa en una cesta. Y los cuerpos se apartaban a un lado. Después, se apilaban los cuerpos y las cabezas en un carro y todo se arrojaba a la fosa común del cementerio.

«Al llegar a la plaza de la guillotina, los condenados se sentaban en taburetes, esperando a que les llamaran por su nombre».

Los taburetes estaban en lo alto, en la plataforma. Había una plataforma, una especie de estrado, donde se encontraba la guillotina. Y los taburetes estaban en lo alto.

«Madame de Crussol fue la primera en ser llamada».

Ahora, señores, fíjense en la altivez de esto ante un pueblo igualitario. Lo que se va a contar ahora:

Dos mundos frente a frente: la victoria moral de la Princesa Isabel

«Sin embargo, antes de llegar a la guillotina, [la marquesa] se acercó a la princesa y la saludó como se hacía en la corte».

Una gran reverencia. ¿Son o no son dos mundos completamente diferentes? El mundo del respeto, el mundo de la veneración, el mundo de la humildad, por un lado; el mundo del orgullo, el mundo del paganismo, el mundo del «non serviam», por el otro.

«La princesa Isabel, a cada dama que iba a morir, le respondía con una inclinación de cabeza, la llamaba y la besaba. Después de eso, la dama subía. La escena era de tal majestuosidad que los revolucionarios no se atrevieron a hacer nada».

Porque realmente hay ciertas cosas que no son posibles. No son posibles. Ante la muerte, ante esa chusma igualitaria, tal valentía por parte de una dama, que se arriesgaba a recibir una paliza antes de morir. Y aquella profunda reverencia y el beso de la princesa, y todo ello realizado con aquella suavidad propia del Antiguo Régimen, y aquel beso en el que se rozaban dos cabezas que en breve rodarían, ustedes comprenderán lo que eso significa.

«Su gesto fue imitado por todas las demás damas; después vinieron los hombres, que hacían una profunda reverencia ante la princesa; algunos llegaron incluso a arrodillarse ante ella. Ella también les respondía, subían y también eran decapitados. Fue la última recepción de Isabel de Francia, y fue la última vez que aplicó el protocolo de la corte francesa. Con motivo de cada ejecución, la princesa rezaba el De profundis en voz alta».

El De Profundis es un salmo que dice: «Desde lo más profundo clamé a ti, ¡oh, Señor! Oye, Señor, benignamente mi voz. Estén atentos tus oídos a la voz de mis plegarias…, etc.»; es un salmo que la Iglesia reza por los moribundos o por los muertos.

«Cada vez que la cuchilla caía, el joven Calixto de Montmorin gritaba en voz alta: “¡Viva el rey!”».

Son dos mundos. Es el enfrentamiento entre dos mundos. Ese era el chouan, el caballero de antaño, el héroe que defendía la fe de la tradición, mientras que los demás pertenecían al mundo comunista que estamos viendo aquí, en lo que era apoyado por otro hombre, que también iba a ser ejecutado, llamado Batista de Bois.

«Cuando la última víctima se inclinó ante la princesa, ella dijo con entusiasmo: «Ánimo y fe en la misericordia de Dios». Ella fue la última en llegar al cadalso. En el momento en que iban a atarla a la tabla… »

Porque a la víctima se la ataba a una tabla.

«… en el momento en que iban a atarla a la tabla, una echarpe… »

Es decir, una de esas telas que se enrollan alrededor del cuello.

«… de lino que llevaba, se le cayó, dejando al descubierto en el cuello una medalla con el Inmaculado Corazón de María. El ayudante del verdugo quiso robarle la echarpe, pero la princesa, con voz emocionada…»

Es la primera vez que muestra emoción a lo largo de todo este drama.

«… exclama lo siguiente:…»

Ustedes pensarán en lo que ella está pensando en el momento de morir, cuál es su pensamiento. Ella exclama lo siguiente:

«… Por el amor de su madre, Monsieur, cúbrame».

Era un gesto de pudor; no quería que se le viera ninguna parte del cuerpo. Así que, naturalmente, se quedó con algo del pecho al descubierto, algo así, y al ver que se trataba de un miserable al que no podía pedirle nada en nombre de Dios, buscó en ese momento un atisbo de humanidad que aún pudiera quedar en aquel sinvergüenza. Y dijo con mucha cortesía, llamando «Monsieur» a un bandido de esos: «Monsieur, en nombre de su madre, cúbrame». Ya ven ustedes qué presencia de espíritu, pero qué pudor, qué recato. Compárenlo con las modas de hoy y podrán comprender la decadencia del mundo tras la Revolución Francesa.

«Fueron sus últimas palabras, eco de toda su vida, forjada en dignidad y pureza. Entonces ocurrió algo extraño. Tras su muerte, no se oyó el redoble de los tambores».

Cada vez que moría un condenado, sonaban los tambores y el pueblo aullaba. Pero su muerte causó tal impresión que ni siquiera la chusma revolucionaria se atrevió a tocar el tambor. Todos se quedaron inmóviles, en silencio.

«Ni siquiera se oyó el aullido ni el grito de «¡Viva la República!». El capitán que debía dar la señal a los tambores había caído desmayado y de allí lo sacaron ya medio paralítico y agonizante. El castigo de Dios [se manifestaba] allí.

«Un silencio impresionante se cierne sobre la multitud atónita. Se ha relatado que, en el momento de la muerte de la Princesa Isabel, se extendió —como ocurre a veces al fallecer los santos— un intenso aroma a rosas por toda la Place de la Révolution».

 

PRIÈRE RÉCITÉE PAR MADAME ÉLISABETH DE FRANCE À LA PRISON DU TEMPLE ORACIÓN RECITADA POR LA PRINCESA ISABEL DE FRANCIA EN LA CÁRCEL DEL TEMPLO
Que m’arrivera-t-il aujourd’hui, ô mon Dieu, je l’ignore.

Tout ce que je sais, c’est qu’il ne m’arrivera rien que vous ne l’ayez prévu de toute éternité.

Cela me suffit, ô mon Dieu, pour être tranquille.

J’adore vos desseins éternels, je m’y soumets de tout mon cœur.

Je veux tout, j’accepte tout, je vous fais un sacrifice de tout et j’unis ce sacrifice à celui de votre cher Fils, mon Sauveur, vous demandant, par son Sacré-Cœur et par ses mérites infinis, la patience dans nos maux et la parfaite soumission qui vous est due pour tout ce que vous voudrez et permettrez.

¿Qué me sucederá hoy, oh Dios mío? No lo sé.

Lo único que sé es que no me sucederá nada que Tú no hayas previsto desde toda la eternidad.

Eso me basta, oh Dios mío, para estar tranquila. Adoro Tus designios eternos; me someto a ellos con todo mi corazón.

Lo quiero todo, lo acepto todo, te ofrezco todo en sacrificio y uno este sacrificio al de tu amado Hijo, mi Salvador, pidiéndote, por su Sagrado Corazón y por sus méritos infinitos, paciencia ante nuestros males y la perfecta sumisión que te corresponde por todo lo que quieras y permitas.

Retirado de: Madame Elisabet of France – by Yvonne de la Vergne

 

El Rey Mártir y el espíritu de la Contra‑Revolución

Recuerdo otro episodio muy bonito de la Revolución, y con él termino el “Santo del Día” de hoy. Va en esa línea: es la muerte de Luis XVI. Luis XVI había sido ejecutado antes que ella. Era un hombre extraordinariamente corpulento. Era un atleta. Y cuando se lo llevaron, lo trasladaron desde la prisión hasta la guillotina, en un carro, acompañado de un sacerdote. La historia de este sacerdote es muy curiosa. Este sacerdote era de origen escocés y se llamaba Edgeworth de Firmont (1745 – 1807).

Pertenecía a una familia escocesa expulsada de Escocia por los protestantes, que unas tres o cuatro generaciones antes se había trasladado a vivir a Francia. Y en la familia de este sacerdote siempre había existido una tradición casi profética según la cual tendrían un descendiente que administraría la extremaunción al rey de Francia, encarcelado. Cuando el rey de Francia fue condenado a muerte, él, arriesgando su propia vida, se acercó y pidió a las autoridades revolucionarias que le concedieran la absolución al rey. No se sabe cómo, pero las autoridades le permitieron entrar y acompañar al rey, dentro del carro, hasta la guillotina.

Cuando los dos llegaron en el carro hasta la guillotina, bajaron y el verdugo se dirigió hacia el rey para atarle las manos, porque eso se hacía con los prisioneros que iban a ser ejecutados. Cuando se acercó, el rey consideró que aquello era una insolencia, agarró al verdugo con ambas manos y dijo: «Eso no». Y lo inmovilizó. Y el verdugo quedó inmovilizado. Entonces el rey se volvió y le dijo al cura: «Señor cura, ¿qué opina usted de esto?». El cura respondió: «Si Su Majestad permite que le aten las manos, habrá una semejanza más entre su muerte y la de Nuestro Señor Jesucristo».

Inmediatamente soltó al verdugo y extendió las manos. Le ataron las manos y subió a la guillotina. Ahí tienen ustedes el espíritu de las cosas. Comprenden en vívidos destellos lo que es la Revolución y lo que es la Contrarrevolución. Lo que fue una época que ha cesado, pero que dejó una veta de la que ustedes son la prolongación viva, y una época que ha llegado y que produce ese mundo de horrores que están viendo aquí. Ahí tienen un destello de un “Santo del Día”.

 

Ejecución del Rey Luis XVI

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