La Realeza Universal de Nuestro Señor Jesucristo (22/11 en 2026)

Fundamentos y alcance social de la Realeza de Jesucristo y actitud militante del fiel

“Santo del Día” – 20 de octubre de 1964


A D V E R T E N C I A

Este texto es transcripción de cinta grabada con la conferencia del profesor Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a los socios y cooperadores de la TFP. Conserva, por tanto, el estilo coloquial y hablado, sin haber pasado por ninguna revisión del autor.

Si el profesor Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que fuera colocada una explícita mención a su filial disposición de rectificar cualquier eventual discrepancia en relación al Magisterio inmutable de la Iglesia. Es lo que hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan escrupuloso estado de espíritu:

“Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a las enseñanzas tradicionales de la Santa Iglesia. No obstante, si por lapso, algo en él hubiera en desacuerdo con dichas enseñanzas, desde ya y categóricamente lo rechaza”.

Las palabras “Revolución” y “Contra-Revolución”, son aquí empleadas en el sentido que se les da en el libro “Revolución y Contra-Revolución”, cuya primera edición apareció publicada en el número 100 de la revista “Catolicismo”, en abril de 1959.


Cristo Pantocrátor – Iglesia de Santa Maria dell’Ammiraglio, conocida como Martorana – Palermo – Italia

 

Mañana tenemos la novena de Cristo Rey, y creo que pasado mañana también. Así pues, vamos a hacer un comentario sobre la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo (N.C.: actualmente se celebra en el último domingo del año litúrgico, que en este año – 2026 – cae a 22 de noviembre). La idea de la realeza de Nuestro Señor Jesucristo es una idea que proviene de su propia vida terrenal. Porque, cuando Pilato le preguntó si era Rey, Él respondió: «Tú lo dices. Yo soy Rey».

 

Plinio Corrêa de Oliveira rezando delante del gonfalón con el Pantocrátor existente en la entonces Sede del Consejo Nacional de la TFP en la Calle Pará – São Paulo.

Y encontramos diversas manifestaciones y diversos títulos de Cristo como Rey, desde la Iglesia primitiva. Y aquí, en nuestra sede, tenemos algo muy hermoso en este sentido: ese Cristo Pantocrátor que se encuentra allí, en el salón, en el despacho; y que es Rey porque «Pantocrátor» significa: señor de todas las cosas. Y Él está sentado allí sobre un trono que es el arcoíris, que es el signo de la alianza de Dios con los hombres. Y, desde lo alto de ese trono que es esta alianza de Dios con los hombres, Él gobierna todas las cosas. Y todas las cosas que Él gobierna pertenecen al gobierno de la Iglesia gloriosa y de la Iglesia militante, y como el Rey esperado desde todos los siglos. Es decir, como Nuestro Señor Jesucristo, que domina y es señor de todo.

Fundamentos de la realeza universal de Cristo

Ahora bien, esta idea de Cristo Rey implica una noción que es la siguiente: que, no solo de todas las cosas, sino especialmente de todos los hombres, Nuestro Señor Jesucristo es Rey. Y es Rey en este sentido de la palabra, en el que, como Hijo de Dios encarnado y como nuestro Redentor, ha adquirido un verdadero derecho de realeza sobre nosotros; y estos dos derechos no se confunden entre sí. De estos dos títulos, el primero es —por así decirlo— por derecho de nacimiento, y el segundo, por derecho de conquista.

Es Rey por derecho y por nacimiento porque existe un principio que establece lo siguiente: «Que, en la jerarquía de los seres, cuando un ser es inmensamente superior a otro, adquiere autoridad sobre este último». Y, basándose en ello, Él, que es verdadero Hombre, unido por unión hipostática a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, tiene una superioridad infinita sobre todos los seres de la Tierra. Y, en su humanidad —no solo como Dios, sino en su humanidad—, Él es Rey de todos los hombres porque es la cabeza de todo el género humano; es la criatura más elevada —mera criatura, en su humanidad— que existe en el género humano y, en este sentido, es Rey del género humano por la unión hipostática y en la Santísima Humanidad.

Es Rey del género humano, asimismo, como Redentor; porque conquistó al género humano; se sacrificó, se inmoló en la Cruz; y, con esa inmolación que ofreció en la Cruz, salvó a la humanidad del infierno; abrió las puertas del Cielo a los hombres con ello. Como conquistó a la humanidad con su Sangre, adquirió sobre ella un derecho real. De modo que la realeza de Cristo puede contemplarse meditando a Nuestro Señor Jesucristo sobre un trono, así como puede contemplarse meditando a Nuestro Señor Jesucristo desde lo alto de la Cruz. Porque, desde lo alto de la Cruz, por derecho de conquista, se convirtió en Rey de toda la humanidad.

Ahora bien. ¿Cuál es la conclusión de todo esto? El género humano puede considerarse en dos tipos de sociedades: la sociedad espiritual, que es la Iglesia, y la sociedad temporal.

Nuestro Señor Jesucristo es rey de la sociedad espiritual, que es la Iglesia Católica. Y, si el Papa gobierna, si el Papa reina en la Iglesia, lo hace como vicario de Cristo, es decir, como representante de Cristo. Porque el verdadero rey, en el sentido pleno de la palabra, es Nuestro Señor Jesucristo, rey de la Iglesia Católica. Y la Iglesia Católica es, ante todo, una institución monárquica, porque tiene un rey. Y ese Rey es Nuestro Señor Jesucristo. El Papa, como obispo de Roma, es indisoluble y definitivamente el vicario de Cristo. El Papa reina siempre en nombre de Cristo, pero el poder que el Papa ejerce, el poder de las llaves, es un poder que Cristo concedió a su vicario. El verdadero rey de la Iglesia Católica es Nuestro Señor Jesucristo.

Cristo Rey de la Iglesia y de la sociedad temporal

Ahora debemos analizar la realeza de Nuestro Señor Jesucristo sobre la sociedad temporal. A este respecto, en las consideraciones que se hacen sobre la separación entre la Iglesia y el Estado, hay reflexiones que no son del todo exactas. Porque dicen lo siguiente: «La Iglesia tiene una finalidad espiritual. El Estado tiene una finalidad temporal. La Iglesia conduce a los hombres al Cielo. Y el Estado mantiene la vida terrenal para que los hombres puedan alimentarse y practicar las virtudes necesarias para caminar hacia el Cielo».

De ahí que nos quede la idea de que Nuestro Señor Jesucristo es rey de la Iglesia, pero que el Estado no tiene rey. Que el Estado no tiene un verdadero rey. Que los Estados católicos, sobre todo, no deben reconocer a Nuestro Señor Jesucristo como rey. Y este principio es profundamente falso. El Estado, en cuanto Estado, tiene a Nuestro Señor Jesucristo como rey. Y la aplicación, el efecto concreto de esto, es la obligación que tiene el Estado de aplicar las leyes de Nuestro Señor Jesucristo. Y un Estado que no aplica las leyes de Nuestro Señor Jesucristo es un Estado que se encuentra en estado de revolución, en estado de revolución contra su verdadero rey.

¿Su verdadero rey en qué sentido, y cuál es la relación de estas leyes de Nuestro Señor Jesucristo?

En primer lugar, de reconocer a la Iglesia Católica como la única Iglesia verdadera y oficial; de no tolerar el proselitismo de las religiones falsas; de mantener a las religiones falsas en un estado de humillación y de mera tolerancia, y eso solo cuando no haya más remedio. Es decir, si una persona, por ejemplo, puede evitar la llegada de fieles de una nueva religión falsa a Brasil, debe evitarlo. Si puede evitar la inmigración de protestantes y cismáticos, o de cualquier otro tipo, debe evitarla. Es decir, solo tolerar lo que no tiene remedio. Y tolerar a regañadientes, a desgana. Porque lo contrario es lo opuesto a la majestad de Nuestro Señor Jesucristo.

Aplicar todas las leyes de la Iglesia como si fueran automáticamente leyes del Estado. Eso es lo que se hacía antes de la Revolución Francesa. La ley de la Iglesia era automáticamente una ley del Estado. De tal manera que no era necesario que la ratificara el rey, ni que la ratificara el poder público; entraba en vigor por el simple hecho de que el Estado la había promulgado. Las autoridades eclesiásticas eran objeto de reverencia y honores oficiales porque eran autoridades públicas y, autoridades públicas porque eran autoridades de la verdadera Iglesia del verdadero Dios, que era el rey del Estado.

Y, en toda la vida civil, organizarla en el ámbito cultural, en el ámbito artístico y en todos los aspectos, de acuerdo con la ley de Nuestro Señor Jesucristo.

Esto era una aplicación del principio de que Cristo es rey en las sociedades humanas. Vemos que esto, que entre nosotros son nociones tan familiares, se olvida e incluso de vez en cuando hay que recordarlo, porque todo lo que se oye desde lo alto de los púlpitos, todo lo que se oye en las conferencias y reuniones católicas, no solo tiende a hacer olvidar estas verdades, sino que tiende incluso a negarlas. De tal manera que nos hemos acostumbrado a la idea de que el Estado es, por naturaleza, laico; que el Estado, por su propia naturaleza, no tiene nada que ver con la religión y que, por eso, el Estado no tiene nada que ver con Jesucristo; lo ignora; desconoce a Nuestro Señor Jesucristo.

De la doctrina a una conciencia viva y militante

El principio de la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo es —conviene recordarlo, por tanto— este.

¿Cuál es la razón por la que me viene esto a la mente hoy y esta noche?

Esto ya se les ha recordado a todos ustedes, en una u otra conferencia. Y, si se les pidiera que se pronunciaran al respecto, al menos tras reflexionar un poco, lo que dirían es lo que acabo de decir.

¿Cuál es, pues, la razón para recordar estas cosas? Es que una cosa es que lo recordemos teóricamente, tenerlo así en la cabeza, de forma teórica. Otra cosa muy distinta es que tengamos de ello una percepción viva y continua. De tal manera que, en todas las ocasiones de la vida civil que nos rodean en las que veamos que se niega la realeza de Cristo, nos demos cuenta de que se está negando; y nos duela; nos indigne, con toda la expresión de la verdadera indignación, el ver que esto se está negando. Es decir, hay que tener esta verdad como una verdad viva que está a flor de piel. Y que, en cualquier momento, sintamos la tristeza de ver que se está negando, sintamos el disgusto de ver que se está negando; que ese laicismo en todas las cosas, que conduce a un ateísmo absoluto en todas las cosas, nos hiera en todo; y, por lo tanto, vivamos, en la sociedad actual, en un estado de exiliados. Como personas que viven en un lugar donde todo está al revés, y que viven en una protesta interna y continua contra ello.

Solo así podemos ser verdaderos soldados de Cristo Rey. No podemos ser soldados de Cristo Rey si no es de esta manera.

La negación de Cristo Rey en la vida pública

Vamos, por ejemplo, a un tribunal. A un tribunal con jurado. Allí encontramos la imagen de Cristo. Hay dos formas en que una persona puede relacionar eso con la realeza de Cristo. Una forma es la de la “herejía blanca” [N.C.: aquel que tiene una piedad meramente sentimental] y, por tanto, estúpida: «¡Ah! ¡Qué bonito! ¡Aquí está Cristo, en el jurado! ¡Qué bonito! ¡Mira cómo influye en toda esta sala! ¡Mira cómo influye en todos estos juicios! ¡Mira qué gracias, sin duda, derrama Él, desde lo alto de la Cruz, sobre el juez! ¡Y el pobre fiscal, tan buen cabeza de familia! ¡Esos buenos jurados, dignos y austeros! ¡El pobre acusado, nuestro hermano apartado, que está sentado aquí en este estrado y que, sin duda, no tiene ninguna culpa del delito, quizá ni siquiera lo haya cometido; cómo debe encontrar en Jesucristo un consuelo! ¡Ahh!». Y suelta una risa estúpida.

Esa actitud es una actitud específicamente de “herejía blanca” y liberal; de quien no quiere ver; que no percibe el verdadero tormento de Cristo y la verdadera negación de la realeza de Cristo que está allí.

El otro día vi incluso una fotografía de De Gaulle visitando el Congreso de cierto país. Bueno, en primer lugar, ese palomar —por no decir «serpental»—, empezando por De Gaulle…; y luego esos hombres “virtuosos” llenando una mesa de ateos; arriba, una pared completamente desnuda, —de la que podría demostrar, en una conferencia más extensa, que era una pared atea, porque hay paredes ateas y aquella era una pared atea—,  y, perdido en aquellas inmensidades, un crucifijo minúsculo y dos ramitas de flores colocadas a la derecha y a la izquierda del crucifijo. Aquello, colocado de esa manera, contenía, al mismo tiempo, la afirmación y la afrenta de la verdad de que Cristo debía presidir la labor de aquella sala. Y un católico celoso, al entrar en aquella sala, al menos intuitivamente, debería fijarse en ello; debería considerarlo como la realidad dominante de lo que ocurría en la sala y comprender la importancia de la negación de Nuestro Señor Jesucristo en aquella sala.

Así es como se mueve por todas partes el fiel vasallo de Cristo Rey, el fiel militante de Cristo Rey. De nada sirve tener en la cabeza, en las nubes, un montón de ideas sobre Cristo Rey sin que, en todo momento, nos demos cuenta de las negaciones y de las afirmaciones, pálidas y tímidas, de la realeza de Nuestro Señor Jesucristo.

Recuerdo que, cuando fui diputado constituyente en 1934 —y después esto se repitió en las demás constituciones con unos u otros términos (y hemos tenido Constituciones… desde entonces)—, el preámbulo era este —propuesto por un diputado católico, muy «ardiente» y muy aplaudido… — el preámbulo era este: «El pueblo brasileño, poniendo su confianza en Dios y constituido en asamblea soberana, resuelve (tal cosa)». Es como si dijera: «Buen Dios, tú eres un Guaçu [N.C.: palabra de origen indígena (tupí), que significa grande, enorme] que estás ahí arriba, y que puede estropearlo todo o ayudar mucho; por lo tanto, quiero que seas un amigo; hago, ex autoritate propria, lo que quiero; y pongo mi confianza en que tú hagas que esto salga bien». ¡En el mismo documento en el que se pide la ayuda de Dios, se niega la realeza de Dios!

¿Es esto algo que un católico pueda ver sin amargura? ¡No puede! Y, cuando lo ve sin amargura, no puede ni imaginar que sea un verdadero soldado de Cristo Rey.

Llevar, día y noche, esta amargura de que Nuestro Señor Jesucristo no está reinando; llevar, día y noche y en todo momento, en todas las ocasiones, la tristeza de todo aquello… Esa tristeza no es la de un tonto, es la tristeza furiosa de la revancha y la indignación, es la tristeza militante ante el hecho de que la realeza de Nuestro Señor Jesucristo está siendo menospreciada aquí, negada allá, injuriada más allá; esto es lo que debe caracterizarnos.

Y, en la novena de Cristo Rey, debemos tener esto muy presente, para comprender bien cuál es la formación que debemos tener. Debemos adoptar aquí la actitud y la postura de exiliados; la postura que tendrían los judíos en un gueto de la Edad Media, indignados con todo y deseando ponerlo todo al revés. Debemos estar indignados con todo y deseando ponerlo todo de cabeza arriba. Esta es nuestra actitud normal.

La promesa del Reino de María (*) y la disposición del fiel

Debemos recordar que, más allá de esta tristeza, Nuestro Señor Jesucristo Rey tiene una promesa para nosotros. Y es la realización de su reino de la forma más auténtica que se pueda imaginar. De la forma más elevada, más sublime que se pueda imaginar, que es a través de la realeza de María Santísima. Es el reinado de Nuestra Señora el que, en el horizonte, se anuncia en la promesa de Fátima.

Así pues, el horror ante esta situación y el deseo ardiente de aquella situación a la que se nos llama y que se nos ofrece como promesa: esto es lo que debe ser nuestro estado de ánimo constante, en todas las ocasiones y en todos los momentos. El miembro que no tiene este estado de ánimo cae en la vida insignificante. Y, al caer en la vida insignificante, cae en la frivolidad y en la mediocridad.

Porque, para él, al entrar en cualquier sitio, el ayuntamiento, por ejemplo: primera impresión: «¡Es grande, ¿no?!». Dan ganas de decirle: «Sí, tonto, es grande. Si fuera pequeño, ¿qué sacarías de ahí para tu vocación, para tus cosas?». Segunda impresión: «Espacioso, ¿no? ¡Eh!… ¡Qué feo! No me gustan las paredes así, de ese color». «Ya sé, está bien. ¿Cuándo te vas a decidir a pensar en Nuestro Señor?». Entra y sale sin hacer ninguna reflexión. No se trata solo del crucifijo que está ahí, sino de toda la disposición de esa habitación en relación con Dios. Pensó en relación con él, en lo que vio, en lo que le gustó. ¡Eso es el rey pafúncio [N.C.: termino despectivo: tonto, bobo, ingenuo], pero no Cristo Rey!

Tener esto muy presente y pedir a Nuestra Señora la gracia de que esa idea esté siempre presente es algo que, por tanto, conviene mucho a nuestras oraciones en esta novena de Cristo Rey.


NOTAS

(*) Reino de María – San Luis María Grignion de Montfort (1673-1716), en su Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, prevé la llegada a la Tierra de una era «en la que las almas respirarán a María como el cuerpo respira el aire», y en la que innumerables personas «se convertirán en copias vivas de María» (Cap. VI, art. V). A esa era la llama Reino de María.

Esta profecía encaja orgánicamente con la de Nuestra Señora en Fátima. En efecto, tras predecir varias calamidades para el mundo, Ella afirmó: «Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará». O sea, será una obra de Ella y la posición del Prof. Plinio era la de trabajar para que el mayor número de almas estuviese en condiciones de acceder a esa conversión.

No es milenarismo ni utopía; el Prof. Plinio insiste en que No se trata de un paraíso terrenal perfecto Ni de una fase final antes del fin del mundo (en el sentido milenarista condenado por la Iglesia). Es una era histórica mejor, pero aún dentro de las limitaciones humanas.

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