La pureza como vuelo del alma en Santa Teresita

La elevación hacia Dios, el celo por la Iglesia y la grandeza descubierta en lo pequeño revelan la huella de esta virtud en su vida espiritual.

“Santo del Día” – 5 de marzo de 1970


A D V E R T E N C I A

Este texto es transcripción de cinta grabada con la conferencia del profesor Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a los socios y cooperadores de la TFP. Conserva, por tanto, el estilo coloquial y hablado, sin haber pasado por ninguna revisión del autor.

Si el profesor Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que fuera colocada una explícita mención a su filial disposición de rectificar cualquier eventual discrepancia en relación al Magisterio inmutable de la Iglesia. Es lo que hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan escrupuloso estado de espíritu:

“Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a las enseñanzas tradicionales de la Santa Iglesia. No obstante, si por lapso algo en él hubiera en desacuerdo con dichas enseñanzas, desde ya y categóricamente lo rechaza”.

Las palabras “Revolución” y “Contra-Revolución”, son aquí empleadas en el sentido que se les da en el libro “Revolución y Contra-Revolución”, cuya primera edición apareció publicada en el número 100 de la revista “Catolicismo”, en abril de 1959.


Me han pedido que, en el marco del “Santo del Día”, hiciera una exposición sobre la virtud de la pureza en la vida de Santa Teresita. Lo hago con mucho gusto, sobre todo tratándose de un propagandista de la TFP que viene de tan lejos. Pero el tema no es de los más sencillos.

Y es que Santa Teresita del Niño Jesús fue, indudablemente, un modelo de pureza. Ni siquiera habría podido ser una buena religiosa, y mucho menos una santa, si no hubiera sido un modelo de pureza. Sin embargo, ocurre que todos los santos tienen algún rasgo de sus virtudes por el que se define su personalidad y que constituye el aspecto más destacado de su alma. Y en Santa Teresita del Niño Jesús, si bien la pureza es una virtud auténtica, profunda y acrisolada, no se presenta de inmediato como una de esas virtudes que marcan profundamente su alma. Y solo tras una cierta reflexión podemos encontrar claramente la huella de la pureza en la vida de Santa Teresita.

¿Cuál es esa huella?

Una pureza cuya huella no aparece a primera vista

Para comprenderlo bien, no debemos pensar que Santa Teresita fuera una de esas santas que lucharon por mantener la virtud de la pureza frente a tentaciones espantosas. No encontramos rastros de ello en la vida de Santa Teresita. Al menos en lo que he leído sobre ella, no he encontrado rastros de ello. Nuestro estudioso de Santa Teresita no está aquí presente, pero creo que él tampoco conoce rastros de ello.

La gran tentación de Santa Teresita —fue una santa muy tentada— fue la tentación contra la fe, no la tentación contra la pureza.

San Luis Gonzaga

Por otra parte, tampoco fue ella una de esas santas que poseían una pureza, por ejemplo, como San Estanislao de Kostka o San Luis Gonzaga, que se sentía incómodo al dejar ver su pie, incluso a su propia madre. Lo cual representaba un refinamiento de la pureza, un extremo de delicadeza en materia de pureza, que caracteriza a este santo. Como también caracteriza a San Estanislao de Kostka, cuyo nombre me ha salido por casualidad de los labios, y, más recientemente, a Santo Domingo Savio.

¿Dónde encontramos, pues, la huella de la pureza en el espíritu de Santa Teresita? A mí me parece que la encontramos destacada e incluso resplandeciente, siempre que sepamos buscarla. Y para buscarla, debemos plantearnos claramente el siguiente problema: ¿Cuál es la huella de la pureza en el espíritu de una persona que no se ve especialmente tentada en materia de pureza? ¿Dónde está el signo de la pureza? ¿Dónde se percibe allí la presencia psicológica de la virtud de la pureza?

El dominio del espíritu y la elevación hacia lo sobrenatural

Una de las demostraciones que ofrecemos de la excelencia de la virtud de la castidad, frente a los detractores actuales —que consideran, especialmente los freudianos, que el instinto sexual es un instinto como cualquier otro y que no hay razón alguna para refrenarlo—, uno de los argumentos que esgrimimos para demostrar que ese instinto debe ser refrenado, y que, incluso cuando se refrena hasta alcanzar la sublimidad de la castidad absoluta, en el estado de celibato, es cuando produce sus flores más bellas, sus resultados más hermosos; uno de los argumentos que esgrimimos es precisamente este:

Que la virtud de la pureza otorga al espíritu un dominio sobre la carne, lo que hace que la persona tenga el alma totalmente volcada hacia las cosas superiores, totalmente volcada hacia las cosas ideales, totalmente volcada hacia las cosas celestiales. Y el alma puede desprenderse fácilmente de lo que es sórdido, de lo que es vulgar, de lo que es ordinario e, incluso, de lo que es trivial. Ese vuelo del alma hacia las regiones más elevadas y nobles del pensamiento, ese vuelo del espíritu, ese vuelo de la voluntad para desear los bienes del espíritu más que los bienes de la carne, ese vuelo proviene precisamente de la virtud de la pureza.

¿Por qué? Porque entre los sentidos del hombre existe una jerarquía de nobleza. Y un sentido es tanto más noble cuanto más cognitivo es, es decir, cuanto más contribuye al conocimiento. Y por ello, dice Santo Tomás, el más noble de los sentidos del hombre es la vista, que es aquel a través del cual el hombre conoce más, percibe mejor la realidad y es capaz de analizar, por tanto, la realidad creada por Dios.

Ahora bien, si seguimos la escala de los sentidos del hombre, el menos cognoscitivo es el tacto. El tacto es el que menos información nos proporciona sobre las cosas externas. Es, por tanto, el menos noble de los sentidos, porque es el menos cognitivo. También es el que está más cercano a la materia. Y por eso el placer del tacto es el placer menos elevado que existe en el hombre, aquel en el que el espíritu tiene menor participación y en el que el cuerpo, la carne, tiene mayor participación.

De ahí no se puede deducir que sea un sentido malo en sí mismo. Solo se deduce que es el menos elevado, el menos noble; porque todos los sentidos fueron dados por Dios al hombre como cosas buenas.

Ahora bien, resulta fácil comprender que, al ser este el sentido menos elevado, en consecuencia, también fue el más afectado por el pecado original. Y de ahí se deriva el hecho de que el placer del tacto y el apetito táctil se presentan en el hombre mancillado por el pecado original en un estado de desenfreno, en un deseo paroxístico, en una vehemencia de apetitos, lo que hace que el hombre ceda más fácilmente a este sentido que a todos los demás.

De ahí se deriva también el hecho de que, cuando el hombre cede —puesto que cede al sentido más bajo, el que está menos vinculado a las actividades del espíritu y más centrado en las actividades de la materia—, precisamente por esa razón el poder de la materia se desarrolla en el conjunto del alma y el cuerpo del hombre. Y el hombre, por eso mismo, se vuelve muy dado a las cosas carnales, a las cosas materiales, a las cosas palpables, a las cosas sensibles. Precisamente porque el dominio del alma sobre él se debilita y él se animaliza.

De ahí se deduce que, cuando vemos un alma con gran facilidad para anhelar las cosas más elevadas, para desear las cosas celestiales, para desprenderse más de las cosas terrenales, para ser más indiferente a las cosas materiales, allí encontramos la presencia de la castidad. Es precisamente la castidad la que confiere al alma este vuelo, esta posibilidad de ascender, esta facilidad para llegar hasta el cenit.

La mirada pura que descubre a Dios en todas las cosas

Ahora bien, esto lo encontramos de manera destacada en la vida de Santa Teresita del Niño Jesús. Cuando leemos «Historia de un alma», lo que llama la atención desde el primer momento es la elevación del plano en el que ella se sitúa. Todo el problema de su vida es el problema de su vida espiritual. No vemos que se cuelen ahí, como notas dominantes, la preocupación por la salud, la preocupación por el dinero, la preocupación por nada de eso. Su gran vuelo la lleva a preocuparse directamente por cumplir una lección que Dios le ha dado y a dejarse llevar por la contemplación de las cosas de Dios. Y más allá de la preocupación por su propia alma, vemos que Santa Teresita tiene todo su espíritu centrado en Dios. Ella quiere saber de Dios, de las cosas de Dios, meditar sobre Dios, considerar las cosas humanas solo en la medida en que la orientan hacia Dios y le sirven de camino hacia Él. De modo que lo que es mundano, carnal, lo supera.

Esto se aprecia en innumerables episodios de su vida. Cuando era pequeña, por ejemplo, le gustaba quedarse sola durante mucho tiempo en una especie de terraza de su casa contemplando la puesta del sol y observando las mil armonías y las mil gracias de la naturaleza en Lisieux y alrededores, donde vivía. Se ve que allí no realiza una meditación de carácter artístico, y mucho menos de carácter literario, pero al contemplar esas cosas, se eleva hacia Dios.

Y decía que de niña, aún muy pequeña, ya entonces meditaba, verdaderamente rezaba. Cuando, recostada junto a la ventana, con una de sus hermanas —ya no recuerdo cuál, creo que era Paulina—, mantenía largas conversaciones contemplando el panorama, decía que estaba segura de que allí se producían entre ellas cosas de una elevación no menor que el famoso éxtasis que San Agustín y Santa Mónica experimentaron en una ventana de una posada de Ostia, poco antes de que Santa Mónica entregara su alma bendita a Nuestro Señor.

Bueno, esto lo vemos después en otras cosas. Santa Teresita aparece, por ejemplo, queriendo explicar alguna doctrina. Vemos que toma un pequeño detalle, el más insignificante de la vida cotidiana, y que ilustra ese detalle de tal manera que sirva de explicación para algo sumamente elevado. Es decir, al abordar con el espíritu las cosas de la vida cotidiana, en las que toda persona sensata tiene que pensar, lo aborda de tal manera que todo ello queda impregnado de una luz que hay en el interior de su alma, y que no es la luz común de las personas.

No puede haber, por ejemplo, hecho más trivial que una persona que camina por la calle. Sin duda, lo trivial, lo común, no puede ir más allá. No puede haber nada más común que el hecho de que una persona, al caminar por la calle, se preocupe por no tropezar con una piedra o con algo que haya en el camino. Es lo que hace todo el mundo, salvo los seniles. Mira al suelo para no tropezar. Por lo tanto, es lo más trivial de lo trivial, lo más trivial que hay.

Santa Teresita, a partir de esa preocupación, extrae una explicación de las razones por las que debe dar gracias a Dios. Así pues, aborda un tema teológico de altísima importancia: si un alma inocente puede amar más que un alma penitente. Porque se suele decir, o se solía decir en su época, que las almas de los grandes pecadores arrepentidos amaban más a Dios que las almas de las personas que nunca habían pecado. Entonces ella decía: «que je voudrais faire mentir ce mot», cómo me gustaría desmentir esa palabra. Pero, ¿cómo desmentir esa palabra si tenemos la impresión de que el penitente recibió mucho más que el inocente? Al penitente se le perdonó, al inocente no. El penitente tiene más motivos para estar agradecido.

Y ella da un ejemplo: imaginad a un hombre que va caminando por la calle con una niña —ella, evidentemente, pensaba en el señor Martin con ella—, pues bien, y hay una piedra en el camino de la niña. Él se acerca y aparta la piedra del camino de la niña, para que esta no se haga daño.

Ahora bien, otro hombre que va caminando con la niña y esta tropieza con la piedra. Él no apartó la piedra. La niña tropieza con la piedra, se hace daño y él la consuela espléndidamente. De las dos niñas, ¿cuál le debe mayor gratitud a su padre? ¿La que nunca tropezó con la piedra o la que tropezó con ella?

Ya ven ustedes qué delicadeza, qué gracia, qué ligereza, qué precisión de pensamiento. Está claro —dice ella— que el alma a la que Dios ha apartado los grandes escollos le debe más que el alma que tropezó y que fue tratada por Dios con bondad.

Entonces triunfa: «Yo, por ser un alma inocente, tengo razones lógicas para amar a Dios más que un alma penitente. Entonces, ¿por qué no voy a amarlo? Entonces seré el alma inocente que derrota a las admirables almas penitentes que han incendiado la Iglesia con su arrepentimiento». Y supera la duda y entra en el terreno del amor puro a Dios.

Ustedes están viendo cómo surgió esta meditación. Es el ver a las niñas caminando por la calle. Es ella misma caminando por la calle, al ver a los padres que apartan cosas del camino de las niñas, etc. Y a partir de unas nimiedades, cómo extrae la solución a un problema de gran importancia, de gran envergadura teológica y moral.

¿Cómo puede una niña pequeña, y más tarde una joven monja, alcanzar un vuelo espiritual tan elevado sin ser muy pura?

En el sermón de las Bienaventuranzas, en el Sermón de la Montaña, Nuestro Señor va otorgando las recompensas para esta bienaventuranza, para aquella bienaventuranza. En cierto momento habla de los puros. Y cuando habla de los puros, dice algo que lo abarca todo. Dice: «Bienaventurados los puros, porque verán a Dios». No hay nada más que añadir. Con ese «verán a Dios» lo tienen todo. Fuimos creados para ver a Dios, ¿no es así? Bienaventurados los que son puros de corazón, porque verán a Dios.

Bueno, esto no ocurre solo en el Cielo. Empieza a ocurrir aquí en la tierra. El que tiene el corazón puro posee esa transparencia para ver a Dios, ese impulso para ver a Dios que es el signo de la pureza, que es la manifestación de la presencia de la pureza.

Celo por la Iglesia y grandeza de las pequeñas acciones

Vemos esto en Santa Teresita desde otro punto de vista: su ardiente celo por la Iglesia Católica. Ella tenía un problema en su vida espiritual que era este: amaba tanto a la Iglesia que quería ejercer, al mismo tiempo, todos los oficios dentro de ella. Quería ser misionera, quería ser obispo, quería ser predicadora, quería ser guerrera, quería serlo todo, porque quería hacer en todas partes, al mismo tiempo, todo lo que pudiera por la Iglesia. Y eso constituyó para ella un verdadero tormento. La imposibilidad de no poder serlo todo al mismo tiempo, cuando sentía que estaba llamada a serlo todo al mismo tiempo.

Santa Teresita como Santa Juana de Arco

¿Creéis que un alma que no sea pura puede amar tanto a la Iglesia hasta el punto de querer serlo todo al mismo tiempo para ella? No hay peligro, no hay peligro. El alma que comete el pecado contra la castidad pierde fácilmente esto de vista. Cuando se enmienda, naturalmente lo recupera, pero la impureza es siempre un lastre que impide que el alma vuele tan alto en esos firmamentos.

En Santa Teresita esto va más allá. Ella dice que quiere trabajar por la Iglesia hasta que el último de los elegidos esté en el Cielo. Y que va a hacer llover precisamente gracias de amor de Dios, gracias de celo, gracias de entusiasmo por la Causa Católica —esa es su lluvia de rosas—, que va a hacer llover esa lluvia de gracias mediante la oración y el trabajo en el mundo hasta el último momento, cuando se complete el número de los elegidos. Están viendo un celo ardiente, que la llevaba después a realizar pequeños gestos como este.

Ya enferma de tuberculosis, caminando de un lado a otro por el claustro, cansada, alguien le pregunta: «¿Por qué caminas? ¿No sería mejor no caminar?». Ella responde: «Estoy caminando por algún misionero». Sabía que estaba enferma y que, al caminar por el claustro, podía merecer la gracia de dar fuerzas a algún misionero agotado en África, en Asia, en Sudamérica, en los campos salvajes de Brasil o en cualquier otro lugar similar; lo hacía por un misionero, porque tenía un celo, un interés especial por esa forma de expansión de la Iglesia Católica, que se daba entre los países infieles.

En el lecho con tuberculosis.

Bueno, ustedes ven en Santa Teresita, por otro lado, la idea de valorar las pequeñas cosas, atribuyéndoles un gran significado. Por ejemplo, su teoría de los pequeños sacrificios. Sacrificios insignificantes, en los que ella veía un enorme alcance. ¿De dónde proviene esa capacidad de creer y de actuar de acuerdo con el principio de que los pequeños sacrificios pueden lograr mucho, si no es de una alta comprensión de la grandeza y la importancia incluso de las acciones más pequeñas?

Luego está su extraordinaria caridad hacia aquella hermana malhumorada del convento, a la que llevaba de un sitio a otro, etc. También se aprecia su paciencia con aquella superiora conciliar que tenía. Pues bien, todo ello eran manifestaciones de su celo por aprovechar mil pequeñas ocasiones para alcanzar una gran santidad.

Pero, ¿cómo se explica que una persona fuera capaz de ver cosas tan grandes incluso en lo pequeño, si no tuviera un gran vuelo del espíritu? ¿Y cómo se explica ese gran vuelo del espíritu si no es por una gran pureza?

Voy a terminar. Una cosa lo dice todo. Santa Teresita —así me lo contó el Dr. Caio—, Santa Teresita, en un momento trágico de su vida, durante la última cena en los Buissonnets, porque al día siguiente debía ir al convento, toda la familia —¡una familia predestinada, eh! —, toda la familia lloraba. Solo una persona no lloraba: era ella. Nadie quería más a su padre que ella. Ustedes vieron, por ejemplo, cómo la enfermedad de su padre fue para ella una verdadera prueba. Pero ¿cómo se puede explicar que, como ustedes vieron, luchara junto a Dios para que las hermanas ingresaran en el Carmelo; cómo deseaba, por tanto, la salvación de las hermanas; y, en un orden sobrenatural, como las amaba?

Sin embargo, ¿cómo se puede explicar que solo ella no llorara? ¿Dureza de corazón? Jamás. Ella, evidentemente, era la que más lejos estaba de la dureza de corazón. Entonces, ¿qué es? ¿Insensibilidad? En el buen sentido de la palabra, jamás. ¿Cómo podía ser insensible? Entonces, ¿cómo se explica? Es que ella sentía todo aquello más de lo que los demás estaban sintiendo. Pero tenía un amor a Dios tan mayor que lo que los demás sentían, que era como si estuviera envuelta, penetrada, dominada y vivificada por dentro por algo mucho mayor, que era el amor de Dios.

Un ejemplo puede ayudarnos a comprenderlo. Imaginad, por ejemplo, que una persona sufre un accidente de coche, pero al mismo tiempo, un accidente que le afecta, digamos, en un brazo, y muy grave, que le deja el brazo todo torcido, todo destrozado; pero al mismo tiempo esa persona tiene un grano en la nariz que ya le molestaba antes del accidente. En el momento del accidente de coche, la persona se olvida del grano. Puede que incluso el grano le duela más. Pero la persona ni siquiera se da cuenta. Porque un dolor mucho más intenso, sin eliminar el dolor menor, hace que la persona no perciba el dolor menor.

Así ocurre también cuando la persona tiene un amor mucho más elevado, ama más a los demás, pero está tan absorta en algo más elevado, que aquello no le produce las marejadas que produce en los demás.

Ahí están viendo la postura serenísima, equilibradísima, altísima, en una palabra, castísima, del alma de Santa Teresita del Niño Jesús. Una persona que no fuera casta nunca llegaría hasta ahí.

Esto debe ser para nosotros un estímulo. Un estímulo para que amemos y comprendamos hasta lo más profundo el valor de la castidad que Nuestra Señora deposita en nosotros, el valor de la vocación a la castidad que Ella deposita en nosotros, el valor del arrepentimiento que Ella puede conceder a uno u otro hombre, a uno u otro de sus hijos, si este ha cometido alguna falta contra la castidad.

Considero que una de las cosas más hermosas que he visto dentro del Grupo es que Nuestra Señora, de vez en cuando, ha permitido algún hecho triste a este respecto, pero que Ella conserva íntegra la vocación de aquel o aquel otro que, excepcionalmente, ha consentido en alguna mirada, en alguna cosa. Nuestra Señora conserva la vocación íntegra, una misma llamada para que se levanten de nuevo y caminen por los caminos de la castidad.

Resumen

Ahí ven ustedes hasta dónde lleva la castidad. Ella da esa plenitud de visión de las cosas sobrenaturales que se puede tener en la tierra. «Bienaventurados los puros de corazón, porque verán a Dios». Si hay alguien que en la tierra vio a Dios y vio a Nuestra Señora, esa fue Santa Teresita del Niño Jesús.

Ahora vamos a dar el esquema del “Santo del Día” rápidamente.

  • Primero planteé el tema: Santa Teresita y la pureza.
  • Después señalé las dificultades del tema: ¿por qué la virtud de la pureza, en qué sentido la virtud de la pureza no fue una de las virtudes más arquetípicas de Santa Teresita?
  • A continuación, pasé a una reflexión de carácter metodológico. Indiqué cuál es el método que se debe utilizar en estos casos: establecer la relación entre la virtud de la pureza y el santo que se encuentra en las condiciones propias de ella. El método consiste en ver qué relación tiene su forma de amar a Dios con la virtud de la pureza.
  • A continuación, pasé a justificar el método, mostrando cómo la virtud de la pureza está en la raíz de su gran virtud, que era la facilidad de espíritu que tenía para elevarse a las alturas de las regiones del pensamiento.
  • A partir de ahí analicé varios aspectos de su obra en los que se ve cómo la pureza la ayudaba a elevarse, o, dicho de otro modo, cómo ella se elevaba a las cosas grandes. Di algunos ejemplos; después, en las cosas más insignificantes, di otros ejemplos.
  • Bueno, después mostré que eso, obviamente, no se podía alcanzar sin la pureza.
  • Y entonces cerré el círculo, volví al punto de partida: ahí estaba la presencia de la virtud de la pureza en la forma de ser de su santidad.

(Pregunta: ¿No podría dar una justificación (?)

Es decir, yo planteé, establecí de antemano, en el ámbito de la doctrina, que el alma impura es un alma que tiene enormes dificultades para elevarse a las cosas sobrenaturales. ¿No es así? Ahora bien, al mostrar después la enorme facilidad con la que ella se eleva a las cosas sobrenaturales, queda demostrado no solo que era pura, sino también la intensidad de su pureza.

¿Es esa su pregunta? ¿Es eso lo que ha preguntado?

  • Después hice una aplicación a nosotros mismos. Dar gracias a Nuestra Señora por la vocación a la pureza que Ella nos ha dado. Después, dar gracias por la suma bondad con la que Ella nos conserva esa vocación, incluso cuando, de forma excepcional y por desgracia, se pueda producir algún pequeño rasguño en esa virtud.

Creo que ustedes con este esquema, comprendrán bien el desarrollo de lo que he querido decir.

Quería hacer una aclaración. He hablado mucho del papel de Santa Teresita en relación con el amor de Dios. Y, por lo general, la piedad popular hace mucho hincapié en las ayudas que Santa Teresita confiere o concede, en diversos ámbitos, a quienes recurren a ella.

Alguien podría preguntarme si no lo considero, si considero una “herejía blanca” [forma sentimental de piedad] pedirle a Santa Teresita esa ayuda, o un fomento de la piedad basándose en esas ayudas.

Mi respuesta sería enérgica: ¡no, no y no! Esas ayudas, de hecho, se conceden por su intercesión, por su oración, y en ello interviene un designio de la Providencia. El mal consiste en no ver esas ayudas en relación con el amor de Dios. Son ayudas que se nos conceden para el bien de nuestro cuerpo, para el bien de nuestra vida terrenal, es cierto, pero que serían muy poco si solo tuvieran ese resultado. Conllevan consigo un valor aún mucho más precioso y que hay que saber apreciar debidamente. Y es que nos conducen al amor de Dios, que vale más que todas las cosas terrenales.

Esta es la postura equilibrada respecto a las gracias extraordinarias que Santa Teresita concede, de hecho, a quienes le piden también favores temporales.

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