Reflexión sobre cómo el título de Madre de Dios establece la jerarquía de la creación, ennoblece el cosmos y abre para nosotros un crédito permanente de perdón maternal
“Santo del Día” – 11 de octubre de 1963
A D V E R T E N C I A
Este texto es transcripción de cinta grabada con la conferencia del profesor Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a los socios y cooperadores de la TFP. Conserva, por tanto, el estilo coloquial y hablado, sin haber pasado por ninguna revisión del autor.
Si el profesor Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que fuera colocada una explícita mención a su filial disposición de rectificar cualquier eventual discrepancia en relación al Magisterio inmutable de la Iglesia. Es lo que hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan escrupuloso estado de espíritu:
“Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a las enseñanzas tradicionales de la Santa Iglesia. No obstante, si por lapso algo en él hubiera en desacuerdo con dichas enseñanzas, desde ya y categóricamente lo rechaza”.
Las palabras “Revolución” y “Contra-Revolución” son aquí empleadas en el sentido que se les da en el libro “Revolución y Contra-Revolución”, cuya primera edición apareció publicada en el número 100 de la revista “Catolicismo”, en abril de 1959.
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Virgen de la Antigua – Catedral de Sevilla
Breve historial de la fiesta de la Maternidad de la Bienaventurada Virgen María
La fiesta de la Divina Maternidad de Nuestra Señora (o Maternidad de la Bienaventurada Virgen María) tiene sus raíces en el dogma definido en el Concilio de Éfeso (431) y una historia litúrgica que se ha ido desarrollando a lo largo de los siglos, hasta su promulgación universal en el siglo XX.
En 1931, con motivo del XV centenario del Concilio de Éfeso, el papa Pío XI instituyó la fiesta de la Maternidad Divina de Nuestra Señora para toda la Iglesia latina. En la encíclica “Lux Veritatis” (25 de diciembre de 1931), anunció la extensión de la festividad, y la Congregación de los Ritos publicó los textos litúrgicos. La fecha se fijó en el 11 de octubre. El Papa también restauró los mosaicos marianos de la Basílica de Santa María la Mayor en Roma y destacó la importancia de este título para la unidad con los cristianos orientales y como modelo para las madres.
En resumen: el dogma data del año 431; la antigua celebración litúrgica en Roma tenía lugar el 1 de enero; la fiesta propiamente dicha se extendió a partir de 1751 a nivel local; fue decretada para toda la Iglesia latina en 1931 por Pío XI (11 de octubre); y desde 1969 se celebra universalmente el 1 de enero como solemnidad.
Comentarios del Prof. Plinio
* La fiesta de la Maternidad Divina y su significado para la piedad católica
Hoy celebramos la fiesta de la Maternidad de la Bienaventurada Virgen María. Mañana, la fiesta de Nuestra Señora de Aparecida, patrona principal de Brasil.
Hablemos un poco sobre la Maternidad de la Santísima Virgen María.
La importancia de esta fiesta para la piedad católica y, más especialmente, para nosotros, debido a nuestra devoción tan especial hacia Nuestra Señora, radica en que todas las gracias extraordinarias que Nuestra Señora recibió y que hicieron de Ella una criatura única en todo el universo y en la economía de la salvación, tienen como título, como punto de partida y como razón de ser el hecho de que Ella sea Madre de Dios, el hecho de que Ella sea Madre de Nuestro Señor Jesucristo; pero implícita en esa afirmación de que Ella es Madre de Nuestro Señor Jesucristo está esa idea o afirmación de la doctrina de la Iglesia de que Ella es Madre de Dios. Desde nuestras concepciones, ¿habría algún comentario especial que hacer?
* La jerarquía divina y el amor a los matices contra el espíritu simplificador de la Revolución
Lo habría en el siguiente sentido: fíjense en cómo se establece la jerarquía en la obra de Dios, y en cómo todas las cosas hechas por Dios están matizadas, reforzadas y ‘nuancées’. Y en cómo esto es contra-revolucionario.
El espíritu revolucionario está a favor de las simplificaciones. Alguna persona malintencionada diría que el espíritu revolucionario es politécnico. Por el contrario, el espíritu contra-revolucionario ama los matices [en la creación, en la Iglesia Católica] y, cuando ve algo un poco difícil de comprender e incluso un tanto antitético, lo ama porque comprende que en esa aparente antítesis hay, en el fondo, una verdad muy hermosa, una verdad insospechada, que acabaremos encontrando. Es algo a lo que, desde pequeño, me acostumbré a ver en la Iglesia.
Una sorpresa que me dio la Iglesia fue cuando empecé a ver cosas raras en ella y me quedaba un poco enredado con eso. Pero después de ese enredo, profundizaba en el asunto y me daba cuenta de que cuanto más raro era lo que veía, más bonita era la explicación que había ahí.
Y así me acostumbré a la idea de que cualquier objeción que se pueda plantear a la Iglesia es como ese agujerito que hay en la playa. Vemos un agujerito sin importancia, del que salen burbujitas. La gente metía el dedo y, de dentro, salía un caracol. Lo mismo ocurre en la Iglesia. Todo lo que es extraño, lo que no entendemos bien, lo que parece antitético o contradictorio, si no exigimos una explicación inmediata, si sabemos esperar a que Nuestra Señora nos lo haga comprender, ahí hay una perla o una verdadera maravilla.
* La unión hipostática con la naturaleza humana: un milagro mayor que unirse hipostáticamente a los ángeles, que ennoblece todo el cosmos
Es propio de la Iglesia que, en algo plagado de contradicciones, siempre se encuentre una profunda armonía que surge de una verdad subyacente.
¿Quieren algo que, para un espíritu cartesiano, pueda parecer más absurdo que “Madre de Dios”?
Imaginemos a alguien que nunca haya recibido enseñanza de la doctrina católica y que sepa lo siguiente: que la Iglesia Católica, al mismo tiempo, enseña que Dios es eterno y puro espíritu y, al mismo tiempo, enseña que Dios tiene una Madre. Y, además, Madre… Porque si fuera el padre de Dios, aún se podría entender… Pero justo esa Madre de Dios, cuando no sabemos quién es el padre de Dios, esa Madre sin padre, esa Madre material, carnal, de un ser espiritual, esa Madre temporal de un ser eterno.
Como vemos, es una serie de contradicciones que cualquier protestante diría: lo veo igual que vosotros: “Madre de Dios, imposible, ¡oh, oh, oh!”
Oh, oh, oh, ¡no! Es así, y es porque lo consideras absurdo. Y porque, en el fondo de todo lo que consideras absurdo, cuando se trata de la Iglesia, nunca hay absurdo. Existe una armonía profundísima y superior unida a un principio extraordinario. La cuestión es esperar para comprender.
Aquí vemos: Dios eterno, perfecto, etc., etc., crea a los ángeles. Por debajo de los ángeles crea a los hombres. Pero la Encarnación, la unión hipostática, no la establece con un ángel, sino con la naturaleza humana. Es algo que parecería una contradicción: la dignidad superior de los ángeles exigiría que la unión hipostática se realizara con ángeles y, de pronto, con el más alto de los ángeles. Pues bien, Dios establece la unión hipostática con una naturaleza humana. Él asume la naturaleza humana. Establece esa unión hipostática y, al hacerlo en un grado menos elevado que el de los ángeles, realiza una maravilla mayor que si hubiera establecido la unión hipostática con los ángeles.
Porque, si la unión hipostática se hubiera realizado con un ángel, Él solo habría dignificado a la criatura espiritual. Pero, al realizar la unión hipostática con el hombre, dignifica a los ángeles, ya que el hombre, en la medida en que tiene alma, participa de la dignidad espiritual de los ángeles. Dignifica, además, a todo el reino de la materia, porque el hombre está hecho de materia. Por lo tanto, es todo el cosmos el que se ennoblece mucho más con esta aparente incongruencia de la unión hipostática realizada con la naturaleza humana, que con una unión hipostática realizada con una naturaleza angélica.

* Nuestra Señora, pura criatura colocada en la cumbre de la creación
Él, establece: primero está Dios y, después, viene Nuestro Señor Jesucristo. Tras Nuestro Señor Jesucristo hay un abismo, naturalmente. Pero en lo más alto de lo que viene después, Dios coloca a una criatura humana que es el nec plus ultra de todo lo que puede ser la mera creación. Y aquí se establece algo que tiene cierto aspecto de jerarquía: porque es Dios, infinito, incomparable a cualquier criatura. Luego viene Nuestro Señor Jesucristo, en quien la condición creada es aceptada en unión hipostática con la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, y después viene una pura criatura. Y esa pura criatura es Nuestra Señora.
Observamos que se establece una especie de jerarquía, que es algo admirable, pero que está llena de contrafuertes: los ángeles quedan un poco al margen; es con la naturaleza humana con la que se establece la unión hipostática, y justo detrás viene una criatura que es una criatura pura y que, aunque no haya propiamente intermediarios entre Dios y el hombre, en cierto sentido de la palabra, es un arco de alianza, es algo intermedio entre Dios y el hombre, y es el espejo más perfecto de Dios que pueda ser una mera criatura. Así pues, tenemos a Nuestra Señora, Madre de Dios.
Como Madre de Dios, es proclamada Reina de los Ángeles, Reina de los hombres, Reina del Cielo y de la Tierra. Además, está investida de todas las demás cualidades y de todas las demás gracias, de todos los demás títulos que posee, incluida la Mediación Universal, precisamente por el hecho de ser Madre de Dios.
Así, la fiesta de hoy dirige nuestra atención y nuestra piedad hacia lo que, en cierto modo, es la raíz misma de la devoción mariana: la Maternidad de Nuestra Señora.
* El error del espíritu liturgista simplificador que desprecia los demás títulos de la Virgen
¿Quieren ver ahora cómo son las cosas?
Esta doctrina es tan cierta —salvo que fray Jerónimo lo censure—, tan ortodoxa, como no podría serlo más. Puede que no sea ortodoxo lo dicho por algún defecto de expresión, pero la doctrina de la Iglesia a este respecto es totalmente ortodoxa.
Hace unos veinte años quise fundar una Congregación Mariana en la parroquia de Santa Teresita [N.C.: parroquia cercana a la residencia del Prof. Plinio y de sus discípulos], e invité a algunos jóvenes del barrio de Santa Teresita a formar parte de dicha Congregación. Confabulaban —sin que yo lo supiera— ya infectados por el virus litúrgico… etc.
Uno de ellos me dice: La Congregación se llamará «Nuestra Señora Madre de Dios».
─ Irreprochable.
─ Pero ¿por qué has elegido ese título tan poco habitual?
Respuesta:
─ Porque, al fin y al cabo, en Nuestra Señora, lo único que importa es que sea Madre de Dios. Todo lo demás no es nada.
Aquí ya entra el desequilibrio. Es lo mismo que decir: en el árbol, lo único que importa es el tronco. Las ramas, las hojas, las flores, los frutos, nada de eso importa. Al tener que aceptar la doctrina, se busca despojarla de toda esa complejidad que de ella emana, de toda esa variedad de títulos que de ella surgen, para quedarse solo con el tronco, lo cual ya es, a su vez, una postura errónea.
Fíjense en el aliento del espíritu simplificador, liturgista y protestante [N.C.: sobre el movimiento litúrgico a que hace referencia el Prof. Plinio, ver: El Cruzado del Siglo XX – Plinio Corrêa de Oliveira – Cap. III, 3 – El “movimiento litúrgico” ], con el pretexto de ir a las raíces, rechazando el resto de las ramas. El espíritu católico es todo lo contrario: venerar inmensamente ese título de Nuestra Señora, respetándolo como merece ser respetado, pero ansioso por extraer de ese título todas sus consecuencias.
Con el espíritu volcado hacia las mil invocaciones que existen y las nuevas que se crearán hasta el fin del mundo, para venerar a Nuestra Señora bajo este, aquel y aquel otro aspecto, que siempre es una consecuencia de su maternidad divina.
* Nuestra Señora, Madre de los hombres: la gracia más preciosa de una relación verdaderamente maternal
Me parece que esta invocación tiene un punto muy importante: es que Nuestra Señora, Madre de Dios, por ser Madre de Dios, y también por una serie de consecuencias, es, a título especial, Madre de los hombres. Y, por lo tanto, nuestra Madre.
Creo que la gracia más preciosa que se puede recibir en materia de devoción a Nuestra Señora es cuando Ella condesciende en establecer, mediante lazos inefables, una relación verdaderamente maternal con cada uno de nosotros. Esto puede ocurrir de mil maneras, pero, en general, Nuestra Señora se revela principalmente como nuestra Madre cuando nos saca de algún apuro de una forma que nos resulta totalmente inolvidable. O cuando nos perdona alguna falta que, en particular, no tenía perdón, pero que Ella, por una de esas bondades que solo las madres tienen, pasa por alto, perdona y elimina, tal y como Nuestro Señor Jesucristo curaba la lepra.
De tal manera que no queda nada. En realidad, nada de aquello merecía ser perdonado, nada de aquello tenía atenuantes, nada de aquello merecía más que la ira de Dios, pero Ella, como Madre, con su poder soberano y con esa indulgencia que tienen las madres, con una sonrisa, lo borra, lo elimina y el pasado queda quemado y completamente olvidado.
Nuestra Señora concede gracias como estas, a veces de tal manera que quedan grabadas a fuego para toda la vida, pero con un fuego que es fuego del Cielo y no fuego de la Tierra, y mucho menos fuego del infierno; queda grabada a fuego en el alma esa convicción de que podremos recurrir a Ella mil veces, en circunstancias mil veces más indefendibles, y Ella siempre nos perdonará de nuevo porque nos ha abierto una puerta de misericordia que nadie cerrará.
* “El ‘Grupo’ vive de un crédito de misericordia abierto por Nuestra Señora”
Creo, caros amigos, que si fray Jerónimo aprueba esta teología, creo que es precisamente de lo que vive el “Grupo” (*). Es un crédito de misericordia abierto por Nuestra Señora, pero de esas misericordias como pocas veces habrá habido, y que, por eso, aunque no lo merezcamos y hagamos de todo, Ella todavía tiene una sonrisa más, todavía tiene un perdón más, Ella nos rescata una vez más. De tal manera que me recuerda una frase que, si no me equivoco, aparece en el Apocalipsis y que dice así: «Conozco tus obras: te he puesto delante una puerta abierta, que nadie puede cerrar; porque, a pesar de tu debilidad, has guardado mi palabra y no has renegado de mi nombre» (Apocalipsis, 3.8). He visto una aplicación de esto a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Me parece sumamente legítimo.
Creo que también es muy legítimo aplicarlo al Inmaculado Corazón de María y al Corazón Materno de María hacia nosotros.
De modo que, cuando se habla propiamente del Grupo, y cuando se habla de la gracia especial del Grupo, no se debería hablar como si la hubiéramos merecido. Eso son palabrería, con P mayúscula. Sino como un don de Nuestra Señora, porque quiso dárnoslo y sin que lo mereciéramos.
No conozco una verdad más palpable, más digna de nuestro amor y de nuestra gratitud. Porque, por poner una imagen muy burda, aunque me viene ahora a la mente, nosotros estamos con Nuestra Señora como Brasil está con sus acreedores: no paga los préstamos, sino que contraemos nuevos préstamos en el que se incorporan los intereses del préstamo anterior. Estamos completamente atrapados, enredados.
Solo que Ella nos trata de una forma muy distinta a como nos tratan los acreedores. Si, por tanto, Nuestra Señora nos concediere la gracia, al final de este día, estemos o no contentos con nosotros mismos, al término de esta semana, si Ella nos concediere la gracia de tener, en lo más profundo de nuestra alma, un sentimiento de confianza especial, no porque tengamos motivos para estar contentos con nosotros mismos, sino porque sabemos lo buena que es Ella, si Ella nos concediere esa gracia, tengo la impresión de que el día y la semana han valido plenamente la pena.
NOTAS
(*) “Grupo” – El Prof. Plinio se refiere al núcleo informal de discípulos, amigos y colaboradores que se formó a su alrededor mucho antes de la fundación de la TFP (Sociedad Brasileña de Defensa de la Tradición, la Familia y la Propiedad), en 1960.
Plinio Corrêa de Oliveira utilizaba la expresión «el Grupo» (o «nuestro Grupo», «Grupo de Plinio», «Grupo del Legionario», «Grupo del Catolicismo», etc.) para designar a ese círculo de católicos laicos comprometidos con la defensa de la doctrina tradicional de la Iglesia y con la lucha contra la «Revolución» (proceso histórico anticristiano que abarcaba desde el humanismo y la Reforma protestante hasta el comunismo y el progresismo).
De ahí que, en el lenguaje interno de la TFP ella se llamase a sí misma como “Grupo”.
