La grandeza católica percibida a través de Felipe II: Del Rey Prudente al rostro de Cristo

“Reunión del MNF” (*), 17 de febrero de 1988


A D V E R T E N C I A

El presente texto es una traducción y adaptación de la transcripción de una exposición oral del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a socios y cooperadores de la TFP, por lo que tiene un estilo coloquial y no ha sido revisado por el autor.

Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia con respecto al Magisterio de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:

«Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Sin embargo, si por descuido hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».

Las palabras «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.


 

Felipe II — Sofonisba Anguissola — Museo del Prado — Madrid

PREÁMBULO

 

Comentando algunos aspectos de la “mística ordinaria” según el padre Garrigou-Lagrange, Plinio Corrêa de Oliveira sostiene que la llamada “mística ordinaria” —distinta de la gran mística de los éxtasis y las visiones extraordinarias— no es un elemento secundario de la vida espiritual. Si Dios concede a muchos fieles ciertas gracias interiores y percepciones sobrenaturales, es porque desempeñan un papel importante en la santificación de las almas.

Aunque la vida cristiana debe basarse en la fe, la razón y el esfuerzo de la voluntad, estas gracias ofrecen algo que el simple razonamiento no proporciona: una percepción directa e intuitiva de las realidades divinas reflejadas en las criaturas. Así, una iglesia, un crucifijo, una persona virtuosa o incluso una costumbre tradicional pueden comunicar al alma un aspecto del espíritu de Dios y de la Iglesia.

Estas percepciones no sustituyen a la teología ni a la reflexión racional, sino que las complementan. Poco a poco, se unen en una visión de conjunto que permite al alma vislumbrar la psicología —si se puede decir así— del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, detrás de la Iglesia y por encima de ella. La psicología de Nuestra Señora, la psicología de la corte celestial, la psicología de sus ángeles y de sus santos. De este modo, la mística ordinaria ayuda al fiel a adquirir un conocimiento más vivo y concreto de las realidades sobrenaturales, como una anticipación de la atmósfera del Cielo.

A seguir, el Prof. Plinio muestra cómo se realizaban en sí esos conceptos, comentando un cuadro de Felipe II que decoraba el salón en que se estaba realizando la reunión.

La mística ordinaria aplicada a la contemplación de Felipe II

¿De qué manera, por ejemplo, creo percibir cómo se pasa eso en mí? No siempre, siempre, la cosa se refiere directamente a lo sobrenatural, pero hay algo. Por ejemplo, un hombre del que tengo todas las razones para creer, con gran pesar en mi alma, que no fue un santo: Felipón [N.C.: forma afectuosa y familiar como el Prof. Plinio se refería a Felipe II].

Sé que Felipón no fue un santo. Conozco aspectos censurables de Felipón —no los conozco de moribus—, pero sé de maneras suyas de resolver cosas, situaciones, etc., que no son santas.

Pero, en total, se le concedió una gracia tan extraordinaria, se le concedió un carisma tan extraordinario para llevar las cosas hasta donde las llevó y mucho más allá de lo que las llevó, que, de alguna manera, se convirtió en la personificación de lo que sería, en aquella época, un hombre no medieval, pero que poseía casi toda la esencia de la Edad Media en su alma y se rebelaba contra la frivolidad de la época, contra las nimiedades, contra, en definitiva, todo lo de la época, todo lo del Renacimiento, porque la gente no quiere decirlo, no lo ve bien, ¡pero él, en el fondo, fue el anti-Renacimiento!

Y el propio Escorial que construyó es tan serio, y tiene tal carácter, que consiste en, bajo la máscara del Renacimiento, mirar las cosas con los ojos medievales de un inquisidor, y hacer, forzar la máscara del Renacimiento y decir lo que ella no querría decir.

Así es como yo percibo al Felipón.

(Aparte: —Solo la idea de diseñar la planta como una parrilla de martirio…)

¡Sí! ¡Una parrilla de martirio, algo de otro mundo! ¡Y después de un martirio terrible, algo tremendo! Imaginen, por ejemplo, eso en una obra de Luis XIV. ¡Inconcebible! ¡Inconcebible! ¡Como en ninguno de esos príncipes ricachones de la Italia del Renacimiento, jamás!

Felipe II como iba en jornada de San Quintín – Antonio Moro – 1560 – El Escorial

Ahora, el resultado. Miro a Felipón, y en su mirada, así, en su porte, en su firmeza, en su seguridad, en su determinación, que no era homogénea… sé que había «des crevasses» [fisuras] en su interior. Pero es algo que se le ha concedido, que su mirada, al menos según mi percepción, no refleja esos defectos. Refleja cómo sería si no tuviera esos defectos. Refleja cómo sería si no tuviera esos defectos. Refleja cuándo decidió enviar a su Armada a combatir a los turcos, cuándo decidió enviar tropas a Flandes; cuándo decidió intervenir en Francia para dar una lección a los protestantes: refleja esos aspectos.

Bueno, yo miro todo eso y considero que, gracias a un discernimiento de los espíritus (**), (…) veo claramente la psicología de este hombre desde su lado positivo. Incluso lo veo tal vez de tal manera que no percibo los aspectos negativos.

Fue necesario tener en cuenta los hechos de su vida que conozco y, mediante un esfuerzo de objetividad, ordenarlos, reflexionar y elaborar, por así decirlo, mi «filípica» contra él, mi filípica contra Felipe, para comprender bien cómo fue históricamente. Porque su forma de ser dentro de su leyenda y de su magnificencia, ofrece una imagen totalmente diferente, tal y como me encantaría que fuera.

Pero su aspecto reflejaba una fidelidad —creo que aún era una concesión misericordiosa de la gracia—, una fidelidad mayor que la que él tenía, de modo que también el odio de que fue objeto fue mayor que el mal que realmente hizo [contra la Revolución]. Podría haber hecho un mal mayor, y entonces habría estado a la altura del odio que le profesaban. Creo que también sus adversarios vieron en él lo que podría haber sido y no llegó a ser, sino lo que había de baluartes, lo que había de vestigios en él, y por eso lo odiaron. Creo que lo vieron como yo lo veo, y lo odiaron como yo lo amo.

El destello sobrenatural del varón católico llamado a la perfección.

Lo miro y veo eso. Ahora, de forma más tenue, pero real, me parece ver en él un pequeño destello de lo sobrenatural, más importante que todo lo que acabo de decir. Y que refleja todo el lado no “herejía blanca” (**) del varón católico perfecto, del varón católico tal y como debe ser. Del guerrero, del cruzado, del caballero, de los siglos XIV, XVII. Esa es la impresión que me da el Felipón.

De modo que, para mí, por ejemplo, se lo estaba diciendo el otro día a “X” en un momento de reposo, mientras tomábamos el ascensor, mientras le decíamos “buenos días” al peluquero que entraba, cualquier cosa, le estaba diciendo esto a “X”: si tuviera, por ejemplo, una sala con varios cuadros de diferentes pintores del Felipón, sería para mí una sala de edificación, de oración y de entretenimiento, ¡aunque tenga respecto a él las objeciones que imponen los hechos de su vida! Llegué a decir en el Auditorio San Miguel que, en mi opinión, el fracaso de la Armada Invencible fue un castigo para él, a causa de las actitudes que adoptó, etc.

Es algo, por tanto, en lo que supongo que todos ven que no entra una especie de fanatismo póstumo. Pero que la cuestión se sopesa en una balanza de farmacéutico: ¡ahí está! Tantos gramos de esto, tantos de aquello, para componer la verdad. Ahí está la cuestión. Al mismo tiempo, me esfuerzo para que sea así.

De Felipe II al Santo Sudario: contemplar a Cristo a través de un reflejo de su ideal

Ahora bien, resulta que, mirando así, empiezo a contemplar, con una mirada interrogativa, las imágenes verdaderas y bellas de Nuestro Señor Jesucristo. Y trato de ver, por ejemplo, en el Santo Sudario de Turín, qué hay de Felipón en él. Evidentemente, el modelo es Él. Felipón no es más que un gusano en comparación con Él. ¿Quién no es un gusano en comparación con Él?

Bueno, pero lo que quiero decir es lo siguiente: que la raíz —la raíz, por lo tanto, algo de mucho más sublime, mucho más elevado de lo que hay en Felipón— debe estar en Él. Y eso me ayuda enormemente a comprender el Santo Sudario.

(Pregunta: ¿El propio Felipón le ayuda a comprender el Santo Sudario?)

Sí. Partiendo de Felipón, a quien tomo como lupa o instrumento de trabajo; cuando miro por la lupa, no estoy mirando la lupa; yo, a través de la lupa, miro lo que quiero ver. Del mismo modo, a través de Felipón aquí no estoy mirando a Felipón. Estoy mirando algo a través de Felipón.

(Pregunta: Ese «algo» al que se refiere usted es ese «algo más» que no es propiamente la descripción de su psicología. ¿Es eso?)

No. Es él, tal y como fue, y yo con lo que él no quiso ser o no logró ser, pero [que] se percibe que estaba llamado a ser.

(Pregunta: ¿Ese «algo más» sería su Príncipe Heredero?) (****)

Exactamente eso. Es el plan de Dios para él. Que es mucho más hermoso que él, mucho más completo que él.

(Pregunta: ¿Qué es eso que se asociaba con la mirada de Felipón, a lo que usted se ha referido? ¿Es la descripción de ese plan ideal que acaba de describir?)

Voy a responder sin rodeos. Hay en su mirada —siento que es lo que más exaspera a los liberales en su contra—, hay una certeza, hay una fe, una convicción. En virtud de la fe, esa certeza de las cosas solo la tiene quien profesa la fe católica. Tiene una certeza de la objetividad del mundo real, de las cosas tal y como son, del razonamiento, de la lógica, de cómo se llega a las cosas, etc., etc., que es, como se dice en alemán, «durch und durch» [por completo, totalmente], es decir, ¡de una vez por todas!

Bueno, y creo que en esta virtud de la fe fue excelente; fue débil en ciertas virtudes cardinales; débil, tuvo debilidades en algunas virtudes cardinales, pero en esta virtud de la fe fue excelente.

De ahí que en su mirada resplandezca una especie de resolución, de fidelidad, de «attachement», de devoción a la fe católica y de hacer que esta triunfe, que dice lo siguiente: «Contra todas las evidencias, esto es así, y contra todas las evidencias debo actuar así, ¡y lo haré!».

Esa determinación suya, grandiosa, magnífica, esa determinación la vemos en los hechos que no llevó a cabo por completo. En algunas cosas no lo hizo por completo. Pero en la mirada no se percibe eso. Se percibe a él como habría sido así. Y un cierto ángulo de la mirada, un cierto tipo de claridad, que contrasta con lo severo y casi sombrío del resto. Y es esa claridad, esa luz sobrenatural de quien es muy severo y muy combativo, porque ya vislumbra algo de las luces celestiales.

[Ahora viene el otro lado.] Entonces voy a ver a Nuestro Señor y veo algo a través de Felipón. [Como cuando] veo a través de unos prismáticos cuya lente es pequeña, puedo ver un panorama completo, inmenso. Así también yo, a través de Felipón, puedo ver un panorama mucho más amplio que él mismo. De lo contrario, no me serviría de nada. Me sirve como una lupa, como un telescopio.

Bueno, veo a Nuestro Señor en el Sudario y veo todo esto. Por ejemplo, su rechazo y su protesta contra lo que le sucedió, y su determinación. Soy inocente y lo proclamo aquí, cubierto de los insultos del mundo entero; proclamo aquí mi inocencia y afirmo que es transparente y visible, y que solo los perversos pueden negarlo. ¡Aquí estoy! Eso es lo que hay en el Santo Sudario. Que nadie venga a mí con tonterías, porque esto está ahí.


NOTAS

(*) Reunión del MNF — Las reuniones del MNF eran encuentros con un pequeño número de asistentes, de alto nivel formativo, en los que el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira profundizaba en temas doctrinales, filosóficos, teológicos, sociológicos y contra-revolucionarios.

(**) Discernimiento de los espíritus – El Prof. Plinio definía esa expresión como «El discernimiento de los espíritus es una acción de la gracia sobre el hombre, mediante la cual este se vuelve más capaz de percibir lo que está influido por el espíritu bueno y lo que está influido por el espíritu malo. […] El alma tiene una especie de instinto que percibe esto y se deja llevar por ello. Por el contrario, cuando hay algo malo, el alma tiene una especie de instinto, otorgado por la gracia, que le hace percibir que ahí hay algo malo y que lo deja de lado»

[https://www.pliniocorreadeoliveira.info/Mult_840622_discernimento.htm]

(***) “Herejía blanca” — Neologismo utilizado por el Prof. Plinio para designar toda una concepción de la religión y la piedad basada en el sentimentalismo, y no en principios. Lo importante no es lo que indica la recta razón, sino lo que sugiere el sentimiento. En resumen, la voluntad se mueve por la sensibilidad y no por la inteligencia iluminada por la fe.

(****) Príncipe Heredero — Expresión utilizada por el Prof. Plinio significando “la perfección de Dios de la que somos príncipes herederos. Príncipe heredero de sí mismo. Todos tenemos esa cualidad, y todos deberíamos hacer que los demás la vieran, desde el más humilde de los hombres hasta el auténtico príncipe heredero del país que lo tuviera. Pero así es como deberían ser las personas”.

Para los visitantes que dominen el portugués, ponemos a su disposición un video con extractos de este texto por el Prof. Plinio.

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