El combate entre el espíritu de cruzada y la mentalidad acomodada
“Reunión Normal” – Sede de San Milas – 23 de abril de 1973
A D V E R T E N C I A
El presente texto es una traducción y adaptación de la transcripción de una exposición oral del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a socios y cooperadores de la TFP, por lo que tiene un estilo coloquial y no ha sido revisado por el autor.
Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia con respecto al Magisterio de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:
«Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Sin embargo, si por descuido hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».
Las palabras «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.
PREÁMBULO
El texto presentado presenta una reflexión sobre la convocatoria de la Cruzada por Urbano II, en que el Prof. Plinio resalta el fervor, coherencia y combatividad religiosa. El autor compara la mentalidad de los católicos medievales —dispuestos al sacrificio por la gloria de Dios, la defensa de los lugares santos y la protección de los cristianos oprimidos— con la actitud de un cierto tipo de católico moderno, representado por el “nhonhô”, caracterizado por la comodidad, la tibieza, el miedo al sacrificio y la tendencia a relativizar el combate religioso.
Comentários del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira

El papa Urbano II preside el concilio de Clermont – Sébastien Mamerot – Manuscrito iluminado en pergamino, Bourges, Jean Colombe, 1474-1475.
Empezaré mencionando un hecho trivial. Ustedes conocen las razones que llevaron a los papas, y más concretamente al Bienaventurado Urbano II, sucesor inmediato de San Gregorio VII, a promover las Cruzadas. Los mahometanos ocupaban los lugares santos y, por lo tanto, ocupaban el Santo Sepulcro y profanaban los lugares santos haciéndoles un uso indigno. Además, perseguían a los católicos, les prohibían practicar la verdadera fe, secuestraban a los niños católicos para que practicaran la religión mahometana y, con ello, cometían todo tipo de opresiones contra los verdaderos católicos que vivían en Oriente Próximo.
Estas razones llevaron a la Iglesia —animada por el celo por la gloria de Dios, ofendida por lo ocurrido en el Santo Sepulcro y por las almas que se perdían, y movida por la compasión ante el mal destino temporal de esos pueblos oprimidos— a convocar las Cruzadas.
Existe una analogía entre los católicos de aquellos tiempos y los de hoy. Es decir, en teoría, sería razonable, estaría plenamente en consonancia con la doctrina católica, promover una cruzada contra el comunismo. Incluso cabría preguntarse si sería legítimo no promover una cruzada contra el comunismo, y yo diría que no lo sería. Estoy seguro de que, si Pío XII hubiera querido promover una cruzada contra el comunismo, habría encontrado los medios para ello y habría arrastrado al mundo. Tengo sobre esto una certeza que podría justificar en otra ocasión. Queda por ver si tenía derecho a no hacerlo.
Pero la analogía es la misma, porque el Santo Sepulcro es realmente un lugar sumamente sagrado, pero también son sagradas en alto grado nuestras iglesias. Ahora bien, ¿cuántas iglesias católicas son profanadas, mancilladas, etc., en los países donde impera el comunismo? Sobre todo, cuántas almas se pierden. Y en ese paralelismo, entre el Sepulcro y las almas, las almas valen incomparablemente más que el Sepulcro.
Es decir, cualquier niño de la calle que se está perdiendo por ver la televisión representa una ofensa mayor a Dios que la profanación del Santo Sepulcro.
Nuestro Señor Jesucristo no se habría encarnado, no habría venido a la tierra solo para rescatar su propio Sepulcro, por ejemplo; pero sí para salvar un alma. Un alma vale más que el más sagrado de los monumentos. El alma no vale, evidentemente, más que la Eucaristía, eso no. Pero el más sagrado de los monumentos vale menos que un alma.
Ahora bien, el comunismo está perdiendo almas por millones, almas que se pierden tras el Telón de Acero y almas que se pierden al otro lado del Telón de Acero a causa de la acción comunista. Por lo tanto, la Cruzada contra el comunismo estaría más que justificada.
Con este telón de fondo podríamos analizar entonces el sermón del Bienaventurado Urbano II —que me envió el señor Átila en sus hojas de «medievalización»— predicando la cruzada y preguntarnos a nosotros mismos: si viéramos a un predicador predicando la cruzada contra el comunismo con ese argumento y con ese lenguaje, ¿qué diría el católico de hoy, cuáles serían sus objeciones? para que comprendamos bien la diferencia entre el católico que escuchó aquel sermón y se convirtió en cruzado y el católico de hoy que escucha ese sermón y tiene las objeciones del «nhonhô» (*).
Puede suceder —hablemos en lenguaje saint-simoniano (**)— que, al escuchar ese sermón, alguno de nosotros tenga incluso una reacción «nhonhô». Nos sirve de examen de conciencia para conocernos a nosotros mismos en esta semana que precede a la Consagración [a la Virgen según el método de San Luís María Grignon de Montfort].
Así pues, yo leería el sermón del beato Urbano II y ustedes irían buscando adaptar ese razonamiento al caso actual, al comunismo, y pensando qué diría al respecto un clérigo o un católico corrientes. No digo «progresista», porque un progresista diría «qué absurdo». Digo un católico corriente, un clérigo corriente. Y lo que diría también alguna fibra del alma de ustedes. Y haríamos aquí un desarrollo de la conferencia del nhonhô.
(Comentario inaudible)
Yo opino lo siguiente: si Pío XII hubiera lanzado un llamamiento contra el comunismo, habría despertado en la Iglesia unas potencialidades heroicas que aún estaban muy vivas, y habría contribuido, de proche en proche, a “desnhonhozar” (***) a un número colosal de personas y, así, a crear un ambiente que no existía en su época, pero que él podría haber creado predicando la Cruzada.
Ahora bien, tal y como estamos hoy, la Revolución tiene precisamente vía libre y el comunismo puede hacer lo que quiera, no porque sea muy fuerte, sino porque los anticomunistas están precisamente desmoralizados, forman parte del llamado «centro decisivo». De ahí que el mal profundo sea este y no propiamente la fuerza del comunismo. De ahí la utilidad de reflexiones como esta.
La ficha que vamos a comentar está extraída de la historia clásica sobre las cruzadas, de Michaud [Joseph-François Michaud – História das Cruzadas].
El texto dice lo siguiente:
[San] Gregorio VII ocupaba entonces el trono de San Pedro; su talento, su inteligencia, su valentía y la firmeza de su carácter le hacían capaz de llevar a cabo las empresas más grandiosas. La esperanza de extender el imperio de la religión y el poder de la Santa Sede en Oriente le llevó a aceptar las humildes súplicas de Miguel Ducas; exhortó a los fieles a tomar las armas contra los musulmanes y los animó a que él mismo los condujera a Asia.
Fíjense en la grandeza de alma de San Gregorio VII, lo que me lleva a decir lo siguiente: la Iglesia ha tenido muchos papas santos y muchos grandes papas, pero, en mi opinión, al igual que Carlomagno fue EL emperador, San Gregorio VII fue EL papa. Todos los demás papas son participaciones de San Gregorio VII. Cuando medito sobre las glorias del papado, etc., no pienso ni siquiera en el beato Urbano II, sino en San Gregorio VII con Enrique IV arrodillado a las puertas del castillo de Canossa, comiendo nieve, y él pensando en acudir personalmente [a la Cruzada], porque creo que estas cosas se hacen así. Si hay que derrotar a los mahometanos, el Papa va y convoca a todos los emperadores y a todos los reyes para que vayan con él y en la misma nave, allí, todo bajo control. Es la consecuencia lógica de lo que he dicho hace un momento.
(Sr.-: Hay un apunte de San Gregorio VII. Él quería comandar a los cruzados.)
¡Qué maravilla! No solo quería ir con ellos, sino que quería comandarlos.
Continúa el texto.
Decía en sus cartas que los males de los cristianos en Oriente le habían conmovido hasta el extremo de desear la muerte. San Gregorio VII no pudo llevar a cabo su designio debido a problemas internos en Europa.
Imaginen ustedes lo que diría el católico de a pie al oír a un sacerdote decir lo siguiente en un sermón: «Yo, queridos míos, sufro tanto al pensar que el comunismo ocupa toda la extensión que ocupa en la tierra, que digo: ¡preferiría morir antes que vivir esto!».
¿Es o no es cierto que muchos nhonhôs dirían: «¡Qué misionero tan exagerado, qué demagogo tan exaltado! ¡Morir, no! ¡Nosotros vivimos bien aquí, porque ese hombre desea morir! Yo, por mi parte, prefiero vivir». Esa es la conclusión del «nhonhô», que se va a casa a comer satisfecho.
Sigue:
Moviéndose por el mismo espíritu que su predecesor, el Beato Urbano II decidió convocar el Concilio de Clermont, en Francia.
Es decir, un concilio convocado, no para invitar a los observadores comunistas a asistir y aceptar el compromiso de no hablar del ateísmo, ni del materialismo, ni del comunismo, ni siquiera de aprobar un mensaje de condolencia para los católicos de la Iglesia del silencio —porque ese fue el compromiso para conseguir que vinieran los observadores, para hacer ecumenismo con ellos—. Es, por el contrario, un concilio reunido para armar un ejército contra el adversario. Fíjense en el cambio radical de mentalidad que esto supone.
(Sr.-: Hay un boletín para los del Secretariado pro non credentibus… Los sacerdotes de la congregación dicen que, cuando se fundó ese secretariado, pensaban que harían una cruzada contra los ateos y que él aclaraba que no se trataba en absoluto de una cruzada ni siquiera de un ataque contra los ateos. Ni siquiera tenía como objetivo la conversión de los ateos. Y por eso el secretariado no se llama «contra non credentibus», sino «pro non credentibus». Y dicen también que es «pro non credentibus» porque solo pretende unir a todos los hombres por el bien de la humanidad.)
Bien.
Asistieron a él más de 200 arzobispos y obispos.
Para aquella época, dada la dificultad de los viajes, una población católica mucho menor, etc., es una cifra enorme. Vean qué fervor. Esos prelados que acuden en masa desde todas partes para ver al Papa proclamar la Cruzada.
Cuatro mil eclesiásticos y 30.000 seglares.
La pequeña ciudad de Clermont debía de estar, por tanto, a rebosar de [gente]. Y allí, al mismo tiempo, el Papa proclamó dos cosas, y son esos extremos opuestos tan hermosos que a nosotros nos parecen maravillosos, pero al nhonhô no le parecen maravillosos; se le pone la piel de gallina. Ya verán ustedes por qué al nhonhô no le parece así.
El Papa proclamó al mismo tiempo la guerra de Dios y la paz de Dios.
La guerra de Dios contra los mahometanos; la paz de Dios dentro de la cristiandad para que nadie se pelease durante los esfuerzos bélicos contra los mahometanos. ¿No es una maravilla? ¿No sería una fórmula preciosa dentro de la TFP? La paz de Dios interna, la guerra de Dios externa. Ese es el único y verdadero pacifismo. Es decir, en cuestiones de fe: luchar. En cuestiones que no son de fe: conciliador, afable, amable. En lo que respecta al interés personal, al amor propio, etc., cedamos. Todos somos uno, luchemos contra nuestros adversarios. Esa coexistencia de la paz de Dios con la guerra de Dios es, en mi opinión, una auténtica maravilla.
[Diría el] nhonhô: «Muy faccioso. Todos los hombres son hermanos, todos son hijos de Dios, todos han sido redimidos por Cristo. En lugar de hacer la paz de Dios y la guerra de Dios, decrétese la paz de Dios universal; ahí sí. Acábese con la guerra de Dios. Ahí está la buena solución; yo, nhonhô, no entro en esa guerra. Ahora bien, si van a hablar mal de mí; si van a llamarme nhonhô cuando no lo soy, ahí sí que me peleo, porque los asuntos personales son un derecho mío. Entonces, ¿por qué no voy a defenderme? ¿Voy a dejar que hablen mal de mí? Me defiendo, me defiendo al estilo nhonhô. Me defiendo como un cobarde, a veces como un tipo irascible que no se conforma y dice tonterías, oscilando entre la cobardía y la arrogancia; ahí voy yo, haciendo de nhonhô por la vida, pero ¿pelear por la religión cuando nuestro Dios es un Dios de amor? ¡Eso nunca!»
Es decir, en el fondo, que la religión se vaya a freír espárragos y se quede en un segundo plano. Mi interés está en primer plano. Así es el «nhonhô». Y así es el hombre de hoy, el católico medio de hoy.
El Concilio celebró su décima sesión en la plaza mayor de Clermont…
Se iba a convocar la Cruzada.
… ante una inmensa multitud. El Papa, seguido de sus cardenales, subió al trono que se había construido y habló.
Uds. deben imaginar el ambiente de expectación; el Papa con los cardenales en una plaza pública; el Concilio reunido, todos los obispos —por lo tanto, con sus mitras, sus trajes solemnes— en las tribunas, todos los clérigos. Se me había olvidado decirlo, pero todos los grandes santos y doctores de aquella época quisieron honrar la ocasión con su presencia, de modo que los grandes luminares de la Iglesia estaban allí para, junto con el Concilio, aclamar la expedición militar. Los grandes de la tierra, príncipes, nobles, plebeyos en cantidad incontable. Todos allí esperando al Papa, que debía dar la señal para desencadenar la guerra.
Y entonces comienza su sermón, que resulta muy interesante desde el punto de vista sociológico; una operación de propaganda. Un Bienaventurado que hace propaganda de una idea, porque la predicación misionera, bajamente calificada, podría denominarse propaganda.
¿Cuáles son los argumentos que conmovían a los hombres de la época? Verán ustedes que esos argumentos horrorizan al nhonhô. ¿Cuál era la psicología del hombre de aquella época y cuál es la nuestra?
Todo se dosificó sabiamente según las mejores reglas. No fue el Beato Urbano II quien habló primero. Habló primero Pedro el Ermitaño, uno de los predicadores de la primera Cruzada y que era un personaje polémico, muy criticado. Pero Pedro, a instancias del Papa, hizo una descripción de todo lo que sufría la población católica de Oriente. Así que fue un gran sermón en el que se relataban todos los horrores y se preparó el terreno, delineando bien el mal, ante unas poblaciones ávidas de recibir esas noticias. No son como el nhonhô, que siente pavor ante las malas noticias, que huye de la información desagradable, que solo busca cosas agradables o que, cuando recibe una mala noticia, lo hace por una especie de gusto sensacionalista. No es para meterse en la aventura, es para mirarla desde lejos.
Pedro el Ermitaño predicando la cruzada – La predicación de Pedro el Ermitaño inspira asombro y reverencia entre la multitud de cruzados – Gustave Doré.
Se acordarán de aquel crimen que ocurrió hace tiempo, creo que en Nueva York, en el que, en un bloque de pisos, un hombre mató a una mujer. Las luces estaban encendidas y, frente y alrededor, en todos los edificios había gente mirando, desde las gradas, pero nadie intervino. Ahí, al hombre contemporáneo – no solo en Nueva York, sino en todo el mundo – eso le gusta, pero es porque no es una mala noticia para él. Cuando es una mala noticia para él, prefiere no escucharla, huye.
Aquí no. Es un pueblo ávido de recabar noticias, incluso cuando son trágicas, cuando se refieren a la gloria de Dios.
Podemos imaginar a Pedro el Ermitaño hablando y a la población con los ojos fijos en él. Termina el sermón de Pedro el Ermitaño, nadie está cansado. Entonces comienza a hablar el Beato Urbano II.
No debemos pensar —el pueblo suele pensar eso— que el beato es la raíz cuadrada de un santo. Que es un santo que, en cierto modo, no alcanzó propiamente la santidad, que conservó algunos pequeños defectos, algunas cosas, y entonces la Iglesia le otorga —si se quiere— una especie de título de segunda categoría.
Beato es aquel cuya heroicidad ha sido reconocida, y cuya canonización depende de que se produzcan milagros; se proclama que se encuentra en la gloria de los cielos. Ahora depende de que se produzcan milagros para ser proclamado santo, pero, en principio, la definición de «Beato, Bienaventurado» es: una persona que probablemente sea un santo, pero cuyo proceso de canonización se ha interrumpido por alguna dificultad jurídica. Ha fallecido, han desaparecido los testigos, ha sido olvidado o cualquier otra cosa.
La primera parte del sermón es la siguiente. Comienza con una referencia al discurso de Pedro el Ermitaño:
Acabáis de escuchar al enviado de los cristianos de Oriente. Os ha hablado de la lamentable suerte de Jerusalén y del pueblo de Dios; os ha contado cómo la ciudad del rey de reyes, que transmite a los demás los preceptos de una fe pura, se vio obligada a servir a las supersticiones de los paganos; de cómo el sepulcro milagroso, donde la muerte no pudo retener a su presa, ese sepulcro, fuente de la vida futura, sobre el que surgió el sol de la resurrección, ha sido mancillado por aquellos que no deben resucitar, salvo para servir de paja al fuego eterno.
No sé si Uds. habrán seguido ese hermoso razonamiento. Es algo retórico, todo gira en torno a la idea de la muerte. Es decir, aquellos que solo resucitarán para servir de paja para el infierno; o sea, ahí van todos los mahometanos de un solo soplo, todos van al infierno en una sola fila. Y ya, ahí, el nhonhô tiene sus reservas: «El Papa exagera. ¿Y los que actúan de buena fe? Lenguaje genérico de un fanático del que tengo que distanciarme».
Los que sirven de leña para el infierno, los que son, por tanto, hijos de la muerte y que solo resucitarán para morir de nuevo, estos han puesto sus manos sacrílegas sobre el Sepulcro, en el que la muerte no logró atrapar a su presa y de donde resucitó por su propia virtud el Hombre-Dios. En el Sepulcro donde murió la muerte, los hijos de la muerte han puesto sus manos encima.
¿Qué diría de esto el nhonhô?: «Rebuscado, demasiado enrevesado; frases breves, pensamientos sencillos, ese es el estilo de la época. Y esas grandes florituras retóricas…, eso ya pasó. Ni siquiera percibo la belleza de esto».
Continúa:
La impiedad victoriosa extendió sus tinieblas por las regiones más ricas de Asia: «Antioquía, Éfeso y Nicea se convirtieron en ciudades musulmanas; las hordas bárbaras de los turcos izaron sus estandartes a orillas del Helesponto, desde donde amenazan a todos los países cristianos. Si el propio Dios, levantando contra ellas a sus hijos, no detiene su marcha triunfal, ¿qué nación, qué reino, podrá cerrarles las puertas de Occidente?
Así pues, ahí ven ustedes cómo se introducen los tres argumentos, pero no con esa simplicidad primitiva del periodismo actual: “no seas nhonhô, presta atención y entra en el juego”. Esto sí que es estilo. Aquí están el primer, segundo y tercer argumento, como hago en los artículos de la «Folha». Pero [está] adornado. En medio de flores y truenos se enuncian los tres argumentos fundamentales.
Primer argumento, pues: la gloria de Dios mancillada;
Segundo argumento: las naciones oprimidas;
Tercer argumento: la amenaza contra Occidente.
Imaginen ustedes que un Papa dijera precisamente eso para volverse contra Rusia. Aquí está mancillada la gloria de Dios; aquí están las naciones oprimidas; aquí está el peligro de una invasión del Occidente.
¿Qué diría el nhonhô? Antes de todo, consultaría la televisión. Diría: «El peligro no es tan grande, Nixon incluso está resolviendo el asunto, por lo que Occidente no corre peligro. Es cierto que esos pueblos están sufriendo, pero están tan lejos. Es gente un poco rara, ni siquiera es mi raza, ni entiendo lo que hablan. Queda allá, tras las brumas;, un montón de desgracias por allí. Pero yo no tengo la obligación de sentir esta caridad hacia pueblos tan lejanos. Yo me ocupo de aquí: «Favorece a los tuyos primero, y después a los ajenos». Aquí dentro, en mi casa, yo, claro está; mi mujer, mis hijos —bueno, la familia, al fin y al cabo—; algún amigo, un poco de humanitarismo con mi país cuando sobra dinero, un poquito. Rusia, allá lejos… Que se las apañen como puedan».
Luego estalla el comunismo aquí cerca [Chile] y la justificativa es la misma: allí, más allá de los Andes… Y en una Argentina, que está pegada a Chile, el nhonhô argentino se mantiene indiferente por razones análogas.
Para esa gente no. Esto no. Era evidente, era cierto. Una pequeña introducción y todos lo ven claro. No había periodismo, no había medios modernos de comunicación, muchos eran analfabetos, pero tenían el espíritu más lúcido que innumerables luminares de las Academias de Letras, de las universidades, de la política, del periodismo, etc.
El pueblo, digno de elogio —les decía—, ese pueblo que el Señor, nuestro Dios, ha bendecido, gime y sucumbe bajo el peso de los ultrajes y las exacciones más vergonzosas. La raza de los elegidos sufre persecuciones indignas;…
¿Saben ustedes quiénes son esos pueblos dignos de gloria? No piensen que se trata de las poblaciones que vivían allí, consideradas desde un punto de vista racial. Es el pueblo católico, que conforma el pueblo glorioso de la Historia, el pueblo de Nuestra Señora. Estos gimen y sufren humillaciones vergonzosas. La raza de los elegidos sufre persecuciones. Todos los elegidos pertenecen a una misma raza y, por eso, el católico francés y el católico portugués están comprometidos en la lucha del católico de Siria, por ejemplo. Es exactamente como si el enemigo estuviera llamando a las puertas de Lisboa, por ejemplo, o de Coímbra, porque es la misma raza; o a las puertas de París. Es la misma raza sobrenatural.
… la impía furia de los sarracenos no respetó ni a las vírgenes del Señor ni al colegio real de los sacerdotes.
Es decir, las monjas son violadas y los sacerdotes martirizados. Pero fíjense en qué hermoso lenguaje: las vírgenes del Señor y el colegio real de los sacerdotes. Ser sacerdote es, en cierto modo, ser rey. La dignidad real del sacerdote no es respetada por el pueblo impío de los sarracenos. Son los impíos. Los impíos son otra raza, no por ser árabes. Si hubiera católicos de esa raza, les recibirían con los brazos abiertos, pero es la impiedad; son dos naciones en la tierra. Una nación es de Dios, es la cristiandad. La otra es del demonio: los gentiles, los herejes. Vamos a salvar la nación de Dios.
¿Qué diría el nhonhô de esto? «¡Sectarismo! Es ver las cosas de manera maniquea. Unos buenos y otros malos. Todos son buenos y todos, tratados con bondad, son igualmente buenos. La religión no es la causa de la virtud de los hombres. La causa de la virtud de los hombres es esa bondad natural que yo, nhonhô, siento en mí y que no nació de la religión católica. Nació de mi nhonhozeira y en todo el mundo —los nhonhôs mahometanos, los nhonhôs de todas partes—, solo hay dos razas para los nhonhôs: los nhonhôs y los fanáticos, entre los que se encuentran los de la TFP».
Los nhonhôs de todas partes forman una raza, la raza porcina, la raza abominable que se siente unida, nos mira con indiferencia y haría más si pudiera.
En cuanto al resto, los fanáticos del otro bando, mucho menos, pero tampoco les gusta mucho. Entonces, ¿qué pensarían ellos de esta imposición de Urbano II? Una imposición sencillamente execrable.
Urbano II empieza a acentuar el tono. Ha hecho un comentario sobre el discurso de Pedro el Ermitaño y ahora empieza a incitar a la guerra:
«¿Qué más os puedo decir?… ¡Ay de nosotros, hijos y hermanos míos, que vivimos en estos días de calamidades!
¡Es la Edad Media! La era de las cruzadas. Urbano II llamaba a eso «días de calamidades». ¿Qué pensaría él de nuestros días? ¿Qué piensa un nhonhô cuando llamamos a nuestros días «días de calamidades»?
«No… hay que entenderlo. No es para tanto. Tiene aspectos positivos, buenos, que se pueden fomentar. También tiene sus problemas. Tiene, por ejemplo, el fanatismo. Uno de los problemas de Brasil es el fanatismo de la TFP. Pero de por sí no vivimos en días de calamidades».
Verán cómo Urbano II acentúa:
¿Acaso hemos venido a este siglo reprobado por el cielo…?
Reprobado por el cielo porque la cristiandad florece en Occidente, pero Dios nos castiga porque ha permitido que la cristiandad de Oriente sufra. Por lo tanto, es un siglo reprobado por el cielo.
¿Qué diría un nhonhô si llamáramos a nuestro siglo «reprobado por el cielo»?
Los hombres de la Edad Media consideraban que su siglo estaba reprobado por el Cielo… Es un castigo para toda la cristiandad que Dios permita que aquellos sean perseguidos. Observen, señores, la nobleza y la profundidad de pensamiento. La autenticidad que hay en ello. Esos hombres empuñan una espada. Los «nhonhôs» son el fango en el que el comunismo avanza para dominarnos.
¿… para contemplar la desolación de la ciudad santa y vivir en paz, cuando esta se encuentra en manos de sus enemigos?¿No es preferible morir en la guerra antes que soportar por más tiempo ese horrible espectáculo?
El nhonhô es quien no cree que sea preferible morir antes que ver oprimidos a los países del Telón de Acero. ¡Eso es lo que él no cree!
Lloremos todos juntos por nuestras faltas, que han despertado la ira divina; lloremos, pero que nuestras lágrimas no sean como la semilla arrojada sobre la arena, y que la guerra santa se encienda con el fuego de nuestro arrepentimiento;…
Uds. ven la hermosa idea: “Mi arrepentimiento arde en mí como un carbón encendido, como una llama, pero con esa llama voy a encender la guerra santa”.
La idea es la siguiente: si por mi pecado —porque es un pecado de toda la cristiandad— aquellos están sufriendo, mi arrepentimiento me llevará a defender a aquellos en cuya causa de su sufrimiento he participado. De cuya causalidad soy un factor. ¡Fíjense en qué lógica! A mí esta lógica me entusiasma.
El nhonhô: «¡Tampoco tanta lógica! No debemos ser tan lógicos. Esto es lógica a la enésima. Esa lógica no conduce a un buen resultado. Es cierto, pero también tiene sus contraargumentos, sus otros aspectos. En el fondo, no vale la pena librar esta guerra».
… y que el amor de nuestros hermanos nos anime a luchar y sea más fuerte que la propia muerte, contra los enemigos del pueblo cristiano.
Es decir, eso ya es una invitación. Afrontemos la muerte por amor a nuestros hermanos.
Después de haber demostrado que luchar es un deber, se adentra en la mente del oyente y aborda las objeciones que este, tras entusiasmarse con ese ideal, acabará planteando. Primero, el oyente ve ese ideal y se entusiasma, pero luego surgen las objeciones internas. Entonces, como buen pastor, acompaña al oyente en esas objeciones. ¿Cuáles son las objeciones?
«Guerreros que me escucháis —proseguía el elocuente pontífice—, vosotros que buscáis sin cesar vanos pretextos para la guerra, alegraos, pues he aquí una guerra legítima: ha llegado el momento de demostrar si estáis animados por un verdadero valor; ha llegado el momento de expiar tantas violencias cometidas en tiempos de paz, tantas victorias mancilladas por la injusticia. Vosotros, que tantas veces habéis sido el terror de vuestros conciudadanos y que vendéis por un mísero salario vuestras armas al furor ajeno, armados con la espada de los Macabeos, id a defender la casa de Israel, que es la viña del Señor de los ejércitos. Ya no se trata de vengar las injurias [hechas a] los hombres, sino las [hechas a] la Divinidad; ya no se trata del asalto a una ciudad o a un castillo, sino de la conquista de los lugares sagrados. Si triunfáis, las bendiciones del cielo y las tierras de Asia serán vuestra recompensa; si sucumbís, tendréis la gloria de morir en los mismos lugares donde murió Jesucristo, y Dios no olvidará que os vio en su santa milicia.
Que ningún afecto débil y cobarde, ni ningún sentimiento profano, os retenga en vuestros hogares;…
¿Qué pensaría el nhonhô de esta frase? Este sería el lamento del nhonhô: «No puedo ir, tengo una mujer en casa con siete hijos, ¿va a criar ella sola a sus hijos?».
Se oye la voz atronadora de Urbano II. Es decir, los afectos más santos de la tierra se convierten en cobardes y profanos en el momento en que chocan con el deber de servir a la causa de Dios. Prefiero ni siquiera comentar lo que diría el nhonhô al respecto.
… soldados del Dios vivo, escuchad únicamente los gemidos de Sion; romped todas las ataduras de la tierra y recordad lo que dijo el Señor: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; Todo aquel que deje su casa, o a su padre, o a su madre, o a su esposa, o a sus hijos, o sus bienes, por mi nombre, será recompensado con el ciento por uno y tendrá vida eterna”.
El argumento está servido y se acabó.
¡Lo que me parece magnífico aquí es ver a un Papa que realmente quiere la Cruzada! Que la quiere con toda su alma. Se le ve impulsarla con todo el corazón. No es a medias. Así son las cosas, por completo. ¡Hagamos la cruzada!
Ahora, un lenguaje del que no puede surgir una cruzada: “Mi corazón de padre y de pontífice se vuelve en este momento, ¡oh, con cuánta dolor!, desgarrado y chorreando sangre; de mis ojos brotan lágrimas que vosotros veis (ahí va un pañuelo oportuno); me imagino entrando en este momento en la morada de cada uno de vosotros. Un castillo suntuoso y noble en cuya digna placidez se encuentra la castellana arrullando a vuestro hijo más pequeño. Junto a este pequeño al que acabáis de traer al mundo, veo a la alegre pandilla de vuestros hijitos, que mañana serán los grandes de la tierra, a quienes formáis para la gloria de vuestro nombre, para la alegría de vuestra vejez, para el buen gobierno de vuestro feudo. Me entristece pensar en vuestras ancianas madres, en vuestros ancianos padres, dignos de una vejez tranquila. ¡Oh, cómo lloro! ¡Qué legítimo es que vosotros también lloréis al pensar en su soledad! Comparto con vosotros el amargo momento en que os deis el beso de despedida. Pero, a pesar de todo, queridísimos, lloremos juntos, pero caminemos juntos».
¡Estos no llegan a Tierra Santa!
Hay que distinguir la lágrima santa, la lágrima legítima, pero por otro lado hay algo que no sé cómo definir; si llega el momento de distinguir…, en ciertos momentos hay que no distinguir. Si se hace distinción, sale una porquería. Hay que no mirar atrás, hacia la Sodoma que está siendo incendiada, no mirar atrás cuando uno tiene el arado en la mano. Hay que seguir adelante y ya está. Las distinciones quedan para otra ocasión.
No quiero decir que podamos tener un lenguaje que niegue lo que hay que distinguir. Pero sí quiero decir que no es el momento oportuno para recordar las distinciones. Este es el lenguaje de los hombres que emprenden la cruzada. ¿Es o no es cierto que todos los nhonhôs de la tierra detestan este lenguaje? ¿Es o no es cierto que ustedes sienten una especie de aliento, de brisa? Al fin y al cabo, un lenguaje así es lo que hace falta. Esto es lo que debe impulsarnos hacia adelante. La lucha es esta. Abramos el pecho y sigamos adelante.
Pues bien, este es el lenguaje que tenían los católicos en la época en que un Beato gobernaba la Iglesia. Estamos tan lejos de esto que es mejor no hablar.
¿Cuál fue el efecto del discurso sobre el pueblo? Porque ahí radica lo esencial del discurso de Urbano II. Michaud comenta:
Estas palabras de Urbano penetraban y abrasaban todos los corazones, y se asemejaban a una llama ardiente descendida del cielo.
Imaginen qué belleza: un Papa con la tiara, y una llama ardiente descendiendo del cielo. Qué cosa tan magnífica ver el fuego adecuado, arder en la mecha adecuada, en el momento adecuado. No puede haber nada que entusiasme más que eso, ¿verdad?
La asamblea de fieles, impulsada por un entusiasmo que la elocuencia humana nunca había inspirado, se puso en pie al unísono y proclamó estas palabras: «¡Dios lo quiere!».
Es decir, esa gente era sensible a ese lenguaje, porque carecía de los «nhonhôs». No se le había enseñado a un hombre que, al ser «nhonhô», está en paz con su conciencia, y que el «nhonhô» tiene derecho a la ciudadanía dentro de la Iglesia. Ahí ven ustedes la mentalidad «nhonhozeira» y del «centro-decisivo», la catástrofe que provoca. La tragedia.
Ese sentimiento, que ya no tenía límites, no tardó en extenderse a los demás pueblos cristianos; llegó a Inglaterra, aún conmocionada por la reciente conquista de los normandos; a Alemania, perturbada por los anatemas de Gregorio y Urbano; a Italia, agitada por las disputas partidistas; y a la propia España, que combatía a los sarracenos en su propio territorio.
Además, qué bonito: sin radio, sin televisión, sin nada, ese fervor que se propaga. El Papa habló, el Dominus Apostolicus, como decían, habló. Quiere que vayamos todos. Los obispos se movilizan, los conventos hierven, las casas parroquiales vibran, las universidades se agitan, toda la cristiandad se mueve, todo ese fuego que se propaga: ¡Dios lo quiere! Las mujeres, los niños, los ancianos reclaman que los maridos vayan a la guerra, que los padres vayan a la guerra. Todo el mundo quiere aportar su granito de arena.
Todo Occidente resonaba con estas palabras: «El que no lleve su cruz y no venga conmigo, no es digno de Mí».
Este fue el lema forjado por el fervor y que contagió a todos. ¿Acaso no somos dignos de Cristo? Cogemos la cruz y seguimos adelante.
La religión era el único objetivo en la guerra contra los infieles. El amor a los padres, los lazos familiares, los afectos más tiernos del corazón se sacrificaron en nombre de la idea que arrastraba a toda Europa.
Solo se veía la religión en la guerra contra los sarracenos, (…). El amor a la patria, los lazos familiares, los afectos más tiernos del corazón, fueron sacrificados en aras de las ideas y opiniones que dominaban entonces toda Europa.
Fíjense en esta magnífica frase:
La moderación era una debilidad, la indiferencia, una traición, y la oposición, un atentado sacrílego.
Una vez vi una foto, un dibujo que representaba al beato Teófano Venard [N.C.: Misionero francés martirizado en Vietnam, hoy San Teófano Venard, canonizado en 1988 por Juan Pablo II], llevado en una jaula al lugar donde iba a ser martirizado. Era una jaula en la que nunca podía ponerse de pie, ni estirar ninguna de sus extremidades en toda su extensión. De modo que se quedaba todo encogido. No podía mostrar su estatura en absoluto.
Yo me sentía encerrado en una jaula así. Porque en el momento en que queríamos hacer mil cosas, «cuidado, al padre coadjutor… —ni siquiera era el arzobispo–, no le gusta eso». El párroco coadjutor se queja de tal cosa, otro hace no sé qué, hay que complacer a tal persona, ahora es el décimo aniversario de la elección de la madre priora de tal lugar para tal cosa, y ella se sentiría conmovida si «El Legionario» publicara tal poema escrito por una alumna de primer curso de la escuela. Entonces hay que pedirle perdón a la mujer.
Pero yo lo soportaba de buen grado, movido por la esperanza de que algún día ese fuego de la TFP contagiara a esa gente. El verdadero sufrimiento fue cuando aparecieron el progresismo y el modernismo y vi que ellos, que habían rechazado la llama de la ortodoxia, aceptaban la llama de la herejía. Ahí fue un sufrimiento atroz, horrible.
Repito la magnífica frase: «La moderación era una debilidad, la indiferencia, una traición, y la oposición, un atentado sacrílego». Frase que yo nunca me atrevería a pronunciar. Dicha por un Papa —Urbano II— y presentada en ese contexto, la acepto. De lo contrario, aquí mismo sentiría que no haría mucho bien a muchas almas si la pronunciara, y esto deja a los nhonhôs más que erizados.
Imaginen, por ejemplo, si mandara escribir esa frase aquí arriba. Eso sería un «mata nhonhô»; no quiero matar a los nhonhôs, quiero salvarlos. Ahí está precisamente el problema.
Los autores contemporáneos relatan varios milagros que contribuyeron a avivar el ánimo de la multitud. Se había visto cómo algunas estrellas se desprendían del firmamento y caían sobre la tierra;…
Diría el nhonhô: «¿Lo ves? Esto es ignorancia por parte de esa gente. Pensaban que una estrella era esa bolita pequeña que caía a la tierra, como una bolita de ping-pong. ¡Es un astro! No conocían la astronomía, no son hombres como nosotros. Es confusión, ya es fanatismo; todo esto es un movimiento de fanatismo y el Dr. Plinio, que tiene un trasfondo fanático indiscutible detrás de su fachada de Saint-Simon, el Dr. Plinio se está extasiando con esto porque también es un fanático y, dentro de poco, también verá caer una estrella del cielo; no sé por qué aún no la ha visto. Es porque en la corte de Luis XIV no queda bien que caiga una estrella del cielo; de lo contrario, habría visto caer una estrella del cielo». Nhonhô anda por ahí…
… mil fuegos desconocidos surcaban el aire y conferían a la noche la claridad del día;…
Son hechos. Fanatismo [diría el nhonhô].
… de repente, en el horizonte y hacia el oeste se alzaban nubes del color de la sangre; un cometa amenazador apareció al mediodía; tenía forma de espada.
«Los cometas son fenómenos naturales, explicados por la ciencia» [dice el nhonhô]. Tiene la forma de un cometa con cola. «Pobre cometa, con una cola un poco extravagante, y ya se están imaginando cosas. Fíjate en cómo era la ignorancia de la Edad Media. Qué más ilustrado es este mundo lleno de nhonhôs».
… varios franceses habían visto la sombra de Carlomagno exhortando a los cristianos a luchar contra los infieles.
¿No es una maravilla? Mirar al cielo y que aparezca el emperador por excelencia, blandiendo su espada, con la mirada dramática puesta en Oriente. Habría que decir que, si esto fuera fanatismo, no lo sería. Porque, evidentemente, podrían haber sido señales del cielo, pero si esto fuera fanatismo, entre ser fanático y «nhonhô», yo preferiría ser fanático.
Cuando volvió la calma: …
Es decir, el narrador describió toda la repercusión paneuropea —por usar una palabra horrible— del discurso; [al terminar] volvió [la calma] a la plaza. Es decir, hubo griterío, etc., etc., que interrumpió el sermón del Papa. Cuando se restableció el silencio, el Santo Pontífice continuó:
«… Aquí veis —continuó el Pontífice— el cumplimiento de la promesa divina: “Jesucristo declaró que, cuando sus discípulos se reunieran en su nombre, Él estaría en medio de ellos; sí, el Salvador del mundo está ahora está entre nosotros y es Él mismo quien os inspira los gritos que acabo de oír. Que estas palabras: «¡Dios lo quiere!», sean en el futuro vuestro grito de guerra y anuncien por todas partes la presencia del Dios de los ejércitos».
Es decir, Dios estará luchando personalmente entre los fieles. Vamos. Comienza la cruzada.
¿Uds. no añoran algo que no han conocido? ¿Es cierto o no que tienen la impresión de que han nacido para esto? ¿Es cierto o no que tienen la misma sensación de estar en una jaula demasiado pequeña como la del beato Teófano Venar? Es evidente.
Al terminar de hablar, Urbano mostró a la asamblea de cristianos el signo de la redención. «Es el mismo Jesucristo —les dijo—, el que sale de su tumba y os presenta su cruz;…
No hay nada más dramático. El Papa es el Cristo resucitado. Es el Cristo en la Tierra quien presenta su propia cruz a los fieles para que encuentren ánimo.
… ella será la señal, alzada entre las naciones, que debe reunir a los hijos dispersos de Israel; llevadla sobre vuestros hombros o sobre vuestro pecho; que brille sobre vuestras armas y sobre vuestros estandartes; ella será para vosotros la garantía de la victoria o la palma del martirio; os recordará continuamente que Jesucristo murió por vosotros y que debéis morir por Él».
Un acto de fe ardientísimo, sobrenatural. Se ha consumado. Es decir, conduce a las almas hasta el deseo del martirio. Es el punto final. El sentido más elevado de la guerra religiosa es el deseo del martirio. Las condiciones morales para la guerra están magníficamente establecidas.
Comparad esto con los sermones de nuestro tiempo… Es sacudir la cabeza y decir: «Ni siquiera sé qué palabra decir…».
Bueno, en el Reino de María, durante la Bagarre [N.C.: El profesor Plinio utiliza la palabra «bagarre», de origen francés y que significa literalmente «confusión» o «pelea», como metáfora para referirse a un período de gran tribulación, crisis o castigo al que se enfrentará la humanidad si no se convierte, tal y como profetizó Nuestra Señora en Fátima], oiremos palabras como esas. La Bagarre será una época de fuego y de coherencia total que llegará hasta el final [N.C.: O sea, conforme a las profecías de Fátima, el triunfo final del Corazón Inmaculado de María]. Esto es lo importante.
Ademar de Monteuil, obispo de Puy, fue el primero en pedir entrar en el camino de Dios y recibió la cruz de manos del Papa. Varios obispos siguieron su ejemplo. (…) [El Papa] prometió a todos los cruzados la remisión de sus pecados. Sus personas, sus familias y sus bienes quedaron bajo la protección de la Iglesia y de los apóstoles San Pedro y San Pablo.
Ahí ven ustedes el supremo equilibrio de la Iglesia. Así es como se es equilibrado. El Papa dice lo siguiente: id a combatir y despreciad todo. Inmediatamente después: las personas y los bienes de todos los que vayan a combatir están bajo la protección especial del Papa. De modo que, quien se atreva a tocar esos bienes, aunque se considere con derecho a un proceso —todos los procesos contra los cruzados quedarán interrumpidos durante las cruzadas, todos los derechos contra los cruzados quedarán suspendidos—, toda acción contra sus familias se considerará sacrilegio. Castigado con la excomunión y con penas temporales. Durante ese tiempo, en lo que respecta a mis cruzados, nadie los toca.
¿Ustedes ven todo el equilibrio? No es una declaración milenarista, sino algo lleno de equilibrio. Abandonarlo todo. Pero ahora voy a teneros cuidados: es lo mismo que la guerra de Dios y paz de Dios. Es tan completo, tan sensato, tan poco fanático —a pesar del ardor extremo que un fanático del antifanatismo podría llamar de fanatismo—, que ni siquiera sé qué decir. Pero es toda nuestra alma la que se entrega a esto. Porque así somos. La TFP es esto. Este es nuestro ideal, no hay otro.
Bueno, creo que lo esencial ya está dicho.
El concilio declaró que toda violencia cometida contra los soldados de Jesucristo sería castigada con el anatema y encomendó sus decretos, en favor de los cruzados, a la vigilancia de los sacerdotes y los obispos. Reguló la disciplina, fijó la fecha de partida de quienes se habían alistado en la sagrada milicia y, por temor a que la reflexión retuviera a algunos en sus hogares, amenazó con la excomunión a quienes no cumplieran los juramentos.
Es interesante el reglamento del ejército elaborado por el Papa.
Ustedes tienen el equilibrio en todo. Es decir, vamos, déjalo todo. Ahora vuelve a casa para despedirte. Pero te excomulgaré si no vas. Yo me encargaré de tus bienes y de tu familia. Todo está tan equilibrado, tan magníficamente equilibrado, que me quedo encantado. Quiero vivir en un mundo donde existan esos valores, pero para vivir en un mundo donde ya ni siquiera existe el espíritu, donde ya nadie aplaude eso ni nada, mejor arriesgarlo todo. Vamos hasta el final.
Urbano recorrió él mismo varias provincias de Francia para terminar su obra, que había comenzado tan felizmente.

Según cuenta el autor, el movimiento que el Papa despertaba era tal que todos estaban embargados por el deseo de vender sus bienes y se mostraban impacientes por no encontrar compradores. La oferta superaba con creces la demanda.
Todos estaban ansiosos por vender sus propiedades y ya no encontraban compradores. Los cruzados despreciaban todo lo que no podían llevarse consigo. Los productos de la tierra se vendían a bajo precio, lo que provocó, de repente, la abundancia en medio de la escasez. Uno de nuestros antiguos cronistas, el abad Guiberto, queriendo describir la indiferencia generalizada hacia todo lo que no fuera la cruzada, nos cuenta que se despreciaban, como si fueran cosas viles, incluso las esposas más bellas, y que las piedras preciosas ya no tenían ningún encanto. (…)
Se veía la vejez junto a la adolescencia, la opulencia junto a la miseria; el casco se confundía con la capucha, la mitra con la espada, el señor con el siervo, el jefe con los empleados. Todos caminaban juntos (…).
Los padres llevaban a sus hijos y les hacían jurar que vencerían o morirían por Jesucristo. (…) Los que se quedaban en Europa envidiaban la suerte de los cruzados y no podían contener las lágrimas; los que iban a buscar la muerte a Asia estaban llenos de esperanza y alegría.
Un gran soplo del Espíritu Santo por toda Europa. Comentario del nhonhô: «fanatismo, precipitación».
El «nhonhô» de los «nhonhôs», en mi opinión, fue cierto cardenal. En una conversación con una persona de Francia, donde había sido nuncio, contó lo siguiente: había sido nuncio en Bulgaria y estaba a punto de partir: «Si usted supiera el mal recuerdo que dejaron allí las cruzadas, nunca querría hablar de cruzadas».
Fue un sacerdote benedictino francés quien fundó una organización a la que llamó «cruzada de cualquier cosa, no me acuerdo el nombre». Y le pidió la bendición al nuncio. El nuncio le dijo: «Mire, no bendigo ninguna organización llamada Cruzada», y le dio esa razón. Después añadió: «Para mí, si usted quiere hacer una obra de amor de cualquier cosa, yo la bendigo. Cruzada no la bendigo. Estoy en contra de las cruzadas».
Entonces el benedictino dijo: «No, señor Nuncio. La cuestión es que, como el Papa habla de cruzada en sus documentos, puse Cruzada».
«Bueno, bien, bien. Está bien. Entonces, a la cruzada la bendigo». Menuda carrera, ¿no? Estos son los cruzados del anticruzadismo. Eso es lo que se llama «nhonhozeira». Oportunistas, blandos y sin ideales.
Mis caros, aquí tienen otro comentario en el que les pido que no se fijen únicamente en los momentos de gracia colectiva que hemos vivido aquí, en los que el soplo de la Edad Media nos ha rozado. Pero vean también la «nhonhozeira», y comprendan bien cómo esta lucha contra el centro-decisivo, responsable por excelencia de la caída en picado, es un punto capital de la TFP.
NOTAS
(*) Nhonhô — Forma cariñosa o diminutiva de «señor» o «sinhô» (utilizada por esclavos o empleados para referirse al hijo joven del patrón, el «hijito del sinhô»). Por analogía, se usa en el argot interno de la TFP para designar a uno mimado, acostumbrado a la comodidad, a una vida fácil, sin esfuerzo, sin lucha ni sacrificio. Es lo contrario del hombre viril, responsable y combativo.
(**) Saint-Simon — Louis de Rouvroy, duque de Saint-Simon, 1675-1755 fue un duque de la corte de Luis XIV y escribió unas memorias prolijas en las que describía la vida de corte del «Grand Siècle» y sus costumbres, entre ellas, de manera especial, las fórmulas de cortesía vigentes en aquella época. Por analogía, en el lenguaje interno de la TFP, ser «saint-simoniano» es observar, en mayor o menor medida, pero de alguna forma, las fórmulas de cortesía y los modales de los tiempos antiguos.
(***) Nhonhozeira (o «la nhonhozeira») — Neologismo o derivación creada y utilizada en la TFP para designar una actitud blanda, acomodada y rendida, sin ideales ni heroísmo. Es la vida «sin vergüenza», centrada únicamente en la comodidad material, el placer, la seguridad personal y una religiosidad tibia y egoísta («comer, beber, dormir y rezar un poquito»). Es la fe reducida a una vidita oscura, sin lucha, sin grandeza.

