Idea y esperanza del Cielo
«Santo del Día», 4 de marzo de 1974
A D V E R T E N C I A
El presente texto es una adaptación de la transcripción de la grabación de una conferencia del profesor Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a socios y colaboradores de la TFP, por lo que conserva el estilo verbal, y no ha sido revisado por el autor.
Si el profesor Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia con respecto al Magisterio de la Iglesia. Esto es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a ese estado de ánimo tan hermoso y constante:
«Como católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con fervor filial a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Si, sin embargo, por descuido, hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».
Las palabras «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el profesor Plínio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.
Voy a seleccionar al azar un trecho sobre la Edad Media, que no será muy largo por lo adelantado de la hora. Se trata de un pasaje escrito por Marcel Aubert [Le Gothique à son apogée], un historiador muy competente, sobre las catedrales con símbolos del paraíso. Es necesario recordarles un poco a ustedes la noción de símbolo para que puedan saborear debidamente este material.
No se trata de considerar las catedrales únicamente como un recinto cerrado donde se pueda, al resguardo de la lluvia y el viento, rendir culto a Dios. Más allá de esta finalidad material —evidentemente indispensable—, la catedral debía ser un símbolo. Es decir, algo que recordara el Paraíso y diera a los hombres un antegozo del mismo, que se le asemejara y que, como tal, representara el Cielo. Así pues, las catedrales medievales eran auténticas obras maestras del simbolismo, donde todo tenía un significado simbólico.
El autor examina aquí uno de los aspectos de ese significado: la catedral como lugar donde mora Dios, símbolo del Paraíso celestial donde Él espera a los hombres y donde viven en Su presencia las almas de los bienaventurados.
(Se pasa a la lectura de la ficha.)
La Catedral, figura de la Jerusalén Celestial
«La catedral es figura de la Ciudad de Dios, de la Jerusalén celestial, imagen del Paraíso. Así lo afirma la liturgia de la consagración de las iglesias».
Se trata de dos ideas: en primer lugar, la figura de la Ciudad de Dios, de la Jerusalén celestial. ¿Qué se entiende aquí por «Jerusalén»? Jerusalén, como ustedes saben, fue la ciudad santa del Antiguo Testamento y representa de manera material lo que sería en el futuro la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Es decir, el reino de Dios en la Tierra. El pueblo elegido era una prefiguración del pueblo de la Iglesia Católica. Jerusalén era la capital del pueblo elegido y, por lo tanto, una representación de la Iglesia Católica, al igual que el templo de Jerusalén era, a su vez, también una representación de la Iglesia Católica. Así pues, la Jerusalén terrenal es la Iglesia Católica. La Jerusalén celestial significa el Paraíso.
También se puede llamar Jerusalén al orden civil completo. El Reino de María en la tierra, la sociedad temporal, organizada según los principios del Reino de María, o del Reino de Nuestro Señor Jesucristo, eso también es Jerusalén. La catedral es un símbolo de todo ello.
Las catedrales, como las iglesias, se consagran antes de ser destinadas al culto y para ello existe una liturgia especial instituida por la Iglesia que es muy hermosa y que afirma el simbolismo de la catedral en cuanto prefigura del Paraíso.
La Catedral, representación del Antiguo y Nuevo Testamento
«Las paredes laterales son representaciones del Antiguo y del Nuevo Testamento».

Catedral de San Vito (en checo: Katedrála svatého Víta) – Praga, República Checa
¿Quién, al entrar en una iglesia, recuerda esta idea de que las paredes laterales representan el Antiguo y el Nuevo Testamento?
«Los pilares y las columnas son los profetas y los apóstoles que sostienen la bóveda, cuya llave es Cristo».
¡Fíjense qué idea tan bonita! Así pues, al pasar por delante de una iglesia, debemos recordar esto, por ejemplo: «Ahí están representados el Antiguo y el Nuevo Testamento; las columnas son los profetas y los apóstoles. La llave de la Iglesia es Nuestro Señor Jesucristo, sobre quien todo descansa y en honor de quien todo está construido». ¡Ya ven que todo es muy bonito!
«Las ventanas translúcidas que nos separan de la tormenta y derraman sobre nosotros la claridad son los Doctores de la Iglesia».

Catedral de San Pedro y San Pablo – Troyes, Francia
Impresionantes vidrieras del ábside y de la fachada norte del coro (siglo XIII)
¡Qué bonito y qué poético!
«El pórtico es la entrada al Paraíso, embellecida por las imágenes en piedra, los bajorrelieves pintados y dorados y las suntuosas aldabas de bronce».

Pórtico de la iglesia de Santa María de los Reyes — Laguardia — Álava — España
Al igual que existen las puertas del Cielo, existen las puertas de las catedrales en la tierra. Son puertas de bronce o de roble, trabajadas y talladas. Y para realzar la belleza de la entrada al Cielo, todas esas imágenes dispuestas alrededor de la puerta de la catedral. Todo ello debe recordarnos que un día —por la misericordia divina y por intercesión de Nuestra Señora— las puertas del Cielo se abrirán para nosotros, penetraremos en la gloria de Dios y los órganos celestiales, que son los cánticos de los ángeles, aclamarán a los justos.
La “teología de la luz”
«La casa de Dios debe estar iluminada por los rayos del sol, resplandeciente de claridad, como el propio Paraíso —Gilbert de la Porrée, Hugues de Saint-Victor, Robert Grossetête y Suger lo enseñan—, porque Dios es la luz y la luz da belleza a las cosas. Así, también debe aumentarse la iluminación interior de la catedral abriendo ventanas tan grandes como sea posible, desde el vértice de las grandes arcadas hasta las propias bóvedas».

Sainte-Chapelle – París
Puesto que Dios es luz, conviene que la catedral no cuente con la luz común del día, sino con la luz filtrada por las vidrieras, y que estas sean lo más grandes posible. Toda la arquitectura gótica fue una lucha por conseguir que las ventanas fueran cada vez más grandes, sin perjudicar la estabilidad del edificio, hasta llegar a la Sainte-Chapelle de París —¡que es un auténtico relicario! —, donde todas las paredes son vidrieras; la piedra solo existe en forma de esbeltas columnas que sostienen el techo, ¡y todo lo demás es luz! Es una caja de cristal donde todos los colores de la luz juegan formando dibujos maravillosos, que recuerdan a la luz eterna del Paraíso.
La alegría y esperanza del Cielo
¿Qué uso se le puede dar a un texto como este?
Lo interesante sería que se publicara en otro lugar, por ejemplo, en la «Carta Circular» (dirigida a los socios y cooperadores de la TFP) y que ustedes adquirieran el hábito de recordar esto una, dos, diez veces al entrar en una iglesia. De modo que se convirtiera en un hábito y, con toda naturalidad, al mirar una iglesia y ver una columna, recordaran: aquí está el símbolo de los Apóstoles, el símbolo de los Profetas.
Al entrar en una catedral, recordad: «Voy a atravesar las puertas del Cielo, veré en el Cielo a los Profetas, veré a los Doctores tal y como estoy viendo aquí estas columnas y —sobre todo— ¡estaré inundado por la luz de Dios, igual que estoy inundado por la luz que entra por todas partes en el interior de la Iglesia»!…
Es decir, la presencia de la iglesia debe aumentar en nosotros la alegría y la esperanza de los grandes triunfos del Cielo. Cuanto más se sienta una persona oprimida, perseguida y objeto de odio en la tierra, tanto más debe volver sus ojos hacia el Cielo y anhelar el Paraíso, donde esas miserias terminan por completo y existe la alegría sin fin de una eternidad transcurrida en perfecta felicidad, sin ningún temor a que nada vuelva a perturbarla. Porque en el cielo no solo se tienen «todas» las alegrías posibles, sino algo que es la condición de todas las alegrías: ¡serán eternas, sin que exista ni siquiera la más remota posibilidad de perderlas!
Hacia allí nos dirigimos. Y por mucho que nuestra vida nos haya parecido larga, por mucho que nos haya parecido penosa, cuando llevemos 5 mil quintillones de años en el Cielo y pensemos en los 90 años que hayamos vivido, eso habrá sido como una infancia, como un período insignificante, un paréntesis que no vale nada, algo que no tiene ninguna importancia. Mil quintillones de años: ¡qué expresión errónea, burda, brutal! En el Cielo hay mucho más que mil quintillones de años, ¡hay eternidad! ¡Se acabó! Esto es lo que vamos a tener. Es el mar de los mares, en la felicidad de las felicidades, contemplando a Dios faz a faz.
Y para el hermano cuerpo, no solo los reflejos de la gloria celestial, sino las delicias del paraíso celestial.
Es decir, literalmente es «¡inmejorable!». Pues bien, conviene recordar esto al entrar en una iglesia, para que tengamos la virtud de la esperanza. Esta consiste precisamente en el vivo anhelo de los bienes eternos con la firme confianza de que Nuestra Señora nos los concederá.

Concluyamos, pues, la velada de hoy con esta esperanza del Cielo.