Cuando la amenaza de la justicia despierta al alma endurecida y la dispone a recibir la misericordia
“Santo del Día” – 4 de agosto de 1967
A D V E R T E N C I A
El presente texto es una traducción y adaptación de la transcripción de una exposición oral del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a socios y cooperadores de la TFP, por lo que tiene un estilo coloquial y no ha sido revisado por el autor.
Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia con respecto al Magisterio de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:
«Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Sin embargo, si por descuido hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».
Las palabras «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.
Santo Domingo de Guzmán (detalle) – Claudio Coello – Museo del Prado
Hoy es la fiesta de Santo Domingo (Caleruega — Burgos, c. 1170 – Bolonia, 6 de agosto de 1221) [N.C.: en el calendario actual 8 de agosto], confesor. Apóstol del Rosario, fundador de la Orden de los Predicadores. Extirpador de las herejías, según dice Santa Catalina de Siena. Luchó contra los albigenses. Su reliquia se venera en nuestra capilla. Siglo XIII.
La ficha sobre Santo Domingo está extraída de San Luis María Grignion de Montfort, del «El Secreto Admirable del Santísimo Rosario» en que habla sobre el origen del Rosario:
“Viendo Santo Domingo que los crímenes de los hombres obstaculizaban la conversión de los albigenses, entró en un bosque próximo a Tolosa y permaneció allí tres días y tres noches dedicado a la penitencia y a la oración continua, sin cesar de gemir, llorar y mortificar su cuerpo con disciplina para calmar la cólera divina, hasta que cayó medio muerto. La Santísima Virgen se le apareció en compañía de tres princesas celestiales y le dijo: «¿Sabes, querido Domingo, de qué arma se ha servido la Santísima Trinidad para reformar el mundo?» — Oh Señora, tú lo sabes mejor que yo —respondió él—; porque después de Jesucristo, tú fuiste el principal instrumento de nuestra salvación. «Pues sabes— añadió ella— que la principal pieza de combate ha sido el salterio angélico, que es el fundamento del Nuevo Testamento. Por ello, si quieres ganar para Dios esos corazones endurecidos, predica mi salterio».
Levantóse el Santo muy consolado. Inflamado de celo por la salvación de aquellas gentes, entró en la catedral. Al momento repicaron las campanas para reunir a los habitantes, gracias a la intervención de los ángeles. Al comenzar él su predicación, se desencadenó una terrible tormenta, tembló la tierra, se oscureció el sol; truenos y relámpagos repetidos hicieron palidecer y temblar a los oyentes. El terror de estos aumentó cuando vieron a una imagen de la Santísima Virgen, expuesta en lugar prominente, levantar los brazos al cielo por tres veces para pedir a Dios venganza contra ellos, si no se convertían y recurrían a la protección de la Santa Madre de Dios. Quería el cielo con estos prodigios promover esta nueva devoción del Santo Rosario y hacer que se la conociera más. Gracias a la oración de Santo Domingo, se calmó finalmente la tormenta; él prosiguió su predicación explicando con tanto fervor y entusiasmo la excelencia del Santo Rosario que casi todos los habitantes de Tolosa lo aceptaron, renunciando a sus errores. En poco tiempo se experimentó un gran cambio de vida y costumbres en la ciudad”.
Este hecho es absolutamente memorable. Nos muestra, ante todo, el gran conocimiento de las cosas celestiales que poseía Santo Domingo y cómo podemos hacer nuestro ese conocimiento para orientar nuestra actitud en el momento actual. En efecto, todas las medidas tomadas contra los albigenses habían resultado infructuosas. Y la herejía albigense había mostrado una resistencia que frustraba todos los esfuerzos. El propio santo Domingo había luchado mucho contra ella y, a pesar de haber obrado prodigios, no había logrado conmover aquellas almas.
Ora bien, se encontraba cerca de Toulouse, en Francia, que era el centro, la capital del albigenismo, y entonces comprendió que, si no obtenía nuevas gracias, no habría victoria posible. Así que se aisló, pasó tres días y tres noches en oración, muy afligido. Porque era un hombre de Dios y sentía aflicción por la Iglesia de Dios, o por el honor (?) de Dios, más que por el suyo propio. Esto lo llevó al bosque, esto lo llevó al ayuno, esto lo llevó a la penitencia, esto hizo que se le llenaran los ojos de lágrimas. Y como era un hombre de Dios y sentía dolor por la Iglesia, Nuestra Señora se compadeció de él y finalmente le habló. Y entonces le concedió la devoción del Santo Rosario.
Pero lo maravilloso es la forma en que se difundió esa devoción. Se dirige a la ciudad, capital de la herejía, y al llegar allí comienzan a repicar las campanas. El repique de las campanas en las ciudades relativamente tranquilas de aquella época era todo un acontecimiento; tanto que las grandes noticias se anunciaban con el repique de las campanas. Se puede imaginar la afluencia de gente para ver qué había sucedido. Entran en la iglesia y allí está Santo Domingo predicando. Y durante la predicación, una tormenta —que es la manifestación de la ira de Dios— se abate sobre la ciudad. Y mientras él habla de los castigos de Dios, por tres veces una imagen de Nuestra Señora levanta los brazos al cielo, para mostrar el más tremendo de los castigos, que es la ira materna. Porque cuando alguien llega a merecer la ira materna, es porque todo está perdido.
Mientras alguien sienta gratitud al menos hacia su madre, aún tiene remedio. Si oímos decir algo de un hombre, podemos tener de él la peor de las impresiones; pero, en definitiva, si oímos decir que su madre lo detesta y siente repugnancia por él, entonces decimos que para él todo ha terminado. Porque si hasta su propia madre ha roto con él y siente repugnancia por él, no queda en él, en el edificio de la moralidad, piedra sobre piedra.
Ahora bien, Nuestra Señora hizo llover y, en medio de esa sublime manifestación de ira, apareció entonces el arca de la alianza.
¿Cómo se explica que Ella fuera tan violenta, que eligiera tantos símbolos de violencia? Es por la apatía de aquel pueblo, que no veía ni quería creer en la realidad de sus propios pecados y no quería creer en la justicia de Dios. Por eso, fue necesario dar una manifestación violenta de la justicia de Dios para sacudirlos. Y después entró la misericordia. Esas antítesis que se suelen establecer entre la fuerza y la misericordia son antítesis que valen bien como distinción, pero no como oposición, como contradicción. La violencia y el temor preparan las almas para recibir la misericordia. Y si Nuestra Señora no hubiera hablado con fuerza a aquellas almas endurecidas, estas no habrían recibido la misericordia.
El comienzo de la misericordia es la amenaza de la justicia, de tal manera que la justicia y la misericordia están unidas. Por eso hay una frase de la Sagrada Escritura que dice que “el temor del Señor es el principio de la sabiduría” (Prov. 7). La mayor de las misericordias es la sabiduría, pero esta comienza por el temor. El temor es el primer paso hacia el amor. El temor nos desata de aquellas cosas a las que estamos apegados y que nos impiden amar. Y solo después de habernos desprendido es cuando empezamos a amar. Y esta es la función sumamente saludable del temor. Y vemos que ese maravilloso favor de misericordia de Nuestra Señora, que es el Rosario, fue precedido en su recompensa, en su luz, por tremendas manifestaciones de ira.
Hay otra ficha aquí, que probablemente no voy a comentar, sobre Santo Domingo y Nuestra Señora. Pero no quería dejar de, al menos, leerla, porque cualquier cosa que tengamos a nuestro alcance para estimular la devoción a Nuestra Señora, debemos utilizarla.
«La Santísima Virgen ayudaba poderosamente a Domingo en sus conquistas. O, mejor dicho, fue gracias a Ella que las obtuvo, porque Ella le dio, en el Santo Rosario, un arma terrible contra el demonio. En Carcasona, en Francia, un hereje que estaba poseído fue curado y se convirtió ante todo el pueblo, mientras rezaba su Rosario. Se vio cómo los demonios que lo atormentaban salían de su cuerpo en forma de carbones ardientes. Este milagro hizo que un gran número de albigenses abjuraran de la herejía, obligados por Santo Domingo, y que los demonios dieran testimonio de que quien persevera en la devoción a María y al Santo Rosario se salva, porque la Virgen le obtiene el verdadero arrepentimiento de sus faltas.
«En otra ocasión, un demonio dijo que la Madre de Dios era su mayor enemiga, porque Ella frustraba todos sus designios, desbarataba todas sus intrigas y, sin Ella, ya habría trastornado más de mil veces a toda la Iglesia con herejías y cismas. Por lo tanto, es a través de Ella como podemos lograr la retractación de las herejías y los cismas dentro de la Iglesia. «Ella le arrebataba a cada momento almas que él ya consideraba suyas y muchos, en la hora de la muerte, obtenían su salvación por medio de Ella, y ninguno de aquellos que le fueron fieles se perdió». Son las glorias de Nuestra Señora proclamadas, a su pesar, por el demonio, por el poder del exorcista que le obligó a ello».
El cántico que entonará el coro en el momento del Alardo [N.C.: Alardo: reunión o revista general del conjunto, de carácter solemne y ordenado, destinada a poner a todos en común disposición para la acción u oración] tiene el siguiente texto:
«Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos,
porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo;
porque padeciste por nosotros en el monte del Huerto, ten piedad de nosotros».
[Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi,
quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.
Qui passus es pro nobis,
Domine, Domine, miserere nobis.] [Antífona de la Santa Cruz]
El último pensamiento es muy hermoso: Que el Señor Padre tenga compasión… Yo, que no tengo otra razón para merecer vuestra misericordia, que al menos tenga esta: vuestra sangre derramada por mí; por el amor que tenéis a vuestra sangre, haced que descienda sobre mí, no por mí, sino por vosotros mismos, Señor. Me presento ante vos cubierto con vuestra sangre. Por amor a vuestra sangre, por amor a la sangre de vuestro Hijo, oh María, tened piedad de mí y salvadme.
Son pensamientos hermosos y muy propios de esta época en la que nos encontramos, en la que debemos amar la Cruz y comprender toda la virtud de la Cruz para curar las llagas de nuestras almas.
