Volverá la hora de la misericordia
“Legionario”, n.º 423, 20 de octubre de 1940
A D V E R T E N C I A
El presente texto es traducción y adaptación de un artículo en el periódico “Legionario” y no ha sido revisado por el autor.
Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia con respecto al Magisterio de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:
Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Sin embargo, si por descuido hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».
Las palabras «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.

Cuando vivía en Francia la humilde salesa visitandina a quien el Sagrado Corazón de Jesús le hizo sus dulces confidencias, reinaba Luis XIV, a quien la admiración universal consagró con el título de «Rey Sol».
Este epíteto se ajustaba a la realidad. Decía Mazarino, que había vivido en su más absoluta intimidad, que en él había materia para cinco reyes. Tanto desde el punto de vista físico como moral, Luis XIV representaba el arquetipo clásico de esos reyes de fantasía con los que ciertos cuentos suelen deslumbrar la imaginación infantil.
De una belleza viril y majestuosa, acentuada por una perfecta nobleza de porte y gestos, y por una indumentaria admirablemente elegida, fue el modelo supremo de los caballeros de su época. Sus cualidades de inteligencia y carácter estaban a la altura de aquel magnífico físico. Su inteligencia era clara, vasta, metódica e idealmente equilibrada. Su voluntad era dotada de tal fuerza imperativa que doblegaba cualquier obstáculo. Con un dominio soberano sobre sí mismo, no se permitía manifestaciones extremas de ira, placer o dolor. Por el contrario, todos los acontecimientos lo encontraban siempre igualmente sereno, igualmente grandioso, igualmente altivo. De tal manera se había adaptado su carácter a las obligaciones propias del «métier» de rey, que el protocolo era, en él, como innato, e incluso sus acciones más triviales denotaban la elevada noción que tenía de su dignidad y de sus deberes.
Cuando Dios concede a alguien cualidades naturales singularísimas, sean del tipo que sean, le impone implícitamente responsabilidades onerosas.
Se cuenta que los Padres Jesuitas, que fueron los educadores de Voltaire, impresionados por la inteligencia del niño, solían decir que sería o bien un santo, o bien un demonio.
Luis XIV era una de esas almas privilegiadas a las que Dios llama a grandes hazañas y que, por eso mismo, corren el riesgo de precipitarse por los abismos más profundos, en caso de que no estén a la altura de su propia vocación. Si hubiera querido ser un nuevo San Luis, es probable que la Revolución Francesa no hubiera estallado, que la seudo-reforma protestante hubiera sufrido desastres irreparables y que el curso de la Historia, en lugar de precipitarse por los abismos por donde se dirige, hubiera tomado un rumbo totalmente diferente.

Luis XIV no quiso ser un nuevo San Luis. Sensual, ávido de placeres, ambicioso y vanidoso en extremo, sacrificó a su lujuria y a lo que él suponía que era su gloria el tiempo, los recursos y el prestigio que Dios le había dado para un fin totalmente distinto. Al corromper el reino con su mal ejemplo, al provocar guerras con el único propósito de ampliar sus territorios, al sembrar la discordia entre las potencias católicas —entonces amenazadas por la expansión del protestantismo— y al aliarse con los propios musulmanes contra el Sacro Imperio, incumplió sus deberes más elementales como rey y mereció la censura, en su época, de todos los franceses verdaderamente católicos, incluso entre aquellos que le eran más fielmente devotos.
Sin embargo, la justicia exige añadir que la vida del gran rey tuvo altibajos y que, si en cierto sentido incumplió gravemente sus deberes para con la Iglesia, en otro sentido le prestó servicios destacados, entre los que destaca la sapientísima revocación del Edicto de Nantes (…).
A pesar de todo ello, lo cierto es que el rey no desempeñaba aquella misión providencial a la que, evidentemente, había sido llamado por Dios.
Interviene aquí la humilde salesa visitandina. En una revelación, el Divino Redentor le ordenó que le dijera al rey que se consagrara, junto con el reino, al Sagrado Corazón. La comunicación se hizo en tono imperativo y dejaba claro que la negativa del monarca acarrearía para él y para Francia los más severos sufrimientos.
Evidentemente, el Sagrado Corazón de Jesús no deseaba de Luis XIV solo una consagración «pro forma», sino una consagración real, que implicara la renuncia a todos los pecados y todos los errores del rey.
A través de una persona de la nobleza, con la que mantenía relación, Santa Margarita María hizo llegar el mensaje a Luis XIV, quien, sin embargo, no le dio importancia, y la consagración no se llevó a cabo.
Al rechazarse así esa providencial fuente de gracias, el Reino fue cayendo cada vez más en los abismos de la impiedad y el libertinaje, hasta que el desbordamiento de estos males —es decir, la Revolución Francesa— derribó el trono de los Borbones y encendió por todo el mundo la antorcha diabólica e incendiaria del espíritu de rebelión.
Sin embargo, se desconoce si el recuerdo del mensaje de Santa Margarita María perduró en la familia de los Borbón, o si el hecho que vamos a relatar se debió a un mero gesto de piedad espontánea por parte de Luis XVI. Lo que, en cualquier caso, es cierto, es que, entre los papeles del rey, hallados en su miserable prisión del Temple, se encontró una nota en la que el desdichado soberano prometía a Dios que se consagraría, junto con toda Francia, solemnemente al Corazón de Jesús, algo que ya hacía, de forma privada, en la cárcel. Así, decía él, cabría esperar que el Corazón de Jesús librara a Francia de los horrores de la Revolución.
El piadoso y desdichado monarca realizó, pues, en la cárcel, el acto de piedad que su poderoso predecesor se había negado a realizar en los esplendores de Versalles (*). Pero, al parecer, la hora de la misericordia ya había pasado, y ya era tarde para detener el curso de la justicia divina.
Luis XVI, por su parte, recibió su recompensa con la gracia de morir de forma edificante, llegando algunos a afirmar que fue un mártir. Se cuenta que, al subir al patíbulo, el verdugo quiso atarle las manos con cuerdas, a lo que el rey se negó rotundamente, lo que dio lugar a un breve forcejeo físico entre ambos. El rey se volvió entonces hacia su confesor y le preguntó qué opinaba al respecto. La respuesta del sacerdote no se hizo esperar: «Si Su Majestad se deja atar, su muerte tendrá un rasgo más de analogía con la del Salvador». Inmediatamente, la resistencia de la víctima cesó. Poco después, su cabeza caía bajo la cuchilla de la guillotina, y el sacerdote que le acompañaba exclamaba: «Hijo de San Luis, subid al cielo».
Es posible, en efecto, que la hora de la misericordia hubiera pasado. Pero no de forma definitiva. Francia ha tenido demasiados santos, desde entonces hasta ahora, como para afirmar que la hora de la misericordia de Dios haya pasado para ella. Hoy mismo, cuando Francia está sumida en un profundo duelo y la mitad de sus hijos ya no se reconoce entre sí, en la desolación del panorama contemporáneo, se puede afirmar, sin embargo, que hay Santos. Santos verdaderos. Santos auténticos, que viven en la penumbra en territorio francés y preparan, con sus penitencias, sus oraciones y su trabajo, la gran Francia del mañana, que no será ni la Francia liberal de ayer ni la Francia totalitaria de Vichy, sino la Francia católica de Nuestro Señor Jesucristo.

Mientras en Europa los legisladores reforman (?) las instituciones, los militares reforman (?) las fronteras y los banqueros reforman (?) la economía al antojo de las herejías de hoy, en la penumbra los santos reforman las almas y, mediante la auténtica reforma de las almas, destruirán la falsa reforma de las instituciones y de la economía.
No es otro el sentido de la obra de esa gran y santa Teresa Neumann [N.C.: Sierva de Dios desde 2005], a quien la Providencia plantó como una flor de esperanza y consuelo en la abrumadora tristeza que cubre con su manto grisáceo a la Alemania de hoy. Son las almas como Teresa Neumann las grandes vencedoras de hombres como Hitler. Sin duda, Teresa Neumann no es la única en la propia Alemania, y en Francia tampoco faltan almas como la suya…
NOTAS
(*) Mientras la Revolución se desencadenaba contra Jesucristo y su Iglesia, Luis XVI, ya prisionero en su palacio, con el pretexto de salir a pasear con su estricto círculo familiar, efectuó secretamente la consagración al SCJ al pie del altar mayor de Notre Dame de París. Una vez destronado y en prisión, el 21 de septiembre de 1792, realizó el que se encuentra en la Historia de Francia como el «Voto de Luis XVI»: «Si por gracia de la bondad infinita de Dios recobro mi libertad, prometo solemnemente […] efectuar una solemne consagración de mi persona, de mi familia y de mi reino al SCJ. Hoy no puedo más que pronunciar este compromiso en secreto, pero lo firmaré con mi sangre si es necesario, y el día más feliz de mi vida será aquel en que yo lo pueda hacer público en el templo». Era tarde, y cuatro meses después, el 21 de enero de 1793, el rey era guillotinado. Le siguió su esposa, la Reina María Antonieta y su hermana menor, Madame Elizabeth —que tiene incoado su proceso de beatificación—, quien acabó de convencerle de efectuar ese voto solemne y que, pudiendo huir al extranjero, quiso quedarse junto a su hermano y acompañarle corriendo su misma suerte [Jorge Fernández Díaz, La Revolución Francesa y el Sagrado Corazón de Jesús (II)].
