El “mea culpa” del Papa Adriano VI: “La Sagrada Escritura anuncia claramente que los pecados del pueblo tienen su origen en los pecados de los sacerdotes”

Adriano VI (1522-1523), nacido en Utrecht (actualmente en los Países Bajos, pero que en aquella época formaba parte del Sacro Imperio Romano Germánico), también conocido como el «último pontífice alemán» hasta que el papa Benedicto XVI (del 19 de abril de 2005 al 28 de febrero de 2013) fue elevado a la Sede de Pedro.

La Instrucción del papa Adriano VI (1522-1523), leída por el nuncio pontificio Francesco Chieregati ante los príncipes alemanes reunidos en una dieta en Núremberg el 3 de enero de 1523, constituye un documento memorable.

De hecho, el contexto en el que el pontífice dictó esta instrucción se inscribe en la terrible crisis del siglo XVI. Luego en su primer consistorio de 1.° de septiembre de 1522, pronunció un discurso que produjo general asombro. No había buscado la tiara, dijo, sino la había aceptado como grave carga, por reconocer que tal era la voluntad de Dios; y tenía principalmente dos cosas puestas en el corazón: la unión de los príncipes cristianos para combatir a los turcos, enemigo común; y la reforma de la Curia romana. En uno y otro asunto debían ponerse a su lado los cardenales, pues el auxilio que había de prestarse a los húngaros gravemente afligidos, y a los caballeros de Rodas, no sufría ninguna dilación; como tampoco la supresión de los graves males de la Iglesia en Roma.
Adriano VI no solo señalaba los males de la Iglesia, sino que deseaba una reforma profunda que los subsanara, habiéndola, por lo demás, iniciado desde arriba y con firme determinación. Siempre que le fue posible, se opuso a la acumulación de bienes, prohibió toda forma de simonía y veló con esmero por la elección de personas dignas para los cargos eclesiásticos, recabando la información más detallada sobre la edad, los hábitos y la formación de los candidatos, además de luchar con implacable vigor contra los defectos morales. Con la reforma radical de la Curia Romana, emprendida por Adriano VI, este noble Papa no solo quería poner fin a aquella situación que le causaba una repugnancia muy viva, sino que también esperaba, por este medio, quitar a los Estados alemanes el pretexto para su apostasía de Roma.
El historiador austriaco Ludwig von Pastor transcribió amplios fragmentos de esta Instrucción en su famosa obra “Geschichte der päpste – Historia de los Papas“. Inmediatamente después de la publicación de la primera parte, León XIII honró al autor con un importante breve. Posteriormente, con motivo de la publicación del cuarto tomo, Pastor recibió una carta de elogio escrita de puño y letra por el papa San Pío X.
En la última y más notable parte de la Instrucción, discute Adriano, con gran libertad de espíritu, las razones que los novadores, para legitimar su apostasía de la Iglesia, pretenden sacar de la corrupción del clero; y trata de esta misma corrupción.
«Debes decir también, se advierte expresamente a Chieregati, que Nos reconocemos libremente, haber permitido Dios que aconteciera esta persecución de su Iglesia, por los pecados de los hombres, y especialmente de los sacerdotes y prelados; pues, ciertamente, no está abreviada la mano del Señor, de suerte que no pueda salvarnos; pero los pecados nos apartan de Él de manera, que no escucha nuestras súplicas. La Sagrada Escritura anuncia claramente que los pecados del pueblo tienen su origen en los pecados de los sacerdotes; y por esto, como hace observar el [San Juan] Crisóstomo, nuestro Divino Salvador, cuando quiso purificar la enferma ciudad de Jerusalén, se dirigió primero al Templo, para reprender ante todo los pecados de los sacerdotes, imitando al buen médico que cura la enfermedad en su raíz. Sabemos bien que, aun en esta Santa Sede, vienen ocurriendo desde hace ya algunos años, muchas cosas dignas de reprensión; que se ha abusado de las cosas eclesiásticas, quebrantado los preceptos, y se ha llegado a pervertirlo todo. Así, no hay que maravillarse de que la enfermedad se haya propagado desde la cabeza a los miembros, desde el Papa a los prelados.
“Nosotros todos, prelados y eclesiásticos, nos hemos apartado del camino derecho, y hace ya mucho tiempo que no ha habido uno que practicara el bien. Por esta razón debemos todos glorificar a Dios, y humillamos en su presencia; cada uno de nosotros debe considerar por qué ha caído, y juzgarse a sí mismo, mejor que esperar ser juzgado por Dios en el día de su ira. Por esto debes tú prometer en nuestro nombre, que estamos resueltos a emplear toda diligencia para que, en primer lugar, se reforme la Corte romana, de la cual han tomado por ventura su origen todos estos daños; y así sucederá luego, que, como por aquí empezó la enfermedad, comience también por aquí la salud. Nosotros nos consideramos tanto más obligados a llevar esto al cabo, por cuanto todo el mundo apetece semejante reforma. No hemos procurado nuestra dignidad pontificia, y de mejor gana hubiéramos terminado nuestros días en la soledad de la vida privada; de buena gana hubiéramos rehusado la tiara, y sólo el temor de Dios, la legitimidad de la elección, y el peligro de un cisma, nos determinaron a aceptar el supremo oficio pastoral. Por tanto, queremos ejercerlo, no por ambición de mando, ni para enriquecer a nuestros parientes, sino para restituir a la Santa Iglesia, Esposa de Dios, su antigua hermosura, prestar auxilio a los oprimidos, elevar a los varones sabios y virtuosos, y generalmente, hacer todo aquello que pertenece a un buen pastor y verdadero sucesor de San Pedro.
«Sin embargo ninguno se debe maravillar de que no corrijamos todos los abusos de un solo golpe; pues las enfermedades están profundamente arraigadas y son múltiples; hay que proceder, por consiguiente, paso a paso, y oponerse al principio con oportunos remedios a los daños más graves y peligrosos, para no perturbarlo más aún todo con una precipitada reforma de todas las cosas. Con razón dice Aristóteles, que toda súbita mudanza es muy peligrosa para una comunidad.».
La corrupción era en Roma indudablemente tan grande como Adriano la describía; y que el noble Papa, entusiasta de la reforma, descubriera las llagas con heroico ardimiento, era necesario si habla de obtenerse la curación. (…) Reconócese que el Papa no se apartó en lo más mínimo del punto de vista rigorosamente eclesiástico; pues distingue clara y determinadamente los elementos divino y humano de la Iglesia. La autoridad de la Iglesia se funda solamente en Dios, y en cosas de fe goza de infalibilidad; pero sus miembros están expuestos a la humana corrupción, y ninguno de ellos, ya sea bueno o malo, debe avergonzarse de confesar sus culpas en presencia de Dios; confesión que todo sacerdote, aun el más santo, tiene que hacer en las gradas del altar antes de llegarse a ofrecer el santo Sacrificio de la Misa.
Semejante confesión hizo Adriano VI, en su calidad de sacerdote sumo, de una manera solemne y resuelta, delante de todo el mundo, como expiación por los pecados de sus predecesores, y como promesa de un porvenir mejor. Firmemente convencido de la divinidad de la Iglesia, no temió lo más mínimo, y por esto mismo habló libremente, aunque lleno de dolor, de los abusos y escándalos que se hallaban públicamente expuestos a los ojos de todos, afeando su exterior aspecto (excepto las primeras líneas iniciales – cfr. LUDOVICO PASTOR, Historia de los Papas, Editorial Gustavo Gili, Barcelona, 1952, tomo IV, vol. IX, pp. 74, 107-109 / Imprimase: El Vicario General José Palmarolla, por mandato de Su Señoria, L.c. Salvador Carreras, Pbro., Strio, Canc.).

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