Una preparación para la “Bagarre”
“Santo del Día” — 22 de febrero de 1986
A D V E R T E N C I A
El presente texto es una traducción y adaptación de la transcripción de una exposición oral del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a socios y cooperadores de la TFP, por lo que tiene un estilo coloquial y no ha sido revisado por el autor.
Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia con respecto al Magisterio de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:
«Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Sin embargo, si por descuido hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».
Las palabras «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.

Las excelentes proyecciones que se han realizado aquí, junto con los comentarios que las acompañaban, han dado lugar a una petición de preparación para la Bagarre. Ahora bien, la verdadera preparación para la «Bagarre» [palabra francesa que significa alboroto, caos, confusión con violencia, utilizada en la jerga del lenguaje corriente de la TFP para significar el castigo profetizado por Nuestra Señora en Fátima si no hubiere conversión de las almas] se basa en los siguientes puntos: hubo algo maravilloso que fue objeto de una atroz injusticia; fue menospreciado, rechazado y, al final, se prefirió algo abyecto, que de ningún modo podía aceptarse y que, sin embargo, se eleva a lo más alto, se «encumbra», como se dice en español.
En ambas cosas hay algo insoportable: que lo maravilloso sea pisoteado y que lo execrable sea elevado hasta convertirse en objeto de nuestro entusiasmo, de nuestra complacencia. Ambas cosas son perfectamente insoportables, porque son contrarias a la naturaleza del hombre bien formado. Pero aún más, aún más, la cosa va más allá: son contrarias al propio Dios. Y por eso, la preparación de la Bagarre es preparación para una lucha en la que lo que está abajo debe subir, y lo que está arriba debe ser bajado.
Todo lo que el espíritu moderno pisotea debe ser glorificado en el siglo XXI, y no solo en el siglo XXI, sino también en el milenio que está por comenzar. Todo lo que ellos pisotean debe ser glorificado. Todo lo que ellos [N.C.: los revolucionarios] glorifican debe ser pisoteado.
¿Por qué? Porque esas cosas que son pisoteadas son cosas que están en consonancia con el movimiento de la gracia en las almas, dispensada por la Iglesia Católica que Dios instituyó. Son, por lo tanto, reflejos de Dios. Y como Dios debe estar arriba y es propio del demonio estar abajo, debemos querer que esas cosas conformes a Dios estén en lo alto apuntando hacia Él. Por el contrario, la obra de las tinieblas quiere el horror, lo indecente, lo espantoso, lo monstruoso, etc., etc., porque así es el demonio, y prepara a los hombres para que se inclinen hacia el infierno, adonde el demonio quiere llevarlos por toda la eternidad.
Por eso debemos querer que todo esto sea rechazado y pisoteado; es un acto de amor a Dios, es un acto de fe en Dios, es un acto de amor a la Iglesia Católica y de fe en la Iglesia Católica Apostólica Romana. Así debe entenderse la «Bagarre».
O sea, es la convulsión histórica prometida por Nuestra Señora en Fátima, como castigo por el hecho de que los hombres violan la Ley de Dios. Ella se apareció en Fátima y dijo lo siguiente: «Si hicieren lo que os digo, se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra terminará, pero si no dejaren de ofender a Dios, durante el reinado de Pío XI comenzará otra peor. (…) Si atendieren a mis peticiones, Rusia se convertirá y tendrán paz; si no, difundirá sus errores por el mundo, provocando guerras y persecuciones contra la Iglesia; los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, varias naciones serán aniquiladas; por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará», (*) etc., etc. Ese es el castigo. O sea, la afirmación de que no solo serán castigadas las cosas que merecen serlo, sino que Ella será la vencedora.
Por lo tanto, todo lo que es magnífico, regio, conforme a Ella, vencerá. Ella dijo: «Por fin, mi Corazón Inmaculado triunfará». Está muy claro.
Así pues, la cuestión es que tomemos estos conceptos —que corren el riesgo de quedarse un tanto etéreos en nuestro espíritu— y sepamos bien cómo percibir lo maravilloso en las cosas. Entonces sabremos qué sentir ante ellas y qué indignación sentir ante su abandono. Por otro lado, tomar el extremo opuesto y saber bien por qué sentir horror ante aquello y por qué se quiere pisotearlo.
Cuando se comprende que lo que está en juego en la Bagarre es la catedral y el monstruo, es el castillo o la choza indígena, pero peor aún que el indígena es el neoindio, el civilizado que se transforma en indio ecológico. Cuando se comprende esto, se entiende bien por qué luchar en la Bagarre con el espíritu de Elías: «zelo zelatus sum pro Domino Deo exercituum». Ardí de un gran celo, sentí un celo sumo por el Señor Dios de los ejércitos.
¿Qué es tener celo? ¿Qué es el celo?
El celo es el sentimiento por el cual, al admirar extraordinariamente algo o a alguien, al desear extraordinariamente algo o a alguien, no se tolera ningún atentado, no se tolera ninguna injuria, no se tolera ningún menosprecio hacia ese algo o esa persona. Por el contrario, se exige que se le rindan los homenajes adecuados.
El celo es una actitud de justicia respecto a la superioridad de quien lo merece. El celo es una actitud de justicia respecto a lo que hay de erróneo, de execrable, en quien no merece más que ser combatido. El celo es, por tanto, la Contra-Revolución en acción contra la Revolución.
Y, en nuestros días, el magnífico dicho de Elías, la magnífica frase de Elías: «Zelo zelatus sum pro Domino Deo exercituum», se entiende en el siguiente sentido: «¡Me ha invadido una indignación contra-revolucionaria, exquisitamente contra-revolucionaria, por el Señor Dios, en favor de quien muevo la Contra-Revolución!». De eso se trata, en última instancia.
Dicho esto, sugiero que nos fijemos un poco en los cuadros de la Edad Media y veamos allí lo que hay de admirable, y cuál era la mentalidad de los hombres que abandonaron eso y que luego quisieron destruirlo. Por tanto, propongo que volvamos a esos cuadros.

La Torre de Belém en Lisboa — Hay que decir que la iluminación está muy bien hecha. La torre se alza sola, no forma parte de ningún conjunto de edificios, está aislada. ¿Es una torre? Sí, pero es casi un palacio con forma de torre, porque es espaciosa. Como pueden ver, consta de cuatro plantas: tiene una planta baja, luego, más arriba, una planta que se ve aquí y en la otra fachada, que es la parte que está intensamente iluminada, es la segunda planta. La tercera planta está más arriba, también a oscuras. En la cuarta planta, resplandeciente de luz, se encuentra el camino de la ronda, que recorre el horizonte toda la noche para ver si se acerca algún enemigo para defenderse de él.
La torre está rodeada por un patio, una gran explanada, y ustedes pueden observar garitas en las esquinas, no solo de la torre, sino también de este patio, para que los centinelas se refugien allí cuando hay tormenta; para que haya personas que disparen armas de fuego contra quien se acerque, y que estén protegidas contra las balas gracias a la piedra maciza que hay allí.
Así pues, la idea de la guerra está muy presente en esta torre. Como es lógico, en aquella época no existía la iluminación. Esta iluminación es totalmente eléctrica y, por lo tanto, data de un sistema de iluminación que se empezó a utilizar en el siglo XIX. Esta torre es del siglo XVI, más probablemente del siglo XV, quizá un poco antes. No lo comprobé antes de salir de casa, pero es mucho más antigua que la luz eléctrica. No obstante, el uso de la luz eléctrica realza la belleza de la torre.
¿Qué impresión da esta torre?
Esta torre da la impresión que puede dar una persona de porte erguido, alta, muy segura de que ella misma representa una gran dignidad de algo más grande que ella misma. Y atención a este punto: siempre que un hombre —y cuando se dice «hombre» se entiende también una señora, una mujer— se presenta con su propia dignidad, pero como quien dice: «Prestad atención, fijaos en las cualidades que hay en mí» —entonces esa persona, digamos que es un hombre, muestra una condecoración que tiene, muestra un traje que lleva, no sé qué más, habla y da a entender que tiene tal cultura, y que eso reside en él—, no obtiene la admiración que imagina, sino que se gana la antipatía.
Pero, siempre que se percibe que es consciente de representar algo más elevado que él mismo, entonces se vuelve respetable. Porque los hombres valemos en la medida en que representamos algo de Dios. Solo por ser hombres, unos para otros, no valemos nada, pero sí en la medida en que, a través de nuestras funciones, de nuestra situación, a veces de las cualidades que Dios ha puesto en nosotros, como en una vitrina donde se pueden colocar objetos bonitos. La vitrina no tiene por qué ser espectacular por el mero hecho de que esos objetos estén ahí. Fue la mano del dueño de la vitrina la que la abrió y colocó allí esos objetos.
La vitrina de un joyero: Imaginad que la vitrina de un joyero se volviera espectacular y dijera: «Mira cómo brillo». ¡Qué tontería! Tú no brillas en absoluto; te han puesto joyas que brillan.
Así ha hecho Dios con nosotros. Dios puede habernos dado algunas cualidades que brillan, pero que solo valen en la medida en que tienen como punto de referencia a Él, el autor y el modelo supremo de todas las perfecciones. En esa medida valen. Si no es así, no valen nada.
Alguien dirá: «No. Yo, para adquirir tanto conocimiento, luché, aprendí, aproveché mi inteligencia, ¿eso no tiene mérito?». Yo digo: sí que lo tiene. ¿Sabes cuál fue el mérito? Fue el mérito de haber correspondido a una gracia que Dios te concedió para ello. Como Dios le concedió esa gracia a «x», tuvo el valor de hacer todo ese esfuerzo. Así que allá fue.
Pero, normalmente, sin la gracia de Dios no sale nada que valga realmente la pena. De modo que la gracia de Dios está en la raíz de todo, y todo resplandece hacia Dios.
De ahí se desprende una cierta actitud de verdadera superioridad, que tiene algo de oración. Y esta Torre de Belén, que dentro de un momento les mostraré, tiene algo que habla de algo superior a ella, algo más grande que ella, algo de orante, algo que está orando, y orando con una oración tan elevada, que uno se detiene ante ella y dice: «¡Oh, Torre de Belén!».
Esa torre que se yergue así sola, y sobre la que solo se extiende la bóveda celeste y nada más, esa torre contempla con una superioridad natural todo lo que se encuentra a sus pies. Y es un reflejo de la misión de Portugal en aquella época. ¿Qué era Portugal en aquel entonces?
Una nación pequeña, es cierto, pero no pequeña para la Península Ibérica, donde se desarrollaba el destino de Portugal en Europa. España estaba formada por la suma de una serie de reinos heredados sucesivamente por varios reyes españoles, que fueron sumando esos reinos y formaron un reino mayor que Portugal. Pero, por sí mismo, Portugal era igual o mayor que muchos de los reinos que componían España. Y durante toda la Edad Media fue una potencia destacada en el panorama ibérico. Pero estaba destinado a algo mucho más elevado: la expulsión de los árabes de su territorio, en paralelo a la expulsión de los musulmanes llevada a cabo por los españoles, una obra gemela y complementaria a la de estos.
Pero… sobre España y Portugal soplaban otros vientos; sobre ellos se cernían otros destinos históricos. Esta torre simbolizaba una nación destinada a conquistar, descubrir, poblar y asimilar a su espíritu y a su civilización a pueblos de una extensión enormemente mayor que la suya. Basta con pensar en Brasil, basta con pensar en el conjunto de Angola y Mozambique, para que ustedes comprendan lo que todo esto fue y lo que todo esto podría ser, y todo ello traído a la cristiandad. Y, más aún que traído a la cristiandad, ser la página casi en blanco donde Nuestra Señora escribiría sus maravillas en el siglo XXI.
Entonces, un misterioso viento histórico se posaba sobre esa torre, desde cuya cima los reyes, los almirantes o los grandes hombres de Estado veían partir las flotas que se dirigían hacia ese maravilloso destino de Portugal. Y ustedes comprenden entonces que todo ese futuro está representado por esa torre. Esa torre simboliza un designio de Dios, simboliza una misión. Y, por eso, al contemplarla con verdadero espíritu, uno percibe que tiene algo de orante. Hay en ella algo de fuerte y de recogido. A sus pies se podría decir: estatua de un guerrero en oración. Serio, fuerte, impasible, pero con la grandeza de su personalidad y de su alma tal y como está allí.
Comparad esto con el rascacielos moderno en forma de rejilla… Imaginad que alguien dijera: «No, esto ocupa demasiado espacio, podemos derribarlo, tirar toda esa piedra vieja al suelo y construir allí un edificio, el más alto del mundo, de 200 plantas». No querría volver a ver ese lugar jamás.
Y si alguien se sumergiera en las profundidades del mar y sacara a la superficie uno de los adoquines de esa torre que se derrumbó, y guardara en su casa restos de la Torre de Belém, yo diría: «Dame una astilla para que la guarde conmigo y me la lleve a la tumba».
Y si alguien me dijera: «Abandona esa mentalidad y serás dueño del rascacielos de 300 plantas», yo respondería: «Sí, con una condición: que tenga dinero para tirarlo a la basura justo después».
Podemos proseguir.

Ustedes mismos han exclamado una vez más: «¡Oohh!», que es la saludable repetición de la exclamación que tuvieron cuando apareció por primera vez esta proyección.
Estoy intentando recordar dónde estará esa catedral… Estaba pensando que es Aix-la-Chapelle (Aquisgrán). Esa cúpula central sigue siendo de estilo románico. A un lado, esa parte trasera es gótica.
¿Qué decir de esta catedral tan bellamente iluminada? El mejor comentario es precisamente «¡ohhh!». ¿Qué significa ese «¡ohhh!»? Ese «¡ohhh!» significa: ¡oh!, ¡qué belleza! ¡Oh!, ¡qué tesoro! ¡Oh!, ¡símbolo de algo que eleva mi alma a las cimas más altas, aunque no sé cuáles son!
¡Oh! Esta catedral que —si me pongo a analizarla— parece un amontonamiento de torres, capillas y cúpulas, dispuestas más o menos sin pensar, pero de cuya unión se desprende tal armonía que me quedo verdaderamente maravillado. Armonía que tiene esto de curioso: todo apunta hacia arriba. Se diría que la catedral exclama: «Conversatio nostra in coelo est»: nuestra conversación está en el cielo y no en la tierra.
La torre a la derecha apunta hacia arriba, como si alzara los brazos hacia Dios. Apunta hacia arriba esa cúpula que, no contenta con elevarse con toda su masa hacia lo alto, tiene además una pequeña cúpula, que es una especie de intento de alcanzar con la yema del dedo aquello que la palma de la mano no logra tocar… Apunta hacia arriba la forma ojival de esas ventanas incrustadas en la torre, cuya punta hacia arriba parece reflejar la tendencia a ascender, a ascender.
Aquí, esta capilla sencillamente maravillosa. Si pudiéramos imaginarla, no en forma de capilla, sino en forma de un cofre de oro, ¡sería un objeto maravilloso para guardar reliquias o joyas! ¿Qué reliquias sagradas, qué joyas espléndidas podrían sacarse del interior de un cofre de oro hecho exactamente así?
Está hecha de piedra, pero parece que la idea que la inspiró es tal que, si hubiera oro para hacerla de oro, así es como debería hacerse.
Además, su techo apunta hacia arriba, y justo en lo alto veréis dos florones que son como dos señales que parecen decir: «¡Pero si ya estoy alzando el vuelo!». Mirad estas puntas: «Estoy intentando volar, ya estoy empezando a volar».
Y veréis una celosía muy bonita, una especie de rejilla colocada en lo alto del tejado, del techo. Esa celosía da la impresión de un eje, de un lado a otro, como un camino de ronda. Y que a quien está allá arriba le gusta contemplar la noche y preguntar a las estrellas: «¿Cuándo ascenderé? ¿No me atraéis? Ave Maris Stella, ¡oh, Estrella del Cielo!, ¿cuándo me llamaréis para mi vuelo hacia Vosotros?».
Esas luces encendidas a lo largo del techo parecen dar a entender que el techo ya se ha separado de la tierra, que es la luz de la capilla… El techo ya se ha elevado y es la luz de la capilla la que está saliendo. El techo ya ha empezado a elevarse.
No voy a analizar con ustedes, porque no hay tiempo, cada una de las torrecillas de abajo. Pero cada una de esas torrecillas me recuerda aquellas palabras de la Misa: «Sursum corda! Habemus ad Dominum». Elevad vuestros corazones hacia lo alto. La respuesta es: los tenemos levantados hacia el Señor.
¡Esto es un inmenso, un maravilloso «sursum corda»!

Comparen ustedes esto con… ¿con qué compararlo? Muchos de ustedes conocieron la antigua estación de autobuses, allí cerca de la Iglesia del Corazón de Jesús, en la calle Barão de Piracicaba, etc.: una monstruosidad hecha toda de plástico, de vulgaridad, de horror. Ni siquiera se puede comparar. Es la burla y la risa inmunda contra esta maravilla.¿Cómo pudo suceder que los hombres dejaran de pensar en eso [que nos muestra la catedral de Aquisgrán], empezaran a no gustar de eso y comenzaran a gustar de otras cosas en un recorrido que, partiendo de tan alto, solo podía caer muy bajo?
Hay un viejo proverbio portugués que dice: «Cuanto mayor es la altura, mayor es la caída». Si queréis saber por qué el mundo ha caído tan bajo, mirad desde qué altura cayó, y lo comprenderéis.
Hay en ello, como en la Torre de Belém, algo que me llama la atención. Quizá lo notéis, quizá seáis demasiado jóvenes para hacer esa observación, pero esa iglesia está llena de bondad, atrae, no excluye, es sumamente consciente de su propia dignidad.
Es decir, siente en sí misma, de manera viva, su propia dignidad. «Yo soy la casa de Dios, yo soy la puerta del Cielo, en mí habita Jesús Sacramentado, yo soy un sagrario, aquí se celebra, se renueva a diario, varias veces al día, de manera incruenta, el hecho más augusto de la historia de los hombres: el Santo Sacrificio de la Cruz».
A los pies de las imágenes de los santos y, sobre todo, a los pies de la Santa entre los santos, a los pies de esas imágenes rezan los fieles; la gracia de Dios crepita en sus almas; es por venir a esta casa que sus almas logran ir al Cielo. «¡Yo soy la puerta del Cielo!».
Entonces, ¿esa iglesia es «mega»? Ni mucho menos. La palabra «mega», en griego, significa «grande». Es grande. Pero «mega» no lo es [N.C.: en la jerga interna de la TFP, “mega”, “megalice” se usaba para calificar el vicio de la vanidad, de la ilusión de grandeza propia].
¿Cómo puede alguien tener un alma tan dura o vil que no se conmueva ni se entusiasme al contemplar esa torre? Pero imagínese que alguien interrumpiera una serie pornográfica de la televisión para emitir de repente esto. ¿No habría un montón de gente que se enfadaría? ¿Y que preferiría la pornografía a esto? ¿Qué alma es esa de alguien a quien no le gusta esto y prefiere la pornografía? ¿Qué alma es esa? ¿Qué significa eso? Realmente no hay nada que decir.
Entonces, ¿qué se deduce de todo esto?
Se deduce, sencillamente, que el alma humana fue creada para estas elevaciones y para esta dignidad. Y el primer paso que da para alejarse de aquí ya la sitúa a un paso de los abismos en los que ha caído.

Es el famoso castillo de Saumur. Ya he analizado el castillo aquí en otras ocasiones y no hay tiempo para analizarlo en su totalidad. Pero Uds. se darán cuenta de que el castillo tiene dos partes diferentes: una va desde el suelo hasta las primeras ventanas. Son torres robustas que se aferran como garras. Estas torres sostienen con firmeza y para siempre una masa enorme.
A medida que las torres van subiendo, se vuelven más ligeras. Y en lo alto desaparecen, como si se dividieran en un mundo de agujas, un mundo de flechas, un mundo de dardos, que todos ellos apuntan hacia el cielo, y todos ellos —aquí la reproducción no lo muestra— todos ellos tienen en lo alto figuras simbólicas: un gallo, símbolo de Francia, símbolo de la Iglesia, o una flor de lis, una cosa, otra, grande y dorada. De tal manera que, cuando da el mediodía sobre el castillo de Saumur, daba la impresión de que iba a elevarse hacia el cielo.
¿Se puede imaginar el castillo por la noche, con vidrieras al estilo de las de la sede de San Benito, en todos esos cristales, que lo convierten en un cofre de piedras preciosas luminosas, iluminadas por la luz vacilante de las velas?
Como ven, no se puede acceder a esa torre. Exactamente. Son tan altas que, para apoyar una escalera y empezar a subir, ya han recibido tantas piedras, tantas flechas, tantos recipientes de aceite hirviendo y de agua caliente, ¡que no se atreve nadie a atacarlas!
Así pues, para entrar en el castillo —lo cual es peligroso, porque también se cuelan indeseables— hay una rampa por la que se ve bajar… no sé distinguir bien si es un burro o un caballo, pero, en fin, es un cuadrúpedo el que baja por allí. Los que están más cerca —no sé si los que están al fondo de la sala lo ven—, los que están más cerca pueden distinguir un cuadrilátero de madera, una especie de marco de madera justo encima. De modo que, con el puente suspendido, quien llega a lo alto de la rampa se encuentra con agua que corre y no puede entrar en el castillo.
Un castillo fortísimo, un castillo de una delicadeza maravillosa, que tiene las garras clavadas en la tierra, por lo que es pan-pan y queso-queso, pero tiene el alma en el cielo.
Así debería ser el alma del verdadero católico. En sus cimas, sutil, lista para moverse, elevada y tendiendo hacia el cielo como la llama de una vela. Pero, en lo que a la práctica se refiere, ¡agárrate bien! ¡Coge, haz y manda!
El castillo de Saumur ya no existe…

¿Lo ven Uds.? Es una ruina. Pero qué fuerza tan maravillosa tiene esa ruina que, en lugar de dar pena, sugiere la idea de la grandeza que ya no posee, y hace revivir un pasado tan hermoso que a veces nos preguntamos si ese pasado que imaginamos al pensar en ella no es más hermoso de lo que realmente fue. Dicho de otro modo, si no nos hace imaginar un pasado más hermoso de lo que fue en realidad. Es propio de las cosas grandiosas cuando caen. Caen, pero todo su pasado permanece como una especie de enorme estela que se extiende desde el cielo hasta ellas.
Es la continuidad histórica, es lo que fue y lo que dejó su recuerdo legendario en los hombres. Ya no soy, pero he aprendido: ¡fui! Y si fui lo que debía ser, de alguna manera lo seré para siempre.
¿Quién no siente respeto ante estas ruinas? El espíritu moderno: «Esto ya no sirve para nada, vamos a dinamitar y arrasar esta colina para convertirla en algo aburrido, superficial… digamos otra cosa, una inmensa explanada para maniobras de autobuses». Son dos espíritus, dos mentalidades que quiero hacer sentir.

Me parece muy revelador de una cierta relación humana, que voy a explicar ahora aquí.
Como se sabe, en la Edad Media la mayor parte de las naciones europeas adoptaban el sistema feudal. Y que ese sistema consistía en una serie de grandes monarquías, en las que se encajaban monarquías más pequeñas. Y que puede compararse de algún modo con el sistema interno de gobierno de la Iglesia. El papa es el rey de la Iglesia; los obispos son príncipes de la Iglesia sometidos al papa, pero con autoridad propia sobre los fieles. A su vez, a su manera, los vicarios y los párrocos se relacionan con el obispo. De este modo se forma una especie de pequeñas monarquías encajadas unas dentro de otras.
Así pues, aquí tienen una cabalgata de cruzados, imaginada por Gustave Doré, que se dirigían a Tierra Santa. En el centro, la figura principal es el rey —imaginémoslo como rey—. No me explico fácilmente por qué no lleva corona, pero podría ser perfectamente el rey, sobre todo si la llevara. Si no es el rey, será, por ejemplo, el gran maestre de la orden de los templarios, o de tal o cual otra orden de caballería, que está guiando a los cruzados en la ofensiva contra los mahometanos.
Analicen ustedes la actitud de estos hombres. Estos príncipes, cada uno lleva una corona. Solo la figura central carece de corona, como ya he dicho. Pero la figura central tiene una frente tal que hace las veces de corona.
Analícenlo. ¿Es o no es consciente de que ocupa un alto cargo y tiene una gran responsabilidad? Lo es. La forma en que mantiene erguida la cabeza, la mirada dominante con la que observa el entorno como quien está acostumbrado a dar órdenes y a hacer que se cumplan… Su cuerpo tieso, propio del guerrero habitualmente victorioso, del general que suele llevar el adversario en la punta de la lanza; todo ello nos hace ver en él a un hombre que, de una forma u otra, a título de una cosa u otra, posee una auténtica majestad…
¿Será el gran maestre de una orden de caballería, a la que innumerables caballeros de la nobleza europea prestaron obediencia, y a la que él dirige en el escenario de la guerra santa como mejor le parece, para la gloria de Dios?
Seguro de sí mismo, avanza. Con una mirada analítica, se aprecia que tiene un plan y que lo va ajustando según los datos que va observando. De modo que, en el momento del choque con el adversario, ya sabe perfectamente hacia dónde se dirigirá el ataque.
Fijaos ahora en un matiz del dibujo: él mira hacia el campo de batalla; sus vasallos, vasallos de gran rango, príncipes, lo miran a él.
Esa tercera figura de allí no se ve tan clara, pero los dos vasallos, los dos príncipes que están detrás de él, se ven muy bien. Se ve que miran, que están en una actitud de quienes están a la espera de recibir órdenes. Fijaos en su altivez. Cuando ellos dan órdenes, a nadie se le pasa por la cabeza desobedecer. Pero cuando su legítimo señor da una orden, la desobediencia ni se les pasa por la cabeza. Solo manda bien quien sabe obedecer.
Lo miran porque de él emana la autoridad, de él emana el pensamiento, en él está el plan y en él está la orden que indica el plan. En él está el ímpetu que transmite en el momento del ataque. Por lo tanto, atención para él, homenajes para él, pero grandes homenajes. No es un homenaje cualquiera, es un homenaje de príncipes.
Todo eso no es nada en comparación con otra cosa: una cruz, una gran cruz dibujada sobre el pecho de todos ellos; está abierta como si su pecho se hubiera convertido en un estandarte. Cruces imponentes, diría que casi pesadas, cruces magníficas, que denotan la firmeza de su determinación: «Vamos a luchar, estamos decididos, nuestra determinación es inquebrantable, ¡adelante!».
Son, por encima de todo, conscientes de su dignidad como guerreros de Cristo, cuya mayor virtud es haber sido bautizados y pertenecer a la Iglesia Católica Apostólica Romana.
¡Asquerosos mahometanos, ha llegado la hora de arrebataros Jerusalén!
No están posando para la multitud, no están compitiendo por votos, ni dependen de ellos. Ustedes no podrían imaginarse a estos hombres aquí como candidatos a concejales, por ejemplo. Esto es otra cosa. La comparación es tan impactante que ustedes han soltado una exclamación, «¡ahhh!», etc., muy a propósito. Quien piense que los hombres no deben ser así, sino que deben ser uno de esos miserables homosexuales activos, gays, cuya horrible caricatura se proyectó ayer aquí; que diga si no se ha entregado al infierno. No digo que para ellos no haya salida. La hay. ¿Saben cuál es la salida? ¡Es salir! Abandonar su pecado y volverse hacia Nuestra Señora.
Pero ustedes están viendo dos mundos, dos polos. Este es el ideal que la Contra-Revolución quiere poner en la cima. El homosexual, el líder comunista, el agitador de la Revolución Francesa, el hombre que canta «Ça ira» y que hace un momento ha sido representado ahí, esa es la chusma que está subiendo cada vez más y que, por el poder de Nuestra Señora, sus hijos derribarán al suelo.
¡Por el poder de Nuestra Señora, sus hijos los derribarán al suelo! Alguien dirá: «¿Los derribarán al suelo, Dr. Plinio?». Sí, es cierto, ¡para que la Virgen los pisotee!

Hace un momento cabalgaban. Ahora se han topado con el adversario. Ha llegado la hora. ¿La hora de qué? ¡Ha llegado la hora de combatir, ha llegado la hora de poner en fuga, ha llegado la hora de morir, ha llegado la hora de matar!
El gesto del rey es sencillamente magnífico; como pueden ver, es sencillamente magnífico. Señala y se diría que, en el horizonte, los moros ya tienen miedo, ya están huyendo. Parecería que Santiago Matamoros, invisible entre las nubes, se ha hecho visible para ellos y huyen de las espadas y lanzas heroicas que se alzan como una amenaza al fondo de la escena. ¡Eso es luchar! ¡Eso es vivir!
Imaginen una vez más un programa de televisión. Imaginen que, de repente, la televisión se detiene y entra una figura así en la pantalla. Y cuesta, se tarda dos minutos en volver a poner en marcha la obra pornográfica que se estaba emitiendo. Podéis imaginaros el furor, la aversión: «¿Qué es esto? ¡No lo entiendo! Basura, Edad Media, época de bárbaros, etc., etc.», pero que estén matando a los niños mediante el aborto y tirándolos a la basura, eso no es barbarie. La matanza sistemática de inocentes a gran escala, una cobardía sin nombre, eso no es barbarie. La barbarie es luchar como un héroe contra un adversario que merece ser expulsado y aplastado. Hasta ahí hemos llegado. Revolución y Contra-Revolución.
Es el famoso cuadro de Durero. Se puede ver que Carlomagno se encuentra entre la madurez y el umbral de la vejez. Su bigote sigue siendo, en parte, castaño claro, pero otra parte ya es blanca y completamente canosa. Su mirada es la de un hombre experimentado, que está preparado para ver al adversario venir desde cualquier lado y en cualquier momento.
Se muestra seguro de sí mismo como el Himalaya. Toda su mirada revela una vigilancia constante, pero toda su forma de ser, su rostro, su cuerpo, todo lo demás indica una estabilidad continua, una distancia psíquica constante: «Si llega, ya lo veremos. Por ahora estoy tranquilo. Y en el momento del combate no dejaré de estar tranquilo, porque confío en Dios, mi Señor».
Una corona magnífica, hecha de joyas aún sin tallar —en aquella época aún no se tallaban las piedras—, piedras preciosas grandes, pero aún sin tallar, que, por cierto, se conserva hoy en día en el tesoro imperial de Viena. Y un maravilloso manto de brocado, con el águila imperial como adorno en algunos puntos. Se diría que el águila es él, y que él es entre los hombres lo que el águila es entre las aves.
Todo ello coronado por la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Al igual que la Cruz se alzaba en lo alto del Calvario, también ella resplandece en lo alto de toda esa gloria. Y que es, al mismo tiempo, el recuerdo adorante de nuestro Redentor y Creador, pero, por otro lado, es también la glorificación, casi un acto de reparación: le hicieron una cruz, negra, dura, un instrumento de suplicio, de infamia, quisieron difamarlo. ¡Está en lo alto de la corona imperial de oro y piedras preciosas, listo! ¡Para glorificarle! «Miserables verdugos que hicisteis lo que hicisteis, ¡aquí está todo el Sacro Imperio Romano, desde lo alto de mi frente, ofreciendo un acto de reparación!»
Pero, una vez más, imaginad que interrumpieran una serie porno en la televisión y pusieran esto. Pues bien, habría gente que querría borrar esto de la serie para seguir viendo la porno. Nosotros queremos acabar con la porno y situar en este horizonte el mundo del siglo XXI.
Mis caros, se ha acabado. Os pido que encendáis la luz y me señaléis el “fatinho” [“Fatinho”: pequeños hechos de la vida del Prof. Plinio].
[Pregunta]: La primera vez que Ud., cuando era niño, entró en contacto con la historia de Carlomagno.
Ya he contado esta anécdota, ustedes se la saben de memoria, pero la repito.
Hubo un tiempo en el que no había carreteras en São Paulo, o casi no las había, y los viajes al interior, a Río de Janeiro o a la costa de São Paulo se hacían en tren. Y entonces, la Estación de la Luz —que hoy ven alzarse frente al Jardín de la Luz, más o menos por el barrio de la Iglesia de la Luz—, la Estación de la Luz era frecuentada no solo por personas de clase social modesta, que tenían un viaje barato garantizado en los vagones de segunda clase, sino que también había personas de clase social alta, bien educadas, que viajaban en los vagones de primera clase. Y había personas de lujo que viajaban en vagones de superprimera clase, llamados Pullman. No sé por qué Pullman —debe de ser el inglés que ideó por primera vez este tipo de vagón— y que eran, realmente, unos vagones maravillosos. Llegué a ver vagones Pullman en cuya parte que va del techo a la pared del vagón, todos estaban, diría yo, casi bordados con incrustaciones de nácar de una belleza impresionante.
Me pasaba parte del viaje observando de reojo los cambios de color del nácar, según cambiaba el paisaje y la luz del día.

Bueno, y la estación de Luz en aquella época —desde fuera sigue siendo bonita hoy en día— en aquella época era muy bonita, estaba muy bien cuidada, etc., y tiene dos escaleras en el vestíbulo que dan al patio de abajo. Después pusieron un puente de madera espantoso. Hoy está totalmente degradada, pero era muy bonita. Y en una de esas escaleras que conducían al andén de los trenes que iban a Santos, a otros destinos, había una pequeña librería con varios libros expuestos y cosas así por el estilo. Eran libritos para niños, libros de ese tipo. No eran libros grandes ni serios, ni nada parecido.
Recuerdo que salí con mi padre para coger el tren — iba toda la familia. Pero yo, no sé por qué, fui en coche con él. Bajamos del coche y subimos una escalita de dos o tres peldaños que da a la entrada de la estación y aún hoy recuerdo que subía y me movía de mala gana, porque no me gusta mucho moverme. Y todo eso de subir escaleras, bajar escaleras, subir otra escalera y cambiar, y luego viene el tren tututum, tututum, esas cosas… No me gustaba viajar. En resumen, no soy muy de viajar. Bueno, pero era hora de viajar. Hacía tantas cosas que no me gustaban, que haría una más.
A la hora de subir la escalerita, naturalmente, de forma mecánica, mis ojos se posaron en la barandilla que daba a otra escalera que bajaba a la parte de abajo de la estación y vi los libros de la librería que había allí. Y vi el dibujo de un hombre, que era un guerrero medieval, aunque yo no lo sabía; solo vi que era un guerrero, algo así, un dibujo más o menos de ese estilo, y un librito pequeñísimo, muy sencillo, de unas quince o veinte páginas. Pero vi esa figura y, ¿¡quéé!?
No sabía cómo explicarlo, pero lo que tenía en la cabeza era esto: ¡había encontrado algo que, sin saberlo, estaba buscando! Y le dije a mi padre: —«Papá, ¿me compras este librito de aquí?»
Él se quedó mirándome atónito, y así, parado —era muy impaciente, quería entrar ya, y yo no tenía ninguna prisa, estaba muy tranquilo. Él, al verme caminar despacio, y él con prisa: «¿Qué? ¿Este librito? ¿Qué quieres con este librito?».
—«Quiero leerlo durante el viaje».
Era un hombre muy tranquilo. Era apresurado, pero un hombre de gran serenidad a toda prueba. Abrió una —ustedes ni siquiera la conocen— una «porte-monnaies» [monedero], algo para llevar monedas, una bolsita de plata, de malla de plata que se cerraba y que aún contenía monedas de plata, las que circulaban en Brasil.
Me dio una moneda; no sé cuánto costaba el libro, tampoco me importó, solo quería llevármelo cuanto antes. Y bajé con la idea de que había hecho un hallazgo y de que tenía un auténtico tesoro.
En cuanto entré en el vagón, tuve que ayudar a mi abuela, a mi madre y a las señoras que estaban allí a acomodarse, etc., etc.; las normas de cortesía de la época no me permitían no hacerlo. Así que les ayudé, pero con la idea puesta en el banco que iba a ser mío. El vagón estaba medio vacío; sentarme solo, junto a la ventana con el cristal bajo —¡qué tiempos tan felices, no me resfriaba! —, cristal bajo, me moría de ganas de que me diera el viento, cristal bajo y leyendo aquello a solas. Y ahí tuve mi primer contacto con Carlomagno.
Nació entonces un entusiasmo que, gracias a Nuestra Señora, no hizo más que crecer.
Ahora, mis caros, vamos a rezar.
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(*) As aparições e a mensagem de Fátima conforme os manuscritos da Irmã Lúcia – Antonio Augusto Borelli Machado – ARTPRESS INDUSTRIA GRAFICA E EDITORA LTDA. – 46ª edição — junho de 1997 — Parte II – Aparições da Santíssima Virgem – Segunda parte do segredo: o anúncio dos castigos e dos meios de evitá-lo.
