La arquitectura como expresión de la fe en diferentes pueblos: “Supo conmover, a través de símbolos, el alma de su país”
“Santo del Día” – 22 de abril de 1970
A D V E R T E N C I A
El presente texto es una traducción y adaptación de la transcripción de una exposición oral del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a socios y cooperadores de la TFP, por lo que tiene un estilo coloquial y no ha sido revisado por el autor.
Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia con respecto al Magisterio de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:
«Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Sin embargo, si por descuido hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».
Las palabras «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.
Notas biográficas
[Se procede a la lectura de algunos extractos biográficos de Augustus Welby Northmore Pugin tomados del libro Great Catholics, de Claude Williamson, O.S.C.]
De las criptas a la fe: El camino de Augustus Pugin
“Welby Pugin era hijo de un arquitecto francés de origen noble, que emigró a Inglaterra durante la Revolución de 1789. Nació en Londres el 1 de marzo de 1812. Pronto se reveló como un dibujante notable, siguiendo los pasos de su padre, aunque un poco tarde, ya que también se sentía muy atraído por la vida marinera. Realizó varios viajes al continente, especialmente a Francia, para estudiar y observar. Educado por su madre inglesa en un calvinismo estricto, el arte medieval le llevó a la conversión.
“Así, en 1834, Pugin tomó una decisión entonces casi inédita en Inglaterra: se reincorporó a la Iglesia Romana y escribió el motivo: «Quedé perfectamente convencido de que la Iglesia Católica, Apostólica y Romana es la única verdadera. Aprendí las verdades de la Iglesia Católica en las criptas de las antiguas iglesias y catedrales europeas. Busqué verdades en la moderna Iglesia de Inglaterra y descubrí que, desde que se separó del centro de la unidad católica, tenía poca verdad y ninguna vida. De este modo, y sin haber conocido a un solo sacerdote, ayudado únicamente por la gracia y la misericordia de Dios, decidí entrar en su Iglesia».
La firma recuperada: El genio detrás del Palacio de Westminster
“No fue fácil para un joven de diecinueve años, que se encontraba al inicio de una brillante carrera, tomar esa decisión. Sabía que eso significaba perder su trabajo y su posición social. Pero realmente lo deseaba. Se hizo católico y se dedicó entonces en cuerpo y alma al renacimiento del gótico en Inglaterra, pues, según decía, era el único arte que consideraba verdaderamente cristiano. Lo consiguió, pero tras su muerte su obra fue traicionada por los protestantes. Muchos de los edificios que construyó sufrieron reformas que alteraron deliberadamente el estilo original. Y a muchos de ellos se les borró el nombre y se sustituyó por el de arquitectos anglicanos. Un ejemplo es el Parlamento de Westminster, del que durante mucho tiempo se creyó que solo algunos detalles insignificantes eran obra de Pugin. Ahora se sabe con certeza que toda la fachada que da al río y la torre del reloj son obra suya”.
¡Ah! Entonces, todo.
“Pugin no solo se dedicó al renacimiento del gótico en la arquitectura, sino que también se empeñaba en que, en las iglesias que construía, las ceremonias sagradas estuvieran llenas de pompa y solo se utilizara música gregoriana. Por ejemplo, un testigo que asistió a la misa inaugural de la capilla de Oscott afirma que se sintió como en un ambiente de ensueño cuando la luz del sol comenzó a filtrarse a través de las vidrieras, haciendo que las paredes resplandecieran en tonos dorados y púrpura.
“En otra ocasión, también durante la primera misa de una iglesia en Derby, el lord que construyó el templo, siguiendo el consejo de Pugin, se negó a permitir que se utilizaran las magníficas vestimentas doradas que él mismo había donado, a menos que se prescindiera de un enorme coro polifónico —que incluía orquesta y voces femeninas— y se cantara el canto gregoriano. Las vestimentas no se utilizaron porque el obispo Baines, que dirigía la ceremonia y que odiaba a Pugin y el estilo gótico, se negó a acceder a la petición.
“La obra de este hombre, olvidado durante más de un siglo por los católicos ingleses, fue notable. A los 26 años, nombrado profesor de historia eclesiástica en Oscott, Pugin compaginó sus clases con una enorme cantidad de construcciones, desde sencillas capillas hasta iglesias de gran envergadura. Restauró grandes obras de arte, incluso en Bélgica. Comprendía profundamente el espíritu de cada edificio. Así, al reconstruir un antiquísimo monasterio cisterciense de Mount St. Bernard, le devolvió la antigua severidad de estilo. Otras iglesias, por el contrario, las llenaba de lo que él llamaba el «lujo de Dios», pues decía: hay muchas iglesias católicas inglesas que se asemejan a salones y capillas metodistas. Y le dolía profundamente que no supieran utilizar los edificios como es debido. En cierta ocasión se quejó de que todo lo que hacía en Irlanda se echaba a perder, pues el clero no sabía utilizar las iglesias correctamente para el culto.
“Este hombre, que afirmaba que la arquitectura y la religión eran para él una sola cosa, y que se enorgullecía cuando le llamaban «arquitecto católico», tuvo una vida realmente corta, sin llegar a cumplir los 40 años. Fue profundamente odiado por sus contemporáneos protestantes y por un número no menor de eclesiásticos católicos, que le consideraban antimoderno y de espíritu medieval. “Dejó unos dibujos magníficos, de un estilo inconfundible, que revelan su arte y su genio y que son pruebas fehacientes de cómo se transformó posteriormente su obra”.
Comentarios del Prof. Plinio
Diré unas palabras al respecto.
En primer lugar, un recuerdo: cuando estuve en Londres, vi la fachada de Westminster, vi la torre, y también tuve una sensación. No lo sabía, pensé que aquello era estrictamente medieval. Tuve una sensación un poco parecida a la que tuve en la Sainte-Chapelle. Solo un poco parecida, pero en una persona tan poco dada a las sensaciones como yo, ese «poco parecido» significa algo. Al ver aquello, pensé lo siguiente: aquí se puede decir que la Iglesia Católica ha dejado algunas de las mejores huellas de su propio pensamiento y de su propia alma. De tal manera que aquello me pareció acertadamente católico.
Arquitectura con alma: Entre la fuerza, la razón y la delicadeza

Rectamente católico, acertadamente católico, ¿por qué? ¿Qué tenía de especial? No era, por ejemplo, lo que tiene de especial la catedral de Colonia. La catedral de Colonia tiene algo así de feérico; es una especie de explosión de piedra, de una grandeza extraordinaria, donde la razón no está tan presente como la imaginación, la imaginación germánica en lo que tiene de violento, en lo que tiene de categórico. No es una imaginación suave, no es una imaginación poética en el sentido dulce de la palabra, sino una imaginación de grandeza, de alguien que quería construir una epopeya grandiosa y, mediante algo grandioso, marcar todos los siglos con una nota de grandeza que fuera más del cielo que de la tierra.
Y donde, por lo tanto, tampoco estuvieran presentes las armonías, las simetrías y los órdenes que en la tierra son perceptibles. No es decir que la catedral de Colonia sea asimétrica. No es decir que tenga algún defecto en ese aspecto. Pero es decir otra cosa: que ese no es su rasgo más destacado. Su rasgo más destacado es algo fantástico, fantasioso, imaginativo, que el espíritu poderoso logró hacer realidad.
En la catedral de Notre Dame encontramos precisamente la conjunción de la fantasía con la razón. Se podría decir que la fantasía imaginó algo extraordinario y que después la razón lo puso en orden. Y que la razón introdujo simetrías, introdujo sentido común, introdujo armonías casi clásicas en su interior, sin restar nada de lo extraordinario que tenía lo medieval.
Entonces, ¿qué representan la fachada de Westminster y la torre dentro de este conjunto? Es algo diferente. No es ni la afirmación predominante de la fantasía, ni la afirmación predominante de la razón, sino una combinación de otros dos valores que se sitúan en otro orden de ideas: la fuerza y la delicadeza. Hay mucha delicadeza en esa fachada. Está compuesta en su totalidad por líneas largas que se repiten y por un gran despliegue, una gran amplitud de horizonte, pero que no tiene ni el élan de Colonia, ni esa especie de armonía superlativa de París, sino que posee una categoría propia. Es eso. Es que tiene una gran dignidad, una gran elevación, una gran nobleza, pero tiene algo de sereno, algo de dominio de sí mismo y de afable, al mismo tiempo de sagrado y de serio, que reúne extremos opuestos.
Y toda obra de arte, precisamente cuando aúna extremos opuestos —que incluso un espíritu común podría considerar contradictorios—, cuando los fusiona, logra algo supremo dentro de su propio género. Y eso es lo que, en mi opinión, logra la fachada de Westminster. La idea de grandeza es más bien la de una grandeza estable, la grandeza que ya no va a emprender nada más, pero que no ha comenzado a decaer y que se asienta sobre su propio poder y se pone a meditar. Es una grandeza diferente de la que la historia de Inglaterra alcanzó posteriormente.
Lo mismo ocurre con la Torre de Londres. No me refiero a la Torre-museo, sino a la Torre del Parlamento, que es una auténtica maravilla y que es la torre que merece estar junto a ese edificio. Si hay que tener una torre, debería ser así: tan coherente, tan lógica, tan bella, pero con esa dulzura, esa suavidad de los ingleses que el genio católico puso allí de la mano de ese hombre, que supo interpretar los edificios en sus planos originales y supo comunicar un soplo católico a todo aquello.
Más allá del dinero: La verdadera Inglaterra y su «luz primordial»
Ahora observen ustedes algunos aspectos de esta realidad. El primero es el siguiente: qué diferente es esto de la imagen de Inglaterra que se presentó después. Esa Inglaterra [posterior] no es la Inglaterra de Westminster. Esa Inglaterra no es la Inglaterra ni de la fachada, ni de la torre. Es una Inglaterra que el protestantismo deformó porque en ella el sentido monetario dominó por completo. Y vemos que lo que hay en el espíritu inglés anterior al protestantismo es precisamente la ausencia de ese espíritu monetario. Es una Inglaterra hecha para conquistas de orden cultural y mucho menos una Inglaterra hecha para conquistas de orden material.
Las conquistas en el orden material, Dios, en el orden de la Providencia, las había concedido a otro pueblo. A un pueblo que Dios había hecho conquistador para la fe; dos pueblos, por cierto, que se convirtieron en conquistadores para la fe antes de convertirse en conquistadores para el dinero, y que fueron España y Portugal. El cetro del mundo, el cetro colonial de Europa, la expansión misionera de Europa deberían corresponder normalmente a España y Portugal.
Y la grandeza de Inglaterra consistió en absorber el imperio colonial de esos dos países y reducirlos absolutamente a la nada. Pero esa ya no es la Inglaterra del Parlamento; esa no es la Inglaterra de Westminster. Es otra Inglaterra.
Ahora ven ustedes, por otro lado, cómo coexisten la ‘luz primordial’ (*) y el pecado capital de los pueblos. Dentro de esa Inglaterra, sin embargo, hay un respeto por la otra Inglaterra primigenia, una nostalgia de la otra Inglaterra primigenia. Y la idea de que no era necesario romper por completo con aquello: esa es la Inglaterra que el alma de ese hombre supo comprender y que el alma de ese hombre supo representar. Es un filón que sigue vivo en la Inglaterra actual y en el que una TFP podría obrar auténticas maravillas. Pero ¿qué necesitaría una TFP para obrar esas maravillas?
(*) La ‘luz primordial’ es la tendencia maestra de una persona hacia una determinada perfección de Dios que ella está particularmente llamada a conocer, amar, reflejar y realizar en su propia vida.
El arte de la opinión pública: Discernir el espíritu de los pueblos
La verdadera clave que una estrategia de opinión pública debería desarrollar en Inglaterra para elevar a los ingleses está en comprender, como lo comprendió aquel hombre, el alma inglesa. Y saber tocar esos puntos del alma inglesa con una propaganda bien orquestada. No se trataba solo de poseer la técnica de la propaganda, sino de comprender la luz primordial. Comprender, a través de la luz primordial, que no ha abandonado a ese pueblo, cuáles son los puntos sensibles que deben tocarse, los puntos en los que esas almas pueden ser moldeadas para el bien. Y eso es, en materia de técnica de la opinión pública, el más alto de los conocimientos. El resto es, propiamente, una técnica.
Pero lo más elevado —y que exige un espíritu profundamente católico, etc., etc.— es esa forma de espíritu por la que la persona se vuelve capaz de discernir en cada pueblo cuál es su característica. Y en su característica, la luz primordial y el pecado capital. Ese es el punto de partida para las actuaciones, ya sea sobre los individuos, sobre los grupos humanos, sobre las colectividades o sobre las grandes naciones.
Me gustaría explicarles un poco cuál es —por absurdo que parezca, es cierto— cuál es la luz primordial de este barrio. Porque el tema de la luz primordial es tan delicado que cada barrio tiene su propia luz primordial. Cada barrio, que es una especificación de la luz primordial de la ciudad, que a su vez es una especificación de la luz primordial del país. Hay una luz primordial de este barrio, al igual que existe también un pecado capital de este barrio. Si me lo permiten, incluso podría empezar por ahí.
Mi intención es definir primero el barrio y, a continuación, señalar la luz primordial de este barrio y el pecado capital de este barrio. Y estoy seguro de que estarán de acuerdo conmigo en que es precisamente así. Bueno, y creo, tengo la convicción de que es a partir de la comprensión de esto que se puede alcanzar verdaderamente la comprensión del fenómeno de la opinión pública en el barrio, como en cualquier otro lugar.
Y hay tanta bendición en esa actuación sobre la opinión pública que, realizada con sencillez y con verdadero amor a la Iglesia, facilita la adquisición de esa comprensión. No es algo tan trascendental, ni tan difícil; solo exige una cosa: una enorme voluntad de ser fieles y una gran devoción a Nuestra Señora.
Con eso lo conseguiremos. Pero es cuestión de que realmente lo queramos. Quererlo más que nada en la vida. Quererlo más que el poder, quererlo más que la gloria, quererlo más que cualquier cosa que no sea nuestra propia santificación. Ver en ello una forma de alcanzar nuestra propia santificación. Entonces creo que todos ustedes recibirán esas gracias y podrán responder exactamente a lo que debemos desear para actuar sobre esa opinión pública.
Están viendo ante ustedes a un hombre, Puguin, que supo tocar, por medios simbólicos, el alma de su país. Han visto que supo erigir monumentos que muchos, incluso protestantes, admiraron. Supo tocar tanto que fue odiado. Y una persona nunca puede estar segura de que está en lo cierto mientras no haya oído el gemido del adversario. Porque mientras el adversario no haya soltado una maldición o no haya gemido —ese adversario que siempre es tan sensible—, mientras no haya soltado una maldición o no haya gemido, puede estar dudando de su propio acierto. Tiene que estar atenta para escuchar lo que suelen decir los hijos de las tinieblas, que, por desgracia, son mucho más astutos que los hijos de la luz.
Así pues, gracias a eso, aquel hombre podía saber si iba por buen camino o no. Fue odiado por algunos protestantes, fue odiado por muchos católicos, sobre todo por los católicos irlandeses.
Rescates del futuro: Retomar el hilo de los sueños interrumpidos
Bueno, para terminar, creo que nuestro gran investigador de temas clave de la historia —y, por tanto, de temas clave de la cultura—, el Dr. Fernando, si encontrara algo sobre este hombre, sería muy interesante que nos lo señalara.
Creo que debemos tomar ya mismo una resolución. Se trataría de traer de Inglaterra los dibujos que dejó y que, al parecer, corresponden a obras no realizadas [N.C.: algunos de esos dibujos se pueden apreciar en Photographs from sketches by Augustus Welby N. Pugin]. Sería una gloria que, algún día, encargáramos construir algo con lo que ese hombre soñó y que no llegó a hacer realidad. Sería el mayor homenaje a un hombre tan católico; sería digno de la TFP retomar ese hilo que cayó cortado al suelo, pero a partir del cual aún se puede tejer un gran futuro. Por eso pediría que, en una reunión de la Comisión del Exterior, estudiáramos cómo podríamos encontrar ese hilo y publicarlo, difundirlo y, con el tiempo, construir algo en ese sentido. Por ejemplo, ¿no sería maravilloso, Dr. Caio Xavier, si encontráramos un plano o un dibujo suyo que pudiera inspirar nuestro auditorio? Habríamos hecho realidad entonces un verdadero sueño.
Y los hombres que no buscan de vez en cuando hacer realidad las cosas soñadas por la fe, esos no son hombres. Pidamos a Nuestra Señora que nos ayude en esta empresa.


